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lunes, 31 de diciembre de 2012

Etimología de las pasiones. Ivonne Bordelois

Etimología de las pasiones (*)

Por 
Ivonne Bordelois





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ENTRADA EN LA MATERIA



EL LENGUAJE: ¿UN NUEVO ORÁCULO?


La única libertad posible se realiza a través del
conocimiento de las propias pasiones.

SPINOZA


Cáncer de la razón para Kant y enfermedades del alma para Platón: ésas son las pasiones en la filosofía occidental. Pero «nada importante se realiza en la historia sin pasión», dice Hegel, y Balzac coincide: «La pasión es universal. Sin ella, la religión, la historia, el arte, la novela no existirían». En nuestra vida personal, los grandes virajes y los acontecimientos más decisivos también están signados por esa fuerza de intensidad abrumadora que puede conducirnos tanto a la felicidad como a la ruina. Y así el mito, la religión, la ciencia, la historia, el psicoanálisis son a menudo interpelados como referentes fundamentales para nuestro saber acerca del origen y la naturaleza de las pasiones.

En este texto hemos tratado de enfrentarnos con un interlocutor que acaso pueda dar una de las respuestas más profundas e inesperadas a esa pregunta inagotable acerca de la pasión: el lenguaje. En el alba del acontecer humano, a partir de su encuentro con el fuego, el hombre va profiriendo los vocablos que se refieren a su sentir primordial, grabando las poderosas huellas de un conocimiento asombrado y asombroso acerca de su propia experiencia. Desde la inmediatez de su propio cuerpo va erigiendo el mundo todavía indiferenciado de los sentidos, sentimientos, pasiones y pensamientos, entrelazados a través de vías misteriosas, que se relacionan entre sí.

Esta poderosa relación sigue reverberando a través de palabras  que repican en lenguas lejanamente emparentadas como campanas  de catedrales sumergidas, llamándose unas a otras. Quien dice kupet en letón refiriéndose al humo o el vapor está aludiendo lejanamente, sin saberlo, al hervor de la concupiscencia y la codicia, descendientes pasionales de la misma  raíz indoeuropea, *kwep, de la que también se desprende Cupido, el niño-amor –tan peligroso como inocente–.

Con el correr del tiempo se desgajan y distinguen las nociones, se analizan en fragmentos los movimientos interiores que antes eran un solo impulso: pasan a ser metáforas en la conciencia del hombre moderno aquellas que eran realidades manifiestas para el hombre anterior. La misma  palabra  palabra  significa originariamente parábola, recorrido de un objeto que se arroja desde el sí  mismo hacia un punto en el espacio –es decir, el trayecto mental que va desde una cierta vivencia hacia su imagen verbal–. Cuando decimos amor no sospechamos la referencia básica al amamantamiento que encierra la palabra en sus orígenes; cuando decimos  envidia soslayamos la referencia al ojo maligno que tiene el término  en sus comienzos ancestrales. Quienes remontamos el curso de la palabra en la historia asistimos a una suerte de teatro de sombras que de pronto se animan y transmiten oráculos olvidados pero extraordinariamente vivientes. Están cargados de reminiscencias pero también de advertencias y adivinaciones; son pasados y futuros al mismo tiempo, como lo es el lenguaje desde su eterno presente.

Escribir este libro que nos ha sido, de algún modo, dictado desde nuestra escucha al lenguaje mismo ha constituido para nosotros una fuente de deslumbramiento y de permanente asombro. Asombro ante una enseñanza  milenaria y desatendida, fresca y misteriosa, accesible y remota al mismo tiempo. Los etimólogos están demasiado enfrascados  en sus búsquedas formales para percibir la enormidad del material que manejan; los filósofos y los psicólogos, demasiado inmersos en sus propias teorías para escuchar al habla que habla, según Heidegger. No sólo habla: relata, adivina y predice –si se sabe escucharla–.

Ésta es entonces una invitación para que asistamos a esa vida escondida de las palabras  que nos están hablando desde lejos, encontrando sólo la resistencia  de los que no desean escucharlas. Ojalá que a través de este texto el lector pueda hacer suyo este viaje por el laberinto del lenguaje, en el centro del cual acaso no habite el Minotauro, sino nuestro propio y oculto corazón.


LA ETIMOLOGÍA COMO NUEVA HERMENÉUTICA

Desde la perspectiva que se nos ha aparecido  a lo largo de este trabajo, la etimología  puede ser considerada como una suerte de arqueología de la sabiduría colectiva, sumergida en la lengua. El viaje de rescate etimológico, en efecto, puede compararse a una exploración que se orienta a encontrar joyas escondidas entre ruinas. Está guiado e iluminado por la contemplación de la invencible fuerza del lenguaje atravesando las catástrofes de las civilizaciones destruidas y preservando la memoria de aquellas consonantes seminales que esparcieron las primeras metáforas de la historia humana.

La escucha del lenguaje significa entender y aceptar –por muy misterioso que esto nos resulte–que antes de hablar entre nosotros, y como condición esencial para poder hablar entre nosotros y con nosotros mismos, nos comunicamos y nos sentimos comunicados con el lenguaje, que es el don más alto y profundo que se nos ha dado como especie. Walter Benjamin lo dice perentoriamente: «La respuesta a la pregunta ¿qué comunica la lengua? es, por lo tanto: la lengua se comunica a sí misma». Vivimos interrelacionados por un campo común que nos reúne: el lenguaje es el símbolo más poderoso que emana de él y que nos conforma como cultura, pueblo, multitud o comunidad unida por la amistad. De ese lenguaje que hablamos colectivamente se apropia el individuo modificándolo en la medida de su creatividad: unos lo hacen imperceptiblemente, otros, grandes genios verbales, producen grandes transformaciones; pero, cualquiera sea el caso, es imposible hablar un lenguaje sin modificarlo, ya  que todos sus hablantes acarrean una característica irrepetible: el estilo es el hombre. Porque el lenguaje, como  la impresión digital, como el genoma de cada una de nuestras células, es distinto en cada ser humano. Las lenguas no evolucionaron ni se crearon a saltos milagrosos: fueron resultados de cambios imperceptibles introducidos por imperceptibles seres humanos –aun analfabetos–.

Un grupo humano que tiene un lenguaje común  es una entidad real que constituye un «campo», que tiene un cuerpo y un alma; su cuerpo es la cultura «material» común; su alama, su psiquismo colectivo, está plasmada en el lenguaje común. El lenguaje, que trasciende a los individuos, no tiene existencia autónoma, no flota en el aire: está encarnado en una comunidad, que también trasciende a los individuos. La conciencia plena de estar insertos en el lenguaje como una entidad que nos unifica y trasciende no en vano decía Merleau-Ponty que, antes que un objeto, el lenguaje es un ser y la contemplación del lenguaje desde esa perspectiva produce  una transformación  notable en nosotros. Pero este cambio es imposible de lograr cuando las palabras  son «usadas» exclusivamente en provecho  de nuestra información o comunicación, explotadas al servicio de nuestras necesidades, sin tener en cuenta el misterio y la historia que residen  en cada una de ellas. Por algo dice Benjamin que la primera  caída consiste en considerar  la palabra meramente como un medio o instrumento de comunicación.

La etimología, que es una forma de escucha del lenguaje en sus inicios y evolución, es una ciencia interpretativa que exhibe  varios modelos  metodológicos. Aun cuando en el siglo XIX adquiere el sesgo positivista propio  de la época, sus posibilidades actuales –y éstas son las que nos interesan– la hacen  confluir con los intereses de la semiología contemporánea: exploración y hermenéutica de un saber profundo, muchas veces olvidado, encerrado y enterrado en el lenguaje.

Podríamos decir que así como el psicoanálisis indaga los conflictos del paciente a través de un retorno inducido al paisaje y la historia de la infancia, sepultados en el inconsciente, el lenguaje y en particular las palabras tienen un origen que el olvido –esta vez, el olvido colectivo– reprime.  Se trata de un origen que para ciertas palabras que expresan nociones fundamentales conviene revelar, si queremos superar bloqueos individuales y sociales en el orden del conocimiento, de la comunicación y de nuestra relación, como individuos y comunidades hablantes, con nuestra evolución como seres humanos, con nuestro pasado histórico específico y con los avatares de nuestra propia experiencia personal.

Si pensáramos en términos terapéuticos, no se trata sólo de curar mediante la palabra, como lo propone el psicoanálisis, sino de curar la palabra misma con que tratamos de curar, es decir cuidarla, examinar sus repliegues y sus trampas, sus ambivalencias, sus significaciones ocultas en el tiempo. Naturalmente, no pretendemos reconstruir esencias a través de un camino sustancialista. Antes bien, la idea es averiguar si el saber del que emanaron en un primer estadio los términos de la pasión guarda algún mensaje viviente y desconocido para nosotros, y  examinar, al mismo tiempo, cuáles fueron las circunstancias –históricas, sociales, epistemológicas– que han nublado para nosotros ese conocimiento.

Comprobamos así que muchas palabras tienen en su comienzo significados ocultos y a veces contradictorios con sus significaciones sociales actuales. Pero seamos claros: el estudio etimológico no es un camino hacia el pasado, un retroceso. No se trata de recuperación sino de reinterpretación. Es el descubrimiento del sentido de las raíces que persisten transformadas en las palabras de ahora. Es el descubrimiento de lo que está oculto, de lo que somos y no sabíamos. Las raíces de las palabras no están atrás, en el pasado: están en lo profundo del aquí y el ahora. Si las palabras hubieran dejado sus raíces en el pasado, se habrían secado, habrían muerto. La etimología, que consiste en rastrear las raíces, significa desenterrarlas, exponerlas al aire. Y esa operación debe hacerse con sumo cuidado: como pasa con las plantas, el shock que pueden sufrir al quedar expuestas inapropiadamente puede ser fatal.

Actualmente, por ejemplo, nos negamos a advertir que detrás de la rutina semanal del  viernes se esconde nada menos que el insondable rostro de  Venus la hermosísima, también presente y subterránea bajo las enfermedades venéreas y el  veneno, primer nombre del filtro de amor: de allí el simbolismo erótico de la serpiente. De igual modo, nos negamos a ver el parentesco entre febrero y  fiebre; octubre, noviembre y  diciembre están disociados del  ocho, el  nueve y el  diez  con que culminan en el calendario romano. Un poderoso tabú nos impide reconocer que la palabra parientes significa literalmente  los que están pariendo. La semilla  que plantamos tiene que ver con el  semental, así como el semen  tiene que ver con la semántica: a través de la metáfora de lo germinal, la lengua relaciona lo vegetal, lo animal, lo biológico y lo epistemológico, en un solo eje de equivalencias que en general se nos escapan. El entramado que reúne todas estas asociaciones es arcaico, pero la etimología nos permite una lectura que actualiza sus significados y les da un nuevo sentido.

Y los pasajes o deslizamientos que los significados sufren nos hablan de una dinámica, a veces progresiva y a veces represiva, cuya interpretación arroja luces sorprendentes sobre aquello que hemos decidido colectivamente olvidar, ignorar o volver a recordar, y que atañe muchas veces a lo más profundo o lo más intenso de nuestras vidas.  Dicho de otro modo, la pregunta relevante sería:  ¿qué ha ocurrido, desde el primer significado, en el camino  del olvido y en el de las transformaciones? Los poetas  muchas veces intuyen,  desde el cuerpo sonoro mismo de una palabra, sus posibles irradiaciones hacia las raíces primitivas.  Con ellos, como ellos,  la etimología puede imaginar  al lenguaje como una suerte de  phylum cuya  presencia total resulta recobrable a través de las investigaciones y de aquella razón apasionada  de la que hablaba Spinoza.

Escribimos con la cautela propia de los exploradores, sabiendo que a veces  nuestras afirmaciones podrán resultar chocantes a helenistas, romanistas, filólogos o psicoanalistas cuyos dominios estamos invadiendo con eventuales incursiones heterodoxas: esperamos que nos corrijan y trasciendan en sus disensiones.  Escribimos a contracorriente, sabiendo que la noción de origen se ha vuelto sospechosa en una cultura que se quiere fragmentaria y ajena a la idea de proceso o de progreso. Pero, aunque lo que escribimos puede causar desconcierto, nos dirigimos a aquellos que estén preparados a la apertura de nuevas puertas, en particular, aquellas que nos comunican  más profundamente con la conciencia de nuestro propio lenguaje. Escribimos también  a la sombra formidable  del  lenguaje, confiando en su sabiduría y su fuerza, que es también la del género humano y la del vasto grupo lingüístico al que pertenecemos. Nuestros posibles errores de interpretación no pueden alterar el propósito de estas páginas, que quieren comenzar a interrogar, de una nueva manera, una fuente inagotable de conocimiento y de sorpresas, y dejar el paso abierto a quienes quieran proseguir este camino, que por su riqueza y vastedad nunca nos ha de defraudar.


UN POCO DE HISTORIA

Llamáis lenguas muertas al lenguaje de los griegos y de los latinos.
Pero de ellas se origina lo que es las vuestras pervive.

SCHILLER

A principios del siglo XX, el creador de la lingüística contemporánea, un suizo modesto y genial llamado Ferdinand de Saussure, dijo que el lenguaje es un sistema posible  porque sus estructuras funcionan inconscientemente. Es decir, tal es la complejidad de las operaciones  que nuestro cerebro debe computar antes de que llegue a producirse la frase más simple, que no es posible imaginar que estos mecanismos puedan aprenderse o apropiarse mediante un proceso consciente.  Miríadas de movimientos neuronales y de mecanismos psicofísicos son necesarios para pronunciar o interpretar la más sencilla frase: misterio al que nos acostumbramos pero que no deja de ser impenetrable.

Como lo señala George Steiner, al final de su vida, Thomas Huxley,  el mayor defensor de Darwin, escribió en  sus diarios: «Sé  que no hemos comprendido nada del lenguaje». Tras el triunfo de la teoría darwiniana de la evolución, y luego de una vida consagrada a celebrarla, Huxley, al que apodaban el mastín de Darwin, tuvo la lucidez y la honestidad de advertir que todo ello no había aportado nada al conocimiento   del origen de la lengua.  El lenguaje escapa a cualquier modelo de evolución genética molecular, es su padre y su madre al mismo tiempo. Es ésta una estimulante humillación: el hombre –ese animal de la palabra, como lo definiría Aristóteles; ese sonido de pie, como lo llaman los guaraníes– no sabe cómo la palabra ha venido a insertarse en su realidad; la palabra, que nos distingue como especie, permanece todavía inaccesible para nosotros en su origen.

Pero, si bien no podemos captar en su decurso biológico la misteriosa instalación del lenguaje en nuestro desarrollo como seres humanos, sí podemos preguntarnos y contestarnos por el origen y la suerte de las palabras específicas que han decidido muchas veces el curso de nuestra vida.

La noción del indoeuropeo a la cual recurrimos en este trabajo nace a fines del siglo XVIII y principios del XIX, cuando comienzan a plantearse, con Darwin, los problemas relacionados con la evolución de la especie. William Jones, el orientalista y jurista inglés del siglo XVIII, que fue educado en Oxford y vivió en Calcuta, estableció la hipótesis del indoeuropeo fundándose en correspondencias de palabras del léxico básico, como las que designan las nociones de parentesco. Jones tuvo la intuición de que las coincidencias que advertía entre el sánscrito, el griego, el latín y otras lenguas occidentales no podían ser  fortuitas: así nace una estrella que brillará muy alto en el horizonte del saber humano. Por ejemplo, la palabra que significa hermano era en sánscrito bhratar, en gótico brothar, en griego phrater, en latín frater. Estas coincidencias no podían ser casuales: apelaban a un origen común, a un lenguaje hipotético del que no quedan fuentes escritas,  y que se llamó, por su posible ubicación geográfica, el indoeuropeo.

Hace más de seis mil años, este protolenguaje –según una hipótesis plausible–  se desarrolló al este de Anatolia, hoy Turquía. Fue extendiéndose y ramificándose a través de sucesivas migraciones hacia oriente, hasta la India e Irán, y hacia occidente, hasta todos los rincones de Europa: nuestras lenguas europeas –salvo el vasco, el finlandés y el húngaro– derivan de esta rama occidental.

Nuestros orígenes lingüísticos, por lo tanto, serían asiáticos, como son asiáticas, también, las lenguas semíticas. El danés Rasmus Christian Rask y el alemán Franz Bopp establecieron la gramática comparativa, por medio del acercamiento del persa, el sánscrito, el altogermánico, el latín y el griego. Del indoeuropeo así reconstituido  puede calcularse un léxico de cerca de dos mil palabras. Más tarde, los etimólogos del norte de Europa (ante todo, alemanes y daneses en un comienzo) consiguen aislar un número relevante de raíces fundamentales confluyentes, de tal modo que la hipótesis de un tronco común de todas ellas se vuelve una ecuación explicativa obligatoria, confirmando la intuición y los trabajos iniciales de Jones.  Se trata de un descubrimiento en cierto modo comparable a la formulación biológica del ADN; pero lo que aquí estamos reconstituyendo es el código cultural de un grupo humano del cual descendemos, el grupo que somos.

Estrictamente hablando, el  etimon significa, antes que la esencia, el sentido literal de un vocablo, sentido que luego adoptaron los gramáticos para trazar la historia de un término. La etimología nos brinda el punto de partida, muchas veces sorprendente, sobre  el cual se edifican los sucesivos sentidos de una palabra fundamental. A partir de esta base, la lexicología, la filología, la historia, la literatura y la filosofía nos van proporcionando los materiales que atestiguan y explican los cambios de significados e interpretaciones con que hoy comprendemos y empleamos los términos relativos a los trabajos más profundos de nuestra psiquis.
Es preciso advertir que en este texto no sólo nos remontaremos a las raíces de las palabras que estudiamos, sino que también  queremos apelar, cuando la ocasión y la claridad lo requieran, a la comparación entre diversas lenguas, para sacar a luz las diferentes connotaciones que una misma palabra original puede alcanzar en ellas; también investigaremos el contenido de las metáforas que surgen en las lenguas particulares a partir de una raíz determinada. Para totalizar nuestras investigaciones serían necesarios conocimientos más extensos que aquellos con los que contamos; por ejemplo,  una mayor familiaridad con las lenguas semíticas. En particular, el hebreo, al que nos referiremos en algunas ocasiones, resulta una lengua fundamental, porque para los indoeuropeístas el hebreo ocupó un lugar central, ya que la cultura griega y la religión judeocristiana eran  en su opinión el núcleo originador de la cultura europea. Además, hoy día se hipotetiza que las lenguas indoeuropeas y las semíticas forman parte de una superfamilia, antes denominada nostrático y ahora preferentemente familia afroasiática. Pero nos encontramos en el estadio inicial, evidentemente preteórico, de nuestra tarea, y confiamos en que nuestro campo se irá reforzando en el futuro con la colaboración de los estudiosos interesados en estos desarrollos.

No desdeñaremos, por cierto, la compañía de quienes nos preceden como buceadores en el significado y origen de las palabras, y convocaremos a Platón o a Aristóteles, a Freud o a Benjamin, a Spinoza o a Kant, y a otros poetas o filósofos, cuando su mirada nos resulte necesaria para entender la evolución de un determinado significado. Pero queda claro que el oráculo central que estamos interrogando no es un canon, ni mucho menos el miembro de un canon establecido, sino una fuente inextinguible e inexpugnable, el lenguaje mismo, que tantos se precian en interpretar y dicen reverenciar sin haberlo jamás escuchado humildemente, profundamente, en la sucesión de las olas contradictorias e intensísimas que acarrean, decantada, una sabiduría de milenios.

Este interlocutor primordial proviene de una misteriosa floración inconsciente y colectiva, como la definía Saussure, tan ajena a las ideologías como a las filosofías, y semeja una vasta esfinge que yace tendida hace siglos esperando una interrogación orientada a la sabiduría profunda y riquísima encerrada en múltiples estratos de experiencia, tanteos de reflexión, buceos expresivos del grupo humano emergiendo a la conciencia. Estas reflexiones apuntan a desbrozar el terreno e indicar los primeros senderos de esa interrogación, senderos necesariamente aventurados pero también, a nuestro juicio, tan necesarios como deslumbrantes.

Es verdad que no cabe apelar al lenguaje sin mediaciones tales como los diccionarios clásicos, como lo haremos, y sin convocar la paciente búsqueda  filológica que nos precede desde hace siglos. En la exploración de las misteriosas galerías en la que nos aventuramos, habrá pistas falsas, equivocaciones y derrumbamientos como los que siempre ocurren  cuando se avanza en territorio desconocido. Se desprenderán muchos terrones de polvo de aquellos que interrumpen, obstruyen y empañan el camino: pero esto no debilita nuestra certeza de que al fondo  se encuentra el oro  puro y vibrante de la densísima experiencia lingüística de los orígenes. Acaso estemos abriendo, sigilosamente, una puerta por la cual pasará una nueva visión  del lenguaje, una nueva comunicación de nosotros mismos con él.  De un modo semejante a lo que dice Lou Andreas-Salomé acerca de los ricos territorios desconocidos sobre los que avanza el psicoanálisis,  acaso podamos experimentar «esta radiante sensación de un ensanchamiento de la vida a través del tacto, del contacto con las raíces por las cuales ella se sumerge en la totalidad».


(*) Texto tomado de Bordelois, Ivonne (2008). Etimología de las pasiones. 1 era edición. Caracas, Venezuela. Monte Ávila Editores Latinoamericana. Colección Milenio Libre.  130 págs.



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