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lunes, 31 de diciembre de 2012

Etimología de las pasiones. Ivonne Bordelois

Etimología de las pasiones (*)

Por 
Ivonne Bordelois





1
ENTRADA EN LA MATERIA



EL LENGUAJE: ¿UN NUEVO ORÁCULO?


La única libertad posible se realiza a través del
conocimiento de las propias pasiones.

SPINOZA


Cáncer de la razón para Kant y enfermedades del alma para Platón: ésas son las pasiones en la filosofía occidental. Pero «nada importante se realiza en la historia sin pasión», dice Hegel, y Balzac coincide: «La pasión es universal. Sin ella, la religión, la historia, el arte, la novela no existirían». En nuestra vida personal, los grandes virajes y los acontecimientos más decisivos también están signados por esa fuerza de intensidad abrumadora que puede conducirnos tanto a la felicidad como a la ruina. Y así el mito, la religión, la ciencia, la historia, el psicoanálisis son a menudo interpelados como referentes fundamentales para nuestro saber acerca del origen y la naturaleza de las pasiones.

En este texto hemos tratado de enfrentarnos con un interlocutor que acaso pueda dar una de las respuestas más profundas e inesperadas a esa pregunta inagotable acerca de la pasión: el lenguaje. En el alba del acontecer humano, a partir de su encuentro con el fuego, el hombre va profiriendo los vocablos que se refieren a su sentir primordial, grabando las poderosas huellas de un conocimiento asombrado y asombroso acerca de su propia experiencia. Desde la inmediatez de su propio cuerpo va erigiendo el mundo todavía indiferenciado de los sentidos, sentimientos, pasiones y pensamientos, entrelazados a través de vías misteriosas, que se relacionan entre sí.

Esta poderosa relación sigue reverberando a través de palabras  que repican en lenguas lejanamente emparentadas como campanas  de catedrales sumergidas, llamándose unas a otras. Quien dice kupet en letón refiriéndose al humo o el vapor está aludiendo lejanamente, sin saberlo, al hervor de la concupiscencia y la codicia, descendientes pasionales de la misma  raíz indoeuropea, *kwep, de la que también se desprende Cupido, el niño-amor –tan peligroso como inocente–.

Con el correr del tiempo se desgajan y distinguen las nociones, se analizan en fragmentos los movimientos interiores que antes eran un solo impulso: pasan a ser metáforas en la conciencia del hombre moderno aquellas que eran realidades manifiestas para el hombre anterior. La misma  palabra  palabra  significa originariamente parábola, recorrido de un objeto que se arroja desde el sí  mismo hacia un punto en el espacio –es decir, el trayecto mental que va desde una cierta vivencia hacia su imagen verbal–. Cuando decimos amor no sospechamos la referencia básica al amamantamiento que encierra la palabra en sus orígenes; cuando decimos  envidia soslayamos la referencia al ojo maligno que tiene el término  en sus comienzos ancestrales. Quienes remontamos el curso de la palabra en la historia asistimos a una suerte de teatro de sombras que de pronto se animan y transmiten oráculos olvidados pero extraordinariamente vivientes. Están cargados de reminiscencias pero también de advertencias y adivinaciones; son pasados y futuros al mismo tiempo, como lo es el lenguaje desde su eterno presente.

Escribir este libro que nos ha sido, de algún modo, dictado desde nuestra escucha al lenguaje mismo ha constituido para nosotros una fuente de deslumbramiento y de permanente asombro. Asombro ante una enseñanza  milenaria y desatendida, fresca y misteriosa, accesible y remota al mismo tiempo. Los etimólogos están demasiado enfrascados  en sus búsquedas formales para percibir la enormidad del material que manejan; los filósofos y los psicólogos, demasiado inmersos en sus propias teorías para escuchar al habla que habla, según Heidegger. No sólo habla: relata, adivina y predice –si se sabe escucharla–.

Ésta es entonces una invitación para que asistamos a esa vida escondida de las palabras  que nos están hablando desde lejos, encontrando sólo la resistencia  de los que no desean escucharlas. Ojalá que a través de este texto el lector pueda hacer suyo este viaje por el laberinto del lenguaje, en el centro del cual acaso no habite el Minotauro, sino nuestro propio y oculto corazón.


LA ETIMOLOGÍA COMO NUEVA HERMENÉUTICA

Desde la perspectiva que se nos ha aparecido  a lo largo de este trabajo, la etimología  puede ser considerada como una suerte de arqueología de la sabiduría colectiva, sumergida en la lengua. El viaje de rescate etimológico, en efecto, puede compararse a una exploración que se orienta a encontrar joyas escondidas entre ruinas. Está guiado e iluminado por la contemplación de la invencible fuerza del lenguaje atravesando las catástrofes de las civilizaciones destruidas y preservando la memoria de aquellas consonantes seminales que esparcieron las primeras metáforas de la historia humana.

La escucha del lenguaje significa entender y aceptar –por muy misterioso que esto nos resulte–que antes de hablar entre nosotros, y como condición esencial para poder hablar entre nosotros y con nosotros mismos, nos comunicamos y nos sentimos comunicados con el lenguaje, que es el don más alto y profundo que se nos ha dado como especie. Walter Benjamin lo dice perentoriamente: «La respuesta a la pregunta ¿qué comunica la lengua? es, por lo tanto: la lengua se comunica a sí misma». Vivimos interrelacionados por un campo común que nos reúne: el lenguaje es el símbolo más poderoso que emana de él y que nos conforma como cultura, pueblo, multitud o comunidad unida por la amistad. De ese lenguaje que hablamos colectivamente se apropia el individuo modificándolo en la medida de su creatividad: unos lo hacen imperceptiblemente, otros, grandes genios verbales, producen grandes transformaciones; pero, cualquiera sea el caso, es imposible hablar un lenguaje sin modificarlo, ya  que todos sus hablantes acarrean una característica irrepetible: el estilo es el hombre. Porque el lenguaje, como  la impresión digital, como el genoma de cada una de nuestras células, es distinto en cada ser humano. Las lenguas no evolucionaron ni se crearon a saltos milagrosos: fueron resultados de cambios imperceptibles introducidos por imperceptibles seres humanos –aun analfabetos–.

Un grupo humano que tiene un lenguaje común  es una entidad real que constituye un «campo», que tiene un cuerpo y un alma; su cuerpo es la cultura «material» común; su alama, su psiquismo colectivo, está plasmada en el lenguaje común. El lenguaje, que trasciende a los individuos, no tiene existencia autónoma, no flota en el aire: está encarnado en una comunidad, que también trasciende a los individuos. La conciencia plena de estar insertos en el lenguaje como una entidad que nos unifica y trasciende no en vano decía Merleau-Ponty que, antes que un objeto, el lenguaje es un ser y la contemplación del lenguaje desde esa perspectiva produce  una transformación  notable en nosotros. Pero este cambio es imposible de lograr cuando las palabras  son «usadas» exclusivamente en provecho  de nuestra información o comunicación, explotadas al servicio de nuestras necesidades, sin tener en cuenta el misterio y la historia que residen  en cada una de ellas. Por algo dice Benjamin que la primera  caída consiste en considerar  la palabra meramente como un medio o instrumento de comunicación.

La etimología, que es una forma de escucha del lenguaje en sus inicios y evolución, es una ciencia interpretativa que exhibe  varios modelos  metodológicos. Aun cuando en el siglo XIX adquiere el sesgo positivista propio  de la época, sus posibilidades actuales –y éstas son las que nos interesan– la hacen  confluir con los intereses de la semiología contemporánea: exploración y hermenéutica de un saber profundo, muchas veces olvidado, encerrado y enterrado en el lenguaje.

Podríamos decir que así como el psicoanálisis indaga los conflictos del paciente a través de un retorno inducido al paisaje y la historia de la infancia, sepultados en el inconsciente, el lenguaje y en particular las palabras tienen un origen que el olvido –esta vez, el olvido colectivo– reprime.  Se trata de un origen que para ciertas palabras que expresan nociones fundamentales conviene revelar, si queremos superar bloqueos individuales y sociales en el orden del conocimiento, de la comunicación y de nuestra relación, como individuos y comunidades hablantes, con nuestra evolución como seres humanos, con nuestro pasado histórico específico y con los avatares de nuestra propia experiencia personal.

Si pensáramos en términos terapéuticos, no se trata sólo de curar mediante la palabra, como lo propone el psicoanálisis, sino de curar la palabra misma con que tratamos de curar, es decir cuidarla, examinar sus repliegues y sus trampas, sus ambivalencias, sus significaciones ocultas en el tiempo. Naturalmente, no pretendemos reconstruir esencias a través de un camino sustancialista. Antes bien, la idea es averiguar si el saber del que emanaron en un primer estadio los términos de la pasión guarda algún mensaje viviente y desconocido para nosotros, y  examinar, al mismo tiempo, cuáles fueron las circunstancias –históricas, sociales, epistemológicas– que han nublado para nosotros ese conocimiento.

Comprobamos así que muchas palabras tienen en su comienzo significados ocultos y a veces contradictorios con sus significaciones sociales actuales. Pero seamos claros: el estudio etimológico no es un camino hacia el pasado, un retroceso. No se trata de recuperación sino de reinterpretación. Es el descubrimiento del sentido de las raíces que persisten transformadas en las palabras de ahora. Es el descubrimiento de lo que está oculto, de lo que somos y no sabíamos. Las raíces de las palabras no están atrás, en el pasado: están en lo profundo del aquí y el ahora. Si las palabras hubieran dejado sus raíces en el pasado, se habrían secado, habrían muerto. La etimología, que consiste en rastrear las raíces, significa desenterrarlas, exponerlas al aire. Y esa operación debe hacerse con sumo cuidado: como pasa con las plantas, el shock que pueden sufrir al quedar expuestas inapropiadamente puede ser fatal.

Actualmente, por ejemplo, nos negamos a advertir que detrás de la rutina semanal del  viernes se esconde nada menos que el insondable rostro de  Venus la hermosísima, también presente y subterránea bajo las enfermedades venéreas y el  veneno, primer nombre del filtro de amor: de allí el simbolismo erótico de la serpiente. De igual modo, nos negamos a ver el parentesco entre febrero y  fiebre; octubre, noviembre y  diciembre están disociados del  ocho, el  nueve y el  diez  con que culminan en el calendario romano. Un poderoso tabú nos impide reconocer que la palabra parientes significa literalmente  los que están pariendo. La semilla  que plantamos tiene que ver con el  semental, así como el semen  tiene que ver con la semántica: a través de la metáfora de lo germinal, la lengua relaciona lo vegetal, lo animal, lo biológico y lo epistemológico, en un solo eje de equivalencias que en general se nos escapan. El entramado que reúne todas estas asociaciones es arcaico, pero la etimología nos permite una lectura que actualiza sus significados y les da un nuevo sentido.

Y los pasajes o deslizamientos que los significados sufren nos hablan de una dinámica, a veces progresiva y a veces represiva, cuya interpretación arroja luces sorprendentes sobre aquello que hemos decidido colectivamente olvidar, ignorar o volver a recordar, y que atañe muchas veces a lo más profundo o lo más intenso de nuestras vidas.  Dicho de otro modo, la pregunta relevante sería:  ¿qué ha ocurrido, desde el primer significado, en el camino  del olvido y en el de las transformaciones? Los poetas  muchas veces intuyen,  desde el cuerpo sonoro mismo de una palabra, sus posibles irradiaciones hacia las raíces primitivas.  Con ellos, como ellos,  la etimología puede imaginar  al lenguaje como una suerte de  phylum cuya  presencia total resulta recobrable a través de las investigaciones y de aquella razón apasionada  de la que hablaba Spinoza.

Escribimos con la cautela propia de los exploradores, sabiendo que a veces  nuestras afirmaciones podrán resultar chocantes a helenistas, romanistas, filólogos o psicoanalistas cuyos dominios estamos invadiendo con eventuales incursiones heterodoxas: esperamos que nos corrijan y trasciendan en sus disensiones.  Escribimos a contracorriente, sabiendo que la noción de origen se ha vuelto sospechosa en una cultura que se quiere fragmentaria y ajena a la idea de proceso o de progreso. Pero, aunque lo que escribimos puede causar desconcierto, nos dirigimos a aquellos que estén preparados a la apertura de nuevas puertas, en particular, aquellas que nos comunican  más profundamente con la conciencia de nuestro propio lenguaje. Escribimos también  a la sombra formidable  del  lenguaje, confiando en su sabiduría y su fuerza, que es también la del género humano y la del vasto grupo lingüístico al que pertenecemos. Nuestros posibles errores de interpretación no pueden alterar el propósito de estas páginas, que quieren comenzar a interrogar, de una nueva manera, una fuente inagotable de conocimiento y de sorpresas, y dejar el paso abierto a quienes quieran proseguir este camino, que por su riqueza y vastedad nunca nos ha de defraudar.


UN POCO DE HISTORIA

Llamáis lenguas muertas al lenguaje de los griegos y de los latinos.
Pero de ellas se origina lo que es las vuestras pervive.

SCHILLER

A principios del siglo XX, el creador de la lingüística contemporánea, un suizo modesto y genial llamado Ferdinand de Saussure, dijo que el lenguaje es un sistema posible  porque sus estructuras funcionan inconscientemente. Es decir, tal es la complejidad de las operaciones  que nuestro cerebro debe computar antes de que llegue a producirse la frase más simple, que no es posible imaginar que estos mecanismos puedan aprenderse o apropiarse mediante un proceso consciente.  Miríadas de movimientos neuronales y de mecanismos psicofísicos son necesarios para pronunciar o interpretar la más sencilla frase: misterio al que nos acostumbramos pero que no deja de ser impenetrable.

Como lo señala George Steiner, al final de su vida, Thomas Huxley,  el mayor defensor de Darwin, escribió en  sus diarios: «Sé  que no hemos comprendido nada del lenguaje». Tras el triunfo de la teoría darwiniana de la evolución, y luego de una vida consagrada a celebrarla, Huxley, al que apodaban el mastín de Darwin, tuvo la lucidez y la honestidad de advertir que todo ello no había aportado nada al conocimiento   del origen de la lengua.  El lenguaje escapa a cualquier modelo de evolución genética molecular, es su padre y su madre al mismo tiempo. Es ésta una estimulante humillación: el hombre –ese animal de la palabra, como lo definiría Aristóteles; ese sonido de pie, como lo llaman los guaraníes– no sabe cómo la palabra ha venido a insertarse en su realidad; la palabra, que nos distingue como especie, permanece todavía inaccesible para nosotros en su origen.

Pero, si bien no podemos captar en su decurso biológico la misteriosa instalación del lenguaje en nuestro desarrollo como seres humanos, sí podemos preguntarnos y contestarnos por el origen y la suerte de las palabras específicas que han decidido muchas veces el curso de nuestra vida.

La noción del indoeuropeo a la cual recurrimos en este trabajo nace a fines del siglo XVIII y principios del XIX, cuando comienzan a plantearse, con Darwin, los problemas relacionados con la evolución de la especie. William Jones, el orientalista y jurista inglés del siglo XVIII, que fue educado en Oxford y vivió en Calcuta, estableció la hipótesis del indoeuropeo fundándose en correspondencias de palabras del léxico básico, como las que designan las nociones de parentesco. Jones tuvo la intuición de que las coincidencias que advertía entre el sánscrito, el griego, el latín y otras lenguas occidentales no podían ser  fortuitas: así nace una estrella que brillará muy alto en el horizonte del saber humano. Por ejemplo, la palabra que significa hermano era en sánscrito bhratar, en gótico brothar, en griego phrater, en latín frater. Estas coincidencias no podían ser casuales: apelaban a un origen común, a un lenguaje hipotético del que no quedan fuentes escritas,  y que se llamó, por su posible ubicación geográfica, el indoeuropeo.

Hace más de seis mil años, este protolenguaje –según una hipótesis plausible–  se desarrolló al este de Anatolia, hoy Turquía. Fue extendiéndose y ramificándose a través de sucesivas migraciones hacia oriente, hasta la India e Irán, y hacia occidente, hasta todos los rincones de Europa: nuestras lenguas europeas –salvo el vasco, el finlandés y el húngaro– derivan de esta rama occidental.

Nuestros orígenes lingüísticos, por lo tanto, serían asiáticos, como son asiáticas, también, las lenguas semíticas. El danés Rasmus Christian Rask y el alemán Franz Bopp establecieron la gramática comparativa, por medio del acercamiento del persa, el sánscrito, el altogermánico, el latín y el griego. Del indoeuropeo así reconstituido  puede calcularse un léxico de cerca de dos mil palabras. Más tarde, los etimólogos del norte de Europa (ante todo, alemanes y daneses en un comienzo) consiguen aislar un número relevante de raíces fundamentales confluyentes, de tal modo que la hipótesis de un tronco común de todas ellas se vuelve una ecuación explicativa obligatoria, confirmando la intuición y los trabajos iniciales de Jones.  Se trata de un descubrimiento en cierto modo comparable a la formulación biológica del ADN; pero lo que aquí estamos reconstituyendo es el código cultural de un grupo humano del cual descendemos, el grupo que somos.

Estrictamente hablando, el  etimon significa, antes que la esencia, el sentido literal de un vocablo, sentido que luego adoptaron los gramáticos para trazar la historia de un término. La etimología nos brinda el punto de partida, muchas veces sorprendente, sobre  el cual se edifican los sucesivos sentidos de una palabra fundamental. A partir de esta base, la lexicología, la filología, la historia, la literatura y la filosofía nos van proporcionando los materiales que atestiguan y explican los cambios de significados e interpretaciones con que hoy comprendemos y empleamos los términos relativos a los trabajos más profundos de nuestra psiquis.
Es preciso advertir que en este texto no sólo nos remontaremos a las raíces de las palabras que estudiamos, sino que también  queremos apelar, cuando la ocasión y la claridad lo requieran, a la comparación entre diversas lenguas, para sacar a luz las diferentes connotaciones que una misma palabra original puede alcanzar en ellas; también investigaremos el contenido de las metáforas que surgen en las lenguas particulares a partir de una raíz determinada. Para totalizar nuestras investigaciones serían necesarios conocimientos más extensos que aquellos con los que contamos; por ejemplo,  una mayor familiaridad con las lenguas semíticas. En particular, el hebreo, al que nos referiremos en algunas ocasiones, resulta una lengua fundamental, porque para los indoeuropeístas el hebreo ocupó un lugar central, ya que la cultura griega y la religión judeocristiana eran  en su opinión el núcleo originador de la cultura europea. Además, hoy día se hipotetiza que las lenguas indoeuropeas y las semíticas forman parte de una superfamilia, antes denominada nostrático y ahora preferentemente familia afroasiática. Pero nos encontramos en el estadio inicial, evidentemente preteórico, de nuestra tarea, y confiamos en que nuestro campo se irá reforzando en el futuro con la colaboración de los estudiosos interesados en estos desarrollos.

No desdeñaremos, por cierto, la compañía de quienes nos preceden como buceadores en el significado y origen de las palabras, y convocaremos a Platón o a Aristóteles, a Freud o a Benjamin, a Spinoza o a Kant, y a otros poetas o filósofos, cuando su mirada nos resulte necesaria para entender la evolución de un determinado significado. Pero queda claro que el oráculo central que estamos interrogando no es un canon, ni mucho menos el miembro de un canon establecido, sino una fuente inextinguible e inexpugnable, el lenguaje mismo, que tantos se precian en interpretar y dicen reverenciar sin haberlo jamás escuchado humildemente, profundamente, en la sucesión de las olas contradictorias e intensísimas que acarrean, decantada, una sabiduría de milenios.

Este interlocutor primordial proviene de una misteriosa floración inconsciente y colectiva, como la definía Saussure, tan ajena a las ideologías como a las filosofías, y semeja una vasta esfinge que yace tendida hace siglos esperando una interrogación orientada a la sabiduría profunda y riquísima encerrada en múltiples estratos de experiencia, tanteos de reflexión, buceos expresivos del grupo humano emergiendo a la conciencia. Estas reflexiones apuntan a desbrozar el terreno e indicar los primeros senderos de esa interrogación, senderos necesariamente aventurados pero también, a nuestro juicio, tan necesarios como deslumbrantes.

Es verdad que no cabe apelar al lenguaje sin mediaciones tales como los diccionarios clásicos, como lo haremos, y sin convocar la paciente búsqueda  filológica que nos precede desde hace siglos. En la exploración de las misteriosas galerías en la que nos aventuramos, habrá pistas falsas, equivocaciones y derrumbamientos como los que siempre ocurren  cuando se avanza en territorio desconocido. Se desprenderán muchos terrones de polvo de aquellos que interrumpen, obstruyen y empañan el camino: pero esto no debilita nuestra certeza de que al fondo  se encuentra el oro  puro y vibrante de la densísima experiencia lingüística de los orígenes. Acaso estemos abriendo, sigilosamente, una puerta por la cual pasará una nueva visión  del lenguaje, una nueva comunicación de nosotros mismos con él.  De un modo semejante a lo que dice Lou Andreas-Salomé acerca de los ricos territorios desconocidos sobre los que avanza el psicoanálisis,  acaso podamos experimentar «esta radiante sensación de un ensanchamiento de la vida a través del tacto, del contacto con las raíces por las cuales ella se sumerge en la totalidad».


(*) Texto tomado de Bordelois, Ivonne (2008). Etimología de las pasiones. 1 era edición. Caracas, Venezuela. Monte Ávila Editores Latinoamericana. Colección Milenio Libre.  130 págs.



viernes, 21 de diciembre de 2012

Capítulo 1 de El español coloquial en la conversación, por Antonio Briz Gómez



Capítulo 1
Cuestiones previas: lo oral y lo escrito. Los registros y los tipos de discurso (*)
Por Antonio Briz Gómez

No hace mucho escribí un cuadernillo (Briz, 1996) en el que intentaba precisar algunos términos y conceptos. Por su carácter didáctico y de iniciación en estos temas creo necesario volver a desarrollar algunas de las cuestiones allí planteadas.

  1. Lo oral y lo escrito. Lo fónico y lo gráfico. Oralidad y escrituridad
«O se habla o es escribe.» Así es, pero el  hecho de reconocer una serie de diferencias polares entre una transmisión escrita, entre producir un mensaje fónica o gráficamente, respecto a sus planificación, al tiempo de ejecución  de éste, a la presencia o ausencia de contexto inmediato, etc.,[1]  no impide reconocer la existencia de manifestaciones de lo oral en lo escrito y de lo escrito en lo oral.
En apariencia, lo anterior resulta paradójico, ya que, por un lado, se afirma que se habla o se escribe, si bien, por otro, se concluye que a veces lo hablado aparece en lo escrito y lo escrito en lo hablado. Pero sólo aparentemente, pues la disyuntiva, aunque cierta, se refiere al medio o canal de comunicación, esto es, la expresión es fónica o gráfica; en cambio las interrelaciones entre lo hablado y lo escrito surgen como modos de verbalización determinados por las condiciones de comunicación. La oposición en relación al medio o canal se convierte, así pues, en un continuum gradual cuando nos referimos a los modos o realizaciones de lo oral y de lo escrito. [2]
El uso pasado y presente de la lengua nos muestra las constantes presiones, la «tensión permanente entre oralidad y escrituridad, que es mutuamente enriquecedora» (Bustos, 1995: 18). Desde el punto de vista histórico, como influencia de lo escrito, pensemos, por ejemplo, en la introducción de cultismos léxicos en los Vocabularios de germanía o la influencia del habla del hampa en algunos textos literarios del Siglo de Oro.[3]

Textos periodísticos y literarios actuales imitan en algún aspecto el registro coloquial con el fin de enriquecer expresivamente el mensaje, la narración, los diálogos. Se recurre estratégicamente, por ejemplo, a léxicos argóticos y jergales, a ciertas construcciones sintácticas más propias de un registro informal, a marcas de la conversación cotidiana, tal y como se manifiesta en los fragmentos discursivos que siguen:

-De un texto periodístico:

(1)
Válgame Dios. Hay como diez mil, no sé, presos preventivos en las cárceles españolas, donde los enchiqueran desde toda la vida durante meses y años hasta que a un juez se le ocurre preguntar qué pasa contigo. Y resulta que, de pronto, a los analistas y a los tertulianos y a los líderes de opinión y a los políticos y a todo Cristo le da ahora por decir que si tal y que si cual, y que a ver si esto de la cárcel preventiva es un abuso, oiga.
[…] me mosquea, sin embargo, que el debate surja precisamente cuando está pasando por el talego tanto mangui de cuello blanco…
[…] Y resulta que justo ahora se pone de moda […] va y se pone de moda eso de criticar por excesivas las medidas cautelares penitenciarias, o sea, el talego por todo el morro. Como si tocaran a degüello y todo el mundo procurara ablandarse el catre, por si las moscas (A. Pérez-Reverte, «Cuánto cuento», El Semanal, 5 marzo 1995, p. 10).
Son recursos más propios del habla el uso enfático de la conjunción y (Y resulta que… y… y… y…y…), la presencia de ciertos reguladores de la conversación (no sé, oiga), el uso de ciertas expresiones idiomáticas, algunas de ellas marcadas sociolectalmente (Válgame Dios, a todo Cristo, qué pasa contigo, por si las moscas, por todo el morro), las señales de cierre enumerativo (que si tal y que si cual), las voces jergales, del argot: enchiquerar, mosquear, mangui, talego, aisladas o formando parte de una metáfora: mangui de cuello blanco; el talego por todo el morro, etc.

Nótese el empleo de la jerga juvenil en este otro texto periodístico: careto, chunga, depre, cerrar el pico, cubata, unido al uso de la frase simple, del presente actualizador de hechos pasados y del conector de cierre (en fin…) que deja en suspenso la conclusión anterior:

Justo antes de cenar llaman al timbre. Es una amiga. Sube. Inmediatamente, observando su careto, noto que algo pasa, está chunga, depre, triste. Se sienta en el sofá, yo también me siento sin abrir la boca, en tales situaciones prefiero cerrar el pico, ya se lanzará ella cuando le plazca.
      Como ella tampoco suelta palabra y el silencio comienza a pesar, le propongo una cubata. Acepta torciendo el morrillo. Me da las gracias esbozando una de esas sonrisas que dicen «qué buena persona eres». Odio ser buena persona porque es muy complicado hacerte millonario siendo buena persona, sin embargo, desgraciadamente igual lo soy, en fin… Entonces tras el primer sorbo, se le escapa una lágrima (R. Palomar, «Doble sesión»,  Las Provincias, 13 de febrero 1997, p. 37).

-De un diálogo teatral:

(2)
TOCHO. Se está organizando tío. ¡Maldita sea! Hay una gorda ahí fuera animando al personal para darnos el pasaporte, que me está dando ganas de mandarla al otro barrio desde aquí, por lianta, por hija de puta, y por gorda.
LEANDRO. ¡Te quieres estar quieto de una puñetera vez! ¡Mecagüen la leche! ¡La culpa la tengo yo por meterme en esto contigo! ¡Y deja ya de una vez de dar vueltas a la pistola, que me estás poniendo nervioso!
TOCHO. Ha sido sin querer, Lenadro, no te mosquees.
LEANDRO. ¡Anda, vete a mear!
TOCHO. ¡Mira, hay un teléfono! ¡Podíamos pedir refuerzos!
LEANDRO. Sí, a Fidel Castro, ¡no te jode! ¡Tú estás gilipollas! ¿Estás gilipollas, eh, o qué? ¿No te das cuenta que nos la estamos jugando?
TOCHO. ¡La bofia! Ya están aquí los veinte iguales. Esto se anima, tio. Una… dos… tres… ¡Puf!, más de diez lecheras que traen…, ¡Que somos sólo dos, tíos; dónde vais tantos!
(J. L. Alonso de Santos, La estanquera de Vallecas, Madrid, Clásicos Castalia, pp. 64-65.)

En el fragmento del sainete de (3), la presencia de vulgarismos insiste además en el estrato sociocultural bajo de los personajes:

(3)
BENITA. Amos, calla, tirano; después de que dice to el mundo que he adelgazao desde que te hablo.
MELQUIADES. ¿Qué has adelgazao? Pues que te lleven al café y verán.
BENITA. Si tú me quisiás a mí la metá na más de lo que yo… Pero, ¡claro!, acostumbrao a tantas quiero tantas tengo…
(C. Arniches, El amigo Melquiades, Madrid, Espasa-Calpe, Colección Austral, p. 98.)

Y en (4), además de algunos de los rasgos señalados, son de notar las acumulaciones de enunciados, sin nexo o a través de continuadores como y, los paréntesis explicativos, la presencia del estilo directo dentro de la narración, ciertas construcciones fraseológicas y un modo de contar ahora vinculado a la edad del protagonista, un niño:

(4)
¡Los indios! […] Mira que les iba mal: película tras película, los molían; que algunas veces, hasta caían dos de un solo disparo, que esto lo he visto yo,  y no una ni dos veces… Y luego, esa manera tonta de atacar, que se ponían a dar vueltas y vueltas y los de las carretas haciendo puntería, como con los patitos en el tiro al blanco, que aquí era un indio.
Pero nada, oye, al jueves siguiente otra vez los tenías dale que dale, erre que erre.
Que además de tontos, es que eran de mala condición, eso es lo que les pasaba […]. Charlton Jeston los tenía calados y se pasaba media película diciéndole al capitán que se fiara. No le hicieron caso, y pasó lo que tenía que pasar, que el indio este soliviantó a los otros y la liaron.
Y tuvo que arreglarlo el mismo Charlton Jeston, que estaba peleado pero que les hizo el favor, y fue y le rompió la espalda al indio. Que los indios, en cuanto les matabas al jefe, se retiraban.
Otros indios de la misma ralea eran los de la India, de color marroncillo y mirada me parece que torva. Éstos, además, eran unos cobardes y unos traidores: estaban todo el día con los blancos, que os vengáis por el palacio a tomar algo, y luego, a los postres, les atacaban […] (A. Sopeña, El florido pensil, Círculo de Lectores, 1997, pp. 138-39).   
A veces esta oralidad (coloquial) no es tanto recurso estilístico cuanto gazapo por descuido o ignorancia. La oralidad traicionó a los que escribieron los titulares de la primera página de un periódico:

(5)
      - El hombre de Bolomor pertenece a una cultura distinta al resto de la Península.
      - Viver: Muere la anciana que corneó el toro que se coló en su domicilio.
En el  primer caso, por la ausencia de ciertos componentes obligatorios (cf. preposiciones); en el segundo caso, por la ambigüedad que se produce, sobre todo en  la expresión escrita, tras la acumulación de las construcciones relativas.

También lo escrito, como modo de realización –lo tantas veces escrito o dicho–, acaba por  manifestarse en lo oral. Nada sorprende ya el empleo en la conversación cotidiana de ciertos neologismos, extranjerismos, tecnicismos (términos farmacéuticos, médicos, políticos, deportivos…) como  paracetamol, amígdalas, consenso, mesa negociadora, anticonstitucional, globalización, zapping, basket, out, aerobic, spray, play-back, compact disc, CD, PC, etc.

En el diálogo grabado entre un médico (B) y un paciente (A) de nivel sociocultural bajo parecen invertirse los papeles. A intenta  ajustar su uso a la situación, es consciente de la relación de desigualdad social (+poder y -solidaridad), el mismo motivo que hace que B no sienta necesaria tal adecuación:

(6)
A:      mire doctor/ vengo por qu´es que me duelen las amígdalas barbaridades.
B:      venga a ver/ abra la boca// (TRAS EXAMINARLO) es natural/ tiene usted unas anginas de narices/ más que anginas parecen tomates.        
Como muestran los ejemplos anteriores, junto a los modos de expresión extremos, lo oral y lo escrito, se encuentran manifestaciones o reflejos diversos de lo oral en lo escrito, que convenimos en llamar en abstracto  oralidad, y de lo escrito en lo oral o  escrituridad.

De forma más concreta, como estudiaremos en los apartados que siguen, esa diversidad de grados está en relación a) con las condiciones de producción y recepción de los discursos, tales como las referidas a la situación de comunicación, a los registros (comp. Ej. 6); a su vez vienen favorecidos por b) las características de los usuarios (emisores y receptores), su competencia lingüística y cultural (comp. ej. 3 y 4); se relacionan además con c) los rasgos caracterizadores del tipo de discurso (los diálogos teatrales como conversaciones, ej. 2 y 3); y d) con ciertas tradiciones textuales (puede hablarse de una tradición estilística  de  «lo coloquial en la literatura») [4], parámetros que actúan de forma conjunta, interrelacionados.[5]

  1. Situación y uso. Adecuación. Los registros

La lengua varía en el tiempo (variedad diacrónica), en el espacio (variedad diatópica), según las características de los usuarios (variedad diastrática) y la situación de comunicación (variedad diafásica). De las citadas variedades resultan, respectivamente, estados sincrónicos diferentes a lo largo de la historia de la lengua, dialectos, sociolectos y registros.[6]  Estos últimos son, así pues, modalidades de uso determinadas por el contexto comunicativo.

Ese contexto de comunicación regula y marca de algún modo las conductas lingüísticas y extralingüísticas de los hablantes, los cuales suelen esforzarse en acomodar en mayor o menor grado sus actos diarios de comunicación a la situación precisa en que tienen lugar. En efecto, un estudiante, por ejemplo, no habla del mismo modo cuando conversa con sus compañeros fuera del aula que con el profesor durante la clase.

La falta de adecuación entre el uso y la situación provocaría desajustes no tanto informativos como de conducta lingüística esperable. Rotas quedarían, por ejemplo, las expectativas de los asistentes a un congreso si un ponente dictara su conferencia en un tono coloquial, tanto cuanto sorprendería el empleo de un tono solemne en una conversación entre amigos al hablar de fútbol. Últimamente, algunos comentaristas deportivos, sobre todo del «deporte rey», emplean una «lenguajería» futbolística inadecuada y poco eficaz. Sin duda, es un exceso pedante y cursi, como señalaba Alfonso Ussía en un artículo aparecido en ABC en 1995, decir que «el equipo se mueve con decidida vocación penetrante, pero no concreta», cuando lo que queremos transmitir es, traducido a palabras más claras y justas, «el equipo ataca, pero no mete un gol». La verborrea lingüística está reñida con el buen uso y en este caso con los temas y materias «sencillos» que se están tratando.

Es evidente que el dominio y empleo adecuado de estas modalidades lingüísticas, de estos registros, es proporcional al nivel de lengua de los usuarios: a mayor nivel, mayor dominio de registros. Ahora bien, hay que insistir en que las reglas de situación influyen incluso en la actuación de los hablantes de nivel de lengua bajo. Éstos, conocedores de las mismas, aunque sin capacidad suficiente para activarlas lingüísticamente, intentan adecuar su modo de habla al contexto. El médico y su entorno, como veíamos en (6), constituían un escenario capaz de alterar el comportamiento lingüístico de un paciente.

Convencionalmente y en abstracto se pueden distinguir dos tipos de registros, el formal y el informal-coloquial, los cuales podrían ser entendidos como dos extremos imaginarios dentro del continuum de manifestaciones de habla según la situación de comunicación, extremos, aunque no límites, a uno y otro lado del continuum, identificables y favorecidos inicialmente por ciertas condiciones de producción y recepción de los discursos, tales como la relación de proximidad entre los participantes, su saber y experiencia compartidos, la cotidianidad, el grado de planificación, la finalidad de la comunicación (interpersonal, transaccional, estético-estilística).

Entre ambos extremos imaginarios se situarían los que, de modo poco comprometedor, podemos denominar registros intermedios. Tal distinción gradual +/- formal y +/- informal y, así pues, la existencia de estas modalidades intermedias se pone de manifiesto, tal y como ya se ha señalado, en la propia actuación y conducta de los usuarios en ciertos contextos comunicativos. En una conversación cotidiana pueden alternar varios registros de acuerdo, por ejemplo, a los temas que en ésta se vayan tratando: la introducción de un asunto doloroso, como la muerte de un amigo, cambiaría inmediatamente el tono de la interacción. Sea el caso también del discurso íntimo; en algunas de sus manifestaciones, por ejemplo, la declaración amorosa, se conjugan algunos rasgos de formalidad (carácter planificado, tono solemne, empleo de determinadas fórmulas preestablecidas) y de informalidad (los derivados de la relación de familiaridad, del saber compartido, etc.).

Afirmar que de los usuarios y del uso que éstos hacen de la lengua en una situación de comunicación determinada resultan los varios registros significa aceptar, de otro modo, que en el empleo de cualquiera de ellos existe una correlación, como ya estudiaremos, entre los rasgos situacionales mencionados y una serie de constantes lingüísticas y no lingüísticas, matizadas a su vez por las características propias de los hablantes. Aquéllas definirán en general el registro, éstas permitirán matizarlo desde el punto de vista dialectal y sociolectal. Es obvio que el español coloquial de un andaluz presenta diferencias, por ejemplo fónicas, en relación al de un valenciano y el de una hablante de nivel sociocultural alto respecto al de otro de estrato bajo.

  1. Las manifestaciones de los registros en lo oral y en lo escrito.

Los registros (+ formal / + coloquial) son usos que pueden manifestarse tanto en lo oral (fónico) como en lo escrito (gráfico), a pesar de que en la escritura existe siempre un grado mayor de formalidad. De este modo, pueden distinguirse, al menos [7], cuatro realizaciones discursivas: coloquial oral, coloquial escrito, formal oral, formal escrito.

La modalidad de uso coloquial oral  se define a partir de los parámetros situacionales: + (mayor) relación de proximidad, + saber compartido, + cotidianidad, - (menor) grado de planificación, + finalidad interpersonal…, y la de uso  formal escrito, como – relación de proximidad, - saber compartido, - cotidianidad, + grado de planificación, - finalidad interpersonal… Piénsese, por ejemplo, en una conversación coloquial entre amigos en un bar hablando de un tema cotidiano; o, por el otro extremo, en un texto legal actual.

Y dado el grado mayor o menor de ausencia o presencia de dichos rasgos pueden diferenciarse, al menos, esos otros dos modos o realizaciones intermedios: el  coloquial escrito (con + grado de planificación…, pero con otros rasgos de coloquialidad, por ejemplo, + relación de proximidad, + saber compartido…) y el  formal oral (- relación de proximidad, - cotidianidad, + planificación, + finalidad transaccional…). Respectivamente, a modo de ejemplos, la «carta familiar» y el «juicio oral».[8]

3.1. Estudiemos, a modo de ejemplo, algunas muestras de lo  coloquial escrito.

En la carta familiar (de una joven a su amiga) que se transcribe a continuación se combinan ciertos rasgos de la oralidad coloquial con la formalidad, por ejemplo, estructural de algunas de sus partes:

(7)
¡Hola Cari! ¿Qué tal?
Lo primero que quiero hacer es pedirte perdón por tardar tanto en escribirte, pero por aquí vamos de culo.
Bueno pasemos a lo que interesa. Me alegro de que te vaya todo tan bien y de que te lo estés pasando tan bien, pero, ¿ya hay choto a la vista? Bueno pues escríbeme y me lo cuentas.
Por aquí estamos como siempre, yendo a clase, cogiendo apuntes, leyendo, estudiando, etc. Pero nada en especial.
Este fin de semana he estado bastante bien, primero el Viernes nos fuimos de cena de filología, fuimos al Barrio de Pepi a cenar y bueno entre copa y copa acabamos todos muy mal, unas llorando, otros liados (yo como siempre no), otras durmiendo en el coche, etc. La verdad es que estuvo muy bien, nos lo pasamos de PUTA MADRE.
Y el Sábado, sabadete, camisa blanca y polvete, nos fuimos mis amigas y yo de cena con un amigo, pagaba él porque era su cumpleaños, nos fuimos a cenar a un sitio muy guay, pero yo no podía beber porque estaba ya un poco hecha mierda del día anterior, así que todas mis amigas se pusieron ciegas, mientras tanto, yo pues intentaba que no hicieran una barbaridad, pero en un momento de despiste se fue una con uno y «ñaca-ñaca», de nuevo lío.
Bueno chica como ves todo sigue su curso normal, yo sigo  sin tener novio y esas cosas, pero bien. Estoy dando clases particulares a dos niños, a uno le doy los Miércoles y Jueves y al otro los sábados por la tarde. Así que gano un poquito de pasta.
Bueno Cari, estoy en clase de Renacimiento y el profe no para de mirar, así que ya te contestaré, ¿vale?
Hasta pronto, un beso y un abrazo
FIRMA
(P.D. Nos vemos pronto ¿eh?)

La estructura discursiva se corresponde en general con la de al menos un tipo de género epistolar; aparecen los rituales, los estereotipos habituales del mismo:

< una secuencia de apertura (fecha, precomienzos, rituales de saludo, captatio (petición de perdón por tardar tanto en escribir),
<  una secuencia cuerpo, central, de carácter informativo,
<  una secuencia de cierre [pre-cierre (anuncio de cierre), cierre (despedida, firma), pos-cierre (la posdata)].

Pero la comunicación adquiere un tono informal, la cotidianidad se palpa en cada uno de los enunciados, en el modo como éstos se articulan, en la progresión del discurso, en la elección de cierto léxico, fraseología, etc., rasgos estos últimos que reflejan a la vez las características socioculturales del que escribe –a veces más parece que converse a distancia– y del destinatario. Y tales manifestaciones o reflejos de lo coloquial responden en estos casos a las condiciones comunicativas y a la propia actividad discursiva: relación  familiar entre los interlocutores, el saber compartido, la cotidianidad, etc.

Así pues, se trata de un texto que puede incluirse dentro de las realizaciones de lo coloquial escrito.

3.2.   A pesar de que la modalidad de uso coloquial se manifiesta más frecuentemente en el habla, en el medio fónico, que en el gráfico, al contrario que la formal, sería un error seguir asociando  e identificando este registro formal con lo escrito (literario) y relegar el registro coloquial a lo estrictamente oral. Si bien, teóricamente, parece cierta la afirmación de que «no se escribe como se habla» (y menos coloquialmente), hay numerosos ejemplos, como venimos notando, en que se aproximan el modo de escritura y la oralidad, en concreto, coloquial.

Los usuarios de una lengua que sólo conocen y emplean la variedad coloquial la reflejan en sus escritos; más exactamente, la oralidad coloquial dominante o exclusiva se refleja de forma natural en sus producciones escritas (escriben al modo en que hablan). Éste era el aviso que aparecía pegado en la ventanilla de una sucursal de correos:

(8)
Se recuerda a los señores usuarios del servicio de Correos, la obligatoriedad de que al retirar cualquier objeto certificado que no sea el interesado, de presentar la autorización correspondiente, sin la cual no será entregado.

Hechos como la acumulación de enunciados, las inconsecuencias en el régimen y en la construcción (anacolutos), frecuentes en el español oral coloquial, se combinan con los estereotipos o fórmulas del texto escrito.

En las páginas de un periódico de anuncios se leía lo siguiente:

(9)          Se vende abrigo de piel de señora.

Tal expresión escrita resulta anómala y chocante por la ambigüedad que produce el añadido a la derecha, más usual en el habla, donde la interpretación no admite duda gracias a las inflexiones finales (semicadencia tras ‘piel’).

En un artículo de L. Carandell, publicado en el diario  El País hace algún tiempo, el autor afirmaba haber encontrado sobre la alambrada que rodeaba una finca en Granada un letrero que decía:

(10)        Proivido zalta la lan bra.

Aquí, la oralidad ya no sólo se reflejaba, sino que parecía reproducirse.

El dominio de estos usos (coloquial …  …  …   formal) de lo oral y de lo escrito está en relación con el nivel sociocultural, como ya se indicaba: a menor nivel, menor dominio de las distintas modalidades, o dominio exclusivo de la coloquial. Así, las producciones fónicas y gráficas de un hablante de nivel bajo se adscriben a los usos coloquiales (coloquial oral  y  coloquial escrito), pues éstas son las únicas modalidades que domina.[9]

3.3.   Señalábamos anteriormente que algunas de estas manifestaciones o muestras de oralidad o escrituridad están en relación con las tradiciones textuales. Por un lado, recordemos la afirmación de Juan de Valdés en su  Diálogo de la lengua, «escrivo como hablo», entendida como estilo ‘llano, sencillo, natural, no afectado’, y no como ‘hablar descuidado, espontáneo, no planificado, coloquial’. Todo un principio o lema que aparece en escritores del siglo XVI, que va más allá en el caso de santa Teresa, la cual, según Menéndez Pidal (1942: esp. 153-154), «adopta una posición extrema, particularmente notable por su máxima espontaneidad». Y continúa: «el lenguaje escrito se diferencia fundamentalmente del oral en que se ayuda de los ojos para compaginar lo que se va a decir con lo que se ha dicho. Santa Teresa no hace tal diferencia, porque nunca vuelve atrás para releer lo que queda sobre el papel», «propiamente ya no escribe, sino que habla por escrito».[10]

Sería erróneo incluir tales textos entre los del tipo coloquial escrito, y contradictorio introducir un nuevo tipo coloquial formal escrito.  La solución pasa por diferenciar las reproducciones o reflejos naturales de lo coloquial de las imitaciones, por supuesto, intencionadas. Así, los textos literarios pertenecen a la modalidad de lo  formal escrito, sólo que a veces imitan la modalidad coloquial oral con una meta o propósito determinado. Se trata de una reproducción o realización artificial, táctica, estratégica, de lo coloquial en lo formal escrito. En suma, un recurso al servicio de la producción artística, a veces también con fines pedagógicos, de adaptación de la expresión a la comprensión del lector (cf. la literatura infantil), incluso con la intención en algunos casos de conectar con el máximo posible de lectores.[11] Recordemos el empleo de lo coloquial como recurso estilístico en los ejemplos de (1), (2), (3) y (4).

3.4.              En suma, podría decirse que un usuario utiliza al hablar, según la situación de comunicación, un registro  coloquial (ej.: una conversación informal entre amigos), un registro  formal (ej.: un debate en un congreso), o  imita uno u otro.[12]  Del mismo modo,  al escribir se  utiliza un registro  formal (cf. el texto literario, en general), coloquial (cf. una carta familiar), o se  imita tanto éste por cuestiones estilísticas (cf. El florido pensil de A. Sopeña), como aquél por cuestiones de situación (piénsese en la redacción de una queja elevada al ayuntamiento por parte de un ciudadano de estrato sociocultural bajo o en la composición de algunos exámenes de selectivo). Que se logre o no dicha acomodación depende del dominio de tales registros por parte del que habla o escribe, del cuidado y esmero del autor, hablante o escritor.

Léase la transcripción literal de un fragmento extraído de un examen de Lengua española, correspondiente a las pruebas de acceso a la universidad de 1991:

(11)
Información  es lo que el emisor trata de enviarle al receptor mediante un mensaje. Lo que pasa es que la información a veces no es información en si, bueno mejor dicho hay frases o mensajes que tienen más información que otras. Por ejemplo en la frase «Madrid es la capital de España» esta frase no nos aporta información ya que más o menos, bueno toda la gente sabe que Madrid es  la capital de España entonces a mí eso no me aporta información porque no me está diciendo nada nuevo que yo no supiese aún
[…]
La información se mediría en bits […] Por ejemplo en «¿Qué dia vendrá Juan? aqui nos cabe la posibilidad de que sea la contestación «lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo».
Ahora estas siete posibles contestaciones no quiere decir que serían siete bits, sino que los bits, es decir para medir la información es un proceso más complejo y más complicado que en este curso no hemos estudiado.

Los desajustes entre situación y uso son evidentes. La conexión interenunciativa (lo que pasa es que, bueno mejor dicho, entonces, es decir), los anacolutos, los cortes en lo comunicado, las reelaboraciones, los añadidos explicativos, la redundancia, el orden de las palabras…, son indicadores de un tono informal que no se corresponde con la formalidad que la situación requeriría.

  1. Registro y tipo de discurso
Las modalidades de uso y los grados de influencia de éstas  en lo escrito  o en lo oral están en relación también  con el tipo, género o subgénero de discurso y las características o rasgos definidores de éstos (dialogal, alternancia de turnos, cooperación, dinamismo, inmediatez comunicativa, etc.).[13]

Así, por ejemplo, el prototipo discursivo de lo oral (coloquial) es la «conversación (cotidiana)» y  ésta se caracteriza, como estudiaremos más adelante, por tratarse de una interlocución en presencia, inmediata, con toma de turno no predeterminada, dinámica y cooperativa (no planificada, informal, con fin interpersonal), etc. Muy cercana al prototipo se encuentra la «conversación telefónica», y se van alejando de éste, de acuerdo a la ausencia de tales parámetros comunicativos y a la mayor presencia de otros, la tertulia, el debate, la «entrevista»,[14]  la «mesa redonda», la «consulta médica», el «juicio oral», la «conferencia», etc., tipos todos éstos en el ámbito ya de lo oral formal.

Del mismo modo, los «textos legales» pueden constituir un ejemplo prototípico de lo  escrito formal; lejos de éstos se encuentran los «artículos de opinión», y en la periferia, las ya mencionadas «cartas familiares», propias ya de lo escrito coloquial.

Aunque los parámetros, por separado, permiten diferenciar escalas de registros y tipos de discursos, de hecho, todos actúan de forma simultánea. Ello explica, por ejemplo, que algunos tipos de discurso, alejados en teoría del prototipo, se acerquen en ocasiones a éste.  Así el marco discursivo familiar, la cotidianidad, el saber compartido, pueden llegar a aproximar un «debate» (+ planificado, con reparto previo de papeles, control de turnos por parte del moderador…, por tanto, con rasgos de lo  formal escrito) a una «conversación» (coloquial), que es la manifestación oral más auténtica; e incluso una «conferencia» o un «telediario» (con una impronta de lo escrito formal: ‘se lee lo que está escrito o sobreimpresionado’; con cambio  o  transferencia de canal y, así pues, con el rasgo [+fónico - gráfico]) puede convertirse, de acuerdo, por ejemplo, al propósito, destinatario, etc., en una «charla informal».[15]  Y, del mismo modo, una carta familiar de una persona poco cultivada, incluida, según hemos apuntado antes, como ejemplo de lo coloquial escrito, estará más cerca de lo coloquial oral que otra escrita por alguien de estrato culto y dirigida al director de un periódico.

Se comprueba de este modo la interrelación entre parámetros y tipos de discurso. En virtud de aquéllos, éstos se disponen en una especie de escala discursiva,  lugares, junto al prototipo, cercanos, lejanos o remotos, donde además quedan reflejados los distintos grados de influencia de lo oral sobre lo escrito y de lo escrito sobre lo oral antes mencionados.

Ahora bien, en la indagación sobre tales modalidades conviene mantener separadas, como ya indicaba A. Narbona (1989: 150-51), la descripción del uso oral coloquial/formal y la de sus manifestaciones y, sobre todo, imitaciones en el texto escrito.


Notas:


[1] Sobre estas diferencias, carencias y deficiencias, por un lado, de lo oral (fónico) respecto a lo escrito (gráfico) y, por otro, de lo escrito respecto a lo oral, insisten J. Bustos (1995 y 1996: esp. 361-69) y H.-M. Gauger (1996: esp. 355-57).
[2] Para el estudio de la cuestión, véanse, entre otros, los trabajos de E. Ochs (1979), W. L. Chafe (1982), D. Tannen (ed.) (1982), D. Biber (1988), V. Lamíquiz (1989), J. Bustos (1995, 1996 y 1997), A. Narbona (1995 y 1996a y 1997), J. Polo (1995) y A. Briz (1996a), A. Briz, M. J. Cuenca y E. Serra (eds.) (1997). En concreto, P. Koch y W. Oesterreicher (1990: 8-10) insisten en la necesidad de diferenciar entre el medio: fónico y gráfico y la concepción, dentro de la cual es posible distinguir los extremos ‘lo hablado’ y ‘lo escrito’ en términos de inmediatez comunicativa y distancia comunicativa, respectivamente, y un continuo gradual que representaría la gama de influencias, en este sentido concepcional, de ‘lo hablado’ en ‘lo escrito’ y de ‘lo escrito’ en ‘lo hablado’ (véase también el desarrollo de estas cuestiones en Oesterreicher, 1994: 155-56, y 1996: 318).
[3] Para un estudio de la influencia de lo oral (coloquial) en textos del pasado, véanse J. Bustos (1995: 20-25), R. Cano (1994: 580 y ss., y 1996), N. Vila Rubio (1989 y 1990), A. M. Postigo (1996), A. García Valle (1996), J. Satorre (1997), E. Rojas (1997), entre otros.
[4] Hecho diferente a la creciente coloquialización de cierta literatura y algunos medios de comunicación (comp. los «gazapos» de oralidad en 5). Son de gran interés los estudios de E. Rojas y E. Cohen (1991) y E. Rojas (1996) sobre la influencia de lo oral en la prensa argentina. Se subraya el interés del escrito periodístico en aproximar su lenguaje al de la modalidad oral.
[5]  Comp. con el planteamiento de W. Oesterreicher (1996) sobre la tipología de ‘lo hablado en lo escrito’.
[6] Algunos criterios para definir los registros, se encuentran en Halliday, McIntosh y Strevens (1964), Halliday (1974) y Gregory Carroll (1978).
[7]  Estamos de acuerdo con A. Narbona (1997: §2) en que pueden llegar a reconocerse otras realizaciones intermedias.
[8]  Concretamente, T. De Mauro (1970) establecía también cuatro grados en la variedad de uso: parlato parlato, parlato scritto, scritto parlato y scritto scritto. W. L. Chafe (1982) distinguía entre spoken vs. written e informal vs. formal.
[9] W. Oesterreicher (1994) estudia los rasgos de  oralidad concepcional (marcada por el lenguaje de la inmediatez, lo que podría corresponderse con lo que hemos llamado realización coloquial) en textos escritos por semicultos. Se trata de textos que difieren de las normas discursivas y su lenguaje se acerca, así pues, a la lengua hablada en ciertos aspectos no sólo lingüísticos (sintácticos, semánticos y pragmáticos), sino también en cuanto al modo y estructura textual. Y asimismo describe en éstos los reflejos variacionistas.
[10]  En relación con estas cuestiones, véanse los trabajos de E. Ridruejo (1992) y H.-M. Gauger (1996). Este último autor afirma: «No se puede –sencillamente no se puede– escribir como se habla. El precepto […] es una mera metáfora: lo hablado como modelo –inalcanzable– de lo escrito. Lo que se puede hacer, en efecto, es imitar lo hablado con los instrumentos específicos de la escritura» (p. 357).
[11]  Véase el estudio de la oralidad entendida como técnica del discurso narrativo, en Bustos (1996); como táctica o técnica de prensa, en Rojas (1996). Una descripción de lo coloquial en textos escritos, sobre todo, literarios, en Seco (1973), Lasaletta (1974). Hernando Cuadrado (1988), Narbona (1992 y 1993), Sanmartín (1995a), Padilla (1996), Briz (1996a); puede ser de gran utilidad la recopilación de textos de F. González Ollé (1967).
[12] Son esas tácticas de uso de lo coloquial en lo formal (oral o escrito) a que nos referíamos antes. Algunos debates (con impronta de lo escrito)  han adquirido actualmente un tono coloquial y, al contrario, puede pensarse en la imitación del tono formal en algunos comentaristas deportivos. Claro que, quizás, más que de imitaciones haya que hablar en algunos casos de desajustes o no acomodaciones del uso a la situación.
[13] Así es puesto de manifiesto también por W. Oesterreicher (1996: 319).
[14]  El estudio de estos tipos de textos orales puede realizarse a partir del comentario lingüístico de L. Cortés y A. Bañón (1997a  y  1997b).
[15] Aunque parece exagerada la citada conversión de un telediario en una charla informal, ha de recordarse el cambio de estilo en algunos de éstos y, sobre todo, de ciertos locutores.


(*) Texto tomado del primer capítulo del libro de Briz Gómez, Antonio (1998). El español coloquial en la conversación. Esbozo de pragmagramática. 1era edición. Barcelona, España. Editorial Ariel. (págs. 19-33).



Teun van Dijk, Antonio Briz y Daniel Cassany en 2010.


Primera edición de 1998.