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sábado, 18 de diciembre de 2010

Jorge Larrosa. Aprender de oído.

La relación con el texto La experiencia de la lectura de Jorge Larrosa, me ha cautivado y provocado muchas preguntas e inquietudes, por lo cual me he dedicado a buscar en la web los libros, conferencias, artículos, ponencias, vídeos, etc., del profesor Larrosa a efectos de ampliar el conocimiento de su propuesta, la cual es abarcante y amplia, pues relaciona y fusiona, en todo momento, la experiencia y la formación con la literatura, la educación, el viaje, el lenguaje y el pensamiento -y por supuesto- con las tres acciones mediante las cuales se ejercen los anteriores -leer, escribir, estudiar.

Acá les dejamos uno de los muchos textos que de este pensador se pueden descargar de internet.




Aprender de oído

Jorge Larrosa
Profesor de Pedagogía. Universitat de Barcelona

Intervención en el ciclo de debates Liquidación por derribo: leer, escribir y pensar en la Universidad,
organizado por La Central en Barcelona durante abril de 2008.

Desde la primera de las intervenciones en estos debates se ha ido oyendo una cierta reivindicación del aula como lugar de encuentro, no sólo de los saberes, sino también de los cuerpos y de los lenguajes, una cierta reivindicación, digamos, del ir a clase como ese ir a un lugar donde los saberes se presentan, se hacen presentes, y donde los lenguajes se encarnan, toman cuerpo. Y se ha ido oyendo también una cierta reivindicación del discurso, de la palabra, del “qué” de la transmisión, frente al privilegio del “cómo”, del método, de los procedimientos. Quizá una de las características de la universidad que viene sea la disolución
del aula (el final del ir a clase de cuerpo presente) y la subordinación de qué de la transmisión al método la misma (la demolición del logos). El título de mi contribución tiene que ver también con el aula, con el lenguaje y con el cuerpo. De hecho está tomado de un fragmento de María Zambrano, concretamente de Claros del bosque, donde se habla de las aulas como “lugares de la voz donde se va a aprender de oído”[1]. Un fragmento muy hermoso sobre la palabra que se oye, que se escucha, y que termina diciendo que los buenos estudiantes no van a las aulas a preguntar, y mucho menos a responder, sino a escuchar. Y voy a tomar ese motivo zambraniano como pretexto para someter a vuestra consideración de qué manera hay un aprender que se confunde con el escuchar, y hasta qué punto la universidad que viene no supone una cierta cancelación de la voz y un cierto final de la escucha, si la universidad que viene no implica, en definitiva, la imposibilidad de aprender de oído.

No voy a hablar estrictamente de la clase magistral, aunque desde luego me molesta que los manuales pretendidamente “progres” de metodología de la docencia universitaria la hayan demonizado insistiendo una y otra vez en tópicos como la pasividad de los estudiantes, el aburrimiento, la esterilidad del saber memorístico o, incluso, aquello de que los estudiantes no son capaces de atender durante más de veinte minutos seguidos o que no pueden aguantar durante una hora y media quietos y en silencio. En un documento elaborado por
el equipo de asesores del plan piloto de la Facultad de Letras de la Universidad de Girona se dice que la palabra favorita en los cursillos del ICE local para referirse a la clase magistral es “vomitar”. La clase magistral es el lugar donde los profesores “vomitan” lo que está escrito en los libros [2]. Y a mí, qué quieren
que les diga, me molesta que se diga o que se piense que eso que sale por la boca del profesor no sean palabras sino vómitos.

Pero en fin, no voy a hablarles de la clase magistral, sino de la voz, del aula como lugar de la voz. Y la voz, para decirlo brevemente, no es otra cosa que la marca de la subjetividad en el lenguaje. En el último debate, Violeta Núñez citaba a Benjamin para decirnos que, para que haya transmisión, el lenguaje debe llevar la marca del que transmite; que, en la transmisión, la lengua está ligada a la experiencia del que habla y a la experiencia del que escucha, a los avatares, en suma, de los sujetos. Y la voz es esa marca, esa experiencia, esos avatares que hacen que los que hablan y los que escuchan, los que dan y los que reciben, sean unos sujetos concretos, singulares y finitos, de carne y hueso, y no sólo máquinas comunicativas (emisores y receptores de significados) o máquinas cognitivas (codificadores y decodificadores de información).

La voz, entonces, sería como la cara sensible de la lengua, esa que hace que la lengua no sea solamente inteligible, que no esté toda ella del lado del significado, que no sea solamente un instrumento eficaz y transparente de comunicación, que no sea sólo una voz mecánica, sin nadie dentro, que dice cosas como “su tabaco, gracias”, o “ha escogido usted gasolina súper”, o “por razones de seguridad esta conversación está siendo gravada”. En relación a esa reducción del lenguaje a instrumento de comunicación, José Luis Pardo
habla de que “hay un intento en marcha para librar al lenguaje de su incómodo espesor, un intento de borrar de las palabras todo sabor y toda resonancia, el intento de imponer por la violencia un lenguaje liso, sin manchas, sin sombras, sin arrugas, sin cuerpo, la lengua de los deslenguados, una lengua sin otro en la que nadie se escuche a sí mismo cuando habla, una lengua despoblada” [3]. La voz sería entonces algo así como el sabor y la resonancia de la lengua, sus arrugas, sus manchas, sus sombras, su cuerpo.

No estoy hablando de la clase magistral, ni siquiera, estrictamente, de la oralidad, sino de ese componente subjetivo de la lengua que aquí estoy llamando “voz” y que se encuentra también, sin duda, en la escritura. Hay escritura con voz, de la misma manera que hay clases magistrales sin voz. Peter Handke, hablando del cansancio en las aulas, lo dice de un modo ejemplar:

“Nunca más he vuelto a encontrarme con hombres menos poseídos por lo que llevaban entre manos que aquellos catedráticos y profesores de Universidad; cualquier empleado de banco, sí, cualquiera, contando los billetes, unos billetes que además no eran suyos, cualquier obrero que estuviera asfaltando una calle, en el espacio caliente que había entre el sol, arriba, y el hervor del alquitrán, abajo, daban la impresión de estar más en lo que hacían. Parecían dignatarios llenos de serrín a quienes ni la admiración (…), ni el entusiasmo, ni el afecto, ni actitud interrogativa alguna, ni la veneración, ni la ira, ni la indignación, ni la conciencia de estar ignorando algo les hacía jamás temblar la voz, que más bien se limitaban a ir soltando una cantinela, a ir cumpliendo con distintos expedientes, a ir escandiendo frases en el tono de alguien que está anticipando un
examen (…) mientras fuera, delante de las ventanas, se veían tonos verdes y azules, y luego oscurecía: hasta que el cansancio del oyente, de un modo repentino, se convertía en desgana, y la desgana en hostilidad” [4].

Al sujeto, al que habla, al que está presente en lo que dice, le tiembla la voz. Y ese temblor tiene que ver con la relación que cada uno tiene con el texto: con la admiración, con el entusiasmo, con el afecto, con la actitud interrogativa, con la veneración, con la ira, con la indignación, con la conciencia de que es mucho más, y mucho más importante, lo que no sabemos que lo que sabemos.

Como dijo Antoni Marí la semana pasada, yo tampoco sé lo que es la Universidad, ni mucho menos lo que debería ser. Pero hace unos cuantos años que habito uno de sus rincones tratando de prestar atención a lo que pasa y a lo que me pasa. Y lo que pasa, al menos en el rincón de la Universidad en el que yo habito, en la Facultad de Pedagogía, es que se está imponiendo una concepción puramente comunicativa o informativa del lenguaje. Un lenguaje neutro y neutralizado, que no siente nada y que no hace sentir nada, es decir, anestésico y anestesiado, al que no le pasa nada, es decir apático, un lenguaje sin tono o con un solo tono, es decir, átono o monótono, un lenguaje despoblado, sin nadie dentro, una lengua de nadie que tampoco va dirigida a nadie, un lenguaje sin voz, literalmente afónico, una lengua sin sujeto que sólo puede ser la lengua
de los que no tienen lengua. Lo que percibo, queridos amigos y amigas, es el triunfo de los deslenguados. Unos deslenguados que han estado siempre, y que siempre estarán, pero que ahora se arrogan el derecho de decirnos a los demás qué lengua tenemos que usar y cómo debemos usarla.

Un amigo me decía hace tiempo que un aula universitaria es un lugar donde algunas palabras, o algunas ideas, pasan de los papeles arrugados del profesor a los papeles nuevecitos de los alumnos, sin haber pasado ni por el corazón, ni por la cabeza, ni por el cuerpo, ni por el alma, ni del profesor ni de los alumnos. Yo no diría que eso es vomitar. Pero sí que me parece que ahí no se puede aprender de oído porque nadie habla y nadie escucha. Y lo que me llama la atención es que las nuevas metodologías, esas que ya no pasan por el aula, ni por la clase magistral, ni por los apuntes, ni siquiera por el papel, consagran ese aprendizaje sin voz, sin sujeto, en el que escribir y leer tienen que ver, estrictamente, con la información, con el manejo de la información y, como mucho, con la opinión. No hace mucho, en un seminario sobre la lectura, un influyente Catedrático de Pedagogía decía que leer es descodificar y sólo descodificar. A mí lo que me asombra no es que un catedrático diga una barbaridad, que eso es algo que ha pasado toda la vida (las cátedras nunca han protegido de la estupidez, sino más bien al contrario), sino esa mezcla de soberbia e ignorancia con la que los nuevos gestores de la educación están arrasando con todo lo que no comprenden.

Y lo que no podemos hacer, me parece, es entregar nuestra lengua. Y lo más grave no sería que nosotros, los profesores, la entregásemos (de hecho somos seres bastante cobardes, serviles y propensos a todo tipo de genuflexiones, y ya hemos entregado muchas cosas), sino que si nosotros entregamos la lengua, estamos entregando también, al mismo tiempo, la lengua de los alumnos y la posibilidad de que los que vienen tengan, ellos también, una voz propia, una lengua propia, un pensamiento propio, que hablen y que piensen, en definitiva, por cuenta propia, que no deleguen su lengua y su pensamiento. Y a eso sí que no tenemos  derecho.

La reducción del lenguaje a comunicación es lo que hace que las aulas ya no sean lugares de la voz. Las aulas, desde luego, no están silenciosas. La desaparición de la voz es correlativa a la desaparición del silencio. En las aulas se habla cada vez más, se opina cada vez más. Todo el mundo tiene derecho a la
palabra, pero a una palabra cada vez más banal, más neutra, más irresponsable, más vacía. Lo que pasa, lo que yo oigo que pasa, es que la voz está desapareciendo de las aulas y está siendo sustituida por la cháchara constante e ininterrumpida de la información y de la opinión. También se ha dicho aquí que el eslogan está
sustituyendo a la teoría y que la investigación está cada vez más entregada a las agendas políticas, económicas y mediáticas que son, en defi nitiva, las que venden.Lo que se oye en las aulas no es más que la conversación del sentido común. Y cada vez es más difícil sentir que las palabras pesan, que tienen densidad y encarnadura, porque lo que hacen, al menos en ese rincón de la Universidad que yo conozco, es flotar en el vacío. Lo que pasa, lo que yo oigo que pasa, es el progreso acelerado y sin obstáculos de una serie compleja de procedimientos discursivos y regulativos orientados a la demolición del lenguaje, de lo que el lenguaje todavía puede tener de experiencia crítica y compleja del mundo.

Leí una vez un chiste de El Roto en el que un padre le decía a su hijo que no usara tanto la palabra "democracia” porque se le iba a notar que era un fascista. A mí me parece que algo parecido ocurre ahora con la palabra diálogo. Nunca se ha hablado más de diálogo y, sin embargo, el diálogo nunca ha sido tan escaso, tan raro. Como dice Peter Handke, otra vez Peter Handke:

“Es un tiempo en el que en el espacio, en el ‘éter’, sólo se oye el zumbido, el silbido, el atronar de los diálogos. En todos los canales se oye continuamente el estampido de la palabra ‘diálogo’. Según las últimas pesquisas de la investigación dialogal, una disciplina que acaba de tomar carta de naturaleza y que se vanagloria de haber adquirido con gran rapidez una multitud de seguidores, la palabra ‘diálogo’, y no sólo en los medios de comunicación, los sínodos interconfesionales y las síntesis fi losóficas, es en estos momentos más frecuente que ‘soy’, ‘hoy’, ‘vida’ (o ‘muerte’), ‘ojo’ (u ‘oído), ‘montaña’ (o ‘valle’), ‘pan’ (o ‘vino’). Incluso en los paseos de los presidiarios por el patio de la cárcel, con frecuencia ‘diálogo’ sale más veces que, por ejemplo, ‘mierda’, ‘joder’ o ‘el coño de mi madre’; y del mismo modo, en los paseos vigilados de los internados en un manicomio, o de los idiotas, está comprobado que ‘diálogo’ es una palabra por lo menos
diez veces más frecuente que, por ejemplo, ‘hombre de la luna’, ‘manzana’ (o ‘pera’), ‘Dios’ (o ‘Satanás’), ‘miedo’ (o ‘pastillas’). En un continuo diálogo están incluso los tres o cuatro campesinos que aún quedan, separados siempre un día de viaje, o por lo menos se les presenta dialogando sin parar, y dialogando se presenta también a los niños, hasta la última imagen de los libros ilustrados para niños que han pasado el examen de ingreso en la escuela” [5].

Las aulas universitarias también se presentan como un lugar de diálogo ininterrumpido. Y eso sí que parece que gusta a los adalides de los nuevos métodos. Aunque se trata, en muchas ocasiones, de una cháchara de nadie, o de cualquiera, en la que los hablantes o los oyentes son meras maquinitas de preguntar, de opinar, y de responder. Lo que yo oigo, en esos diálogos, no es otra cosa que la socialización en la lengua de los deslenguados, en esa lengua que, según parece, es la más útil para la investigación, para los encuentros
internacionales y, desde luego, queda mucho mejor en los power points y en los debates televisivos.

Además, sabemos que el lenguaje determina el pensamiento y que configura también nuestra experiencia del mundo. Por eso, cuando se imponen ciertos lenguajes, se imponen también ciertos modos de pensamiento (aquellos según los cuales pensar es opinar, o argumentar o, peor aún, cargarse de razón) y ciertas formas de experiencia de lo real. Tengo la sensación de que el aprendizaje de ese lenguaje de nadie, de esa lengua sin voz, es completamente funcional al aprendizaje de ciertas formas de comportamiento. La retórica de la profesionalización, de las competencias, de los procedimientos, construye individuos intercambiables, completamente confundidos con su función, e individuos también constantemente adaptables y readaptables, flexibles que se dice ahora. Por eso el vaciado de la voz es esencial para el vaciado del sujeto y, en definitiva, para que la educación se convierta en un adiestramiento en formas de hacer.

He empezado citando a la Zambrano, y voy a terminar también con ella volviendo a esa cuestión del “temblor de la voz” que ya había aparecido en aquella cita del cansancio en las aulas. En un texto menor, pero muy hermoso, que se llama “La mediación del maestro” María Zambrano se refi ere al instante anterior al empezar a hablar en una clase. El maestro, dice la Zambrano, ocupa su lugar, saca, quizás, algunos libros de la cartera y los pone delante de sí, y justamente ahí, antes de pronunciar palabra, el maestro percibe el silencio y la quietud de la clase, lo que ese silencio y esa quietud tienen de interrogación y de espera, y también de exigencia. En ese momento, el maestro calla un instante y ofrece su presencia antes aún que su palabra. Y ahí María Zambrano dice lo siguiente: “Podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en modo activo. Y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia” [6]. Antes de empezar a hablar, el maestro tiembla. Y ese temblor se deriva de su presencia. De su presencia silenciosa, en ese momento, y de la inminencia de su presencia en lo que va a decir. Eso es seguramente la voz, la presencia en lo que se dice, la presencia de un sujeto que tiembla en lo que dice. Y por eso las aulas son, o han sido a veces, o podrían haber sido, lugares de la voz, porque en ellas los alumnos y los profesores tenían que estar presentes. Tanto en sus palabras como en sus silencios. Quizá, sobre todo, en sus silencios.


Notas


[1] María Zambrano, Claros del bosque. Barcelona. Seix Barral 1977. Pág. 16.

[2] Universitat de Girona. Facultat de Lletres. Noves metodologies, velles ideologies. Reflexions sobre la
docència universitària en el marc de la creació d’un espai europeu d’educació superior. (Mimeo).

[3] José Luis Pardo, “Carne de palabras” en N. Fernández Quesada (Ed.), José Ángel Valente. Anatomía de
la palabra. Valencia. Pre.textos 2000. Pág. 190.

[4] Peter Handke, Ensayo sobre el cansancio. Madrid. Alianza 1990. Págs. 13-14.

[5] Peter Handke, La pérdida de la imagen, o por la sierra de Gredos. Madrid. Alianza 2003. Págs. 108-
109.


[6] María Zambrano, “La mediación del maestro” en J. Larrosa y S. Fenoy (Eds.), María Zambrano: L’art
de les mediacions (Textos pedagògics). Barcelona. Publicacions de la Universitat de Barcelona 2002.
Pág. 112.

martes, 14 de diciembre de 2010

Las palabras y las cosas. Michel Foucault (Fragmento)

Hoy presentamos un fragmento de un texto emblemático del teórico y creador francés Michel Foucault (1926-1984). Nos interesa porque, en él, Foucault reflexiona en torno al lenguaje, su articulación -tanto desde la perspectiva sintagmática-paradigmática así como desde la filológica- logrando construir un discurso sustentado en la tradición europea gramatical que parte desde los gramáticos de Port-Royal hasta los filólogos, filósofos y lingüistas del siglo XIX, pero que trasciende la mera reflexión gramatical para constituise en un discurso que celebra y reivindica  las posibilidades de (re) creación del lenguaje. 





Fragmento de LAS PALABRAS Y LAS COSAS. 

Michel Foucault


3. LA TEORÍA DEL VERBO

La proposición es, con respecto al lenguaje, lo que la representación con respecto al pensamiento: su forma más general y más elemental, dado que, a partir del momento en que se la descompone, no se encuentra
ya más el discurso sino sólo sus elementos como otros tantos materiales dispersos. Por debajo de la proposición se encuentran las palabras, pero el lenguaje no se cumple en ellas. Es verdad que, originalmente, el hombre sólo producía simples gritos, pero éstos no empezaron a ser lenguaje sino el día en que encerraron —aunque sólo fuera en el interior de su monosílabo— una relación que pertenecía al orden de la proposición. 
El aullido del hombre primitivo que se debate no se convierte en verdadera palabra mientras no es más que
expresión lateral de su sufrimiento y si vale por un juicio o una declaración del tipo: "me ahogo"28 Lo que erige a la palabra como tal y la sostiene por encima de los gritos y de los ruidos, es la proposición
oculta en ella. El salvaje del Aveyron no llegó a hablar porque, para él, las palabras siguieron siendo marcas sonoras de las cosas y de las impresiones que producían en su espíritu; no recibieron el valor de la proposición. Podía pronunciar muy bien la palabra "leche" ante el tazón que le era ofrecido; pero esto no era sino "la expresión confusa de ese líquido alimenticio, del recipiente que lo contenía y del deseo de que era objeto";29 la oalabra nunca se convirtió en signo representativo de la cosa, pues nunca quiso decir que
la leche estaba caliente, lista o era esperada. En efecto, es la proposición la que separa el signo sonoro de sus valores inmediatos de expresión y la instaura, de modo soberano, en su posibilidad lingüística.
Para el pensamiento clásico, el lenguaje comienza donde no hay ya expresión, sino discurso. Cuando se dice "no", no se traduce el rechazo por un grito; se encierra en una palabra "toda una proposición: ...no oigo eso o no creo eso".30 "Vayamos directamente a la proposición, objeto esencial de la gramática."31 Allí todas las funciones del lenguaje son remitidas a tres elementos únicos que son indispensables para formar una proposición: el sujeto, el atributo y su enlace. Además, el sujeto y el atributo son de la misma naturaleza, ya que la proposición afirma que el uno es idéntico o pertenece al otro: así, pues, les es posible, en
ciertas condiciones, cambiar sus funciones. La única diferencia, si bien decisiva, es la que manifiesta la irreductibilidad del verbo: "en toda proposición —dice Hobbes32— deben considerarse tres cosas: a
saber los dos nombres, sujeto y predicado y el enlace o la cópula. Los dos nombres despiertan en el espíritu la idea de una misma y única cosa, pero la cópula hace nacer la idea de la causa por la cual estos
nombres han sido impuestos a estas cosas". El verbo es la condición indispensable de todo discurso: y cuando no existe, cuando menos de manera virtual, no es posible decir que haya un lenguaje. Las proposiciones nominales encubren siempre la presencia invisible de un verbo y Adam Smith 33 cree que, en su forma primitiva, el lenguaje no se componía más que de verbos impersonales (del tipo: "llueve" o "truena") y que, a partir de este núcleo verbal se fueron separando todas las otras partes del discurso, como otras tantas precisiones derivadas y secundarias. El umbral del lenguaje se encuentra donde surge el verbo. Es, pues, necesario tratar éste como un ser mixto, que es, a la vez, palabra entre las palabras, apresado por las mismas reglas y que, como ellas, obedece a las leyes de régimen y concordancia; y después, en alejamiento de todas ellas, en una región que no es la de lo hablado, sino aquella de lo que se habla. Está en el límite del
discurso, en el borde de lo que se dice y lo que es dicho, justo ahí donde los signos están en vías de convertirse en lenguaje.
Y es justo esta función la que hay que plantearse como interrogación —despojándola de lo que no ha dejado de recargarla y oscurecerla. No hay que detenerse, con Aristóteles, en el hecho de que el verbo significa los tiempos (muchas otras palabras, adverbios, adjetivos, nombres, pueden tener significaciones temporales). Tampoco hay que detenerse, como lo hizo Escalígero, en el hecho de que expresa acciones o pasiones, en tanto que los nombres designan las cosas, y permanentes (ya que existe justo este nombre mismo de "acción"). No hay que dar importancia, como lo hacía Buxtorf, a las diferentes personas del verbo, pues ciertos pronombres tienen también la propiedad de designarlas. Sino hacer salir a la luz plena de inmediato
aquello que lo constituye: el verbo afirma, es decir, indica "que el discurso en el que se emplea esta palabra es el discurso de un hombre que no concibe sólo los nombres, sino que los juzga".34 Existe la proposición —y el discurso— cuando se afirma un enlace de atribución entre dos cosas, cuando se dice que esto es aquello.35 Toda la especie de los verbos se remite a uno solo, el que significa ser. Todos los otros se sirven secretamente de esta función única, pero la han recubierto de determinaciones que la ocultan: se le han agregado atributos y en vez de decir, "yo soy cantante", se dice, "yo canto"; se le han agregado indicaciones de tiempo y en vez de decir, "antes, yo soy cantante", se dice "yo cantaba"; por último, algunas lenguas
han integrado el sujeto mismo con el verbo y así los latinos no decían: ego vivit, sino vivo. Todo esto no es más que un depósito y una sedimentación en torno y por encima de una función verbal absolutamente pequeña, aunque esencial: "no existe más que el verbo ser ... que ha permanecido en esta simplicidad".36 Toda la esencia del lenguaje se recoge en esta palabra singular. Sin ella, todo hubiera permanecido silencioso y los hombres, como ciertos animales, habrían podido hacer uso de su voz, pero ninguno de esos gritos lanzados en la espesura hubiera eslabonado jamás la gran cadena del lenguaje.
En la época clásica, el ser en bruto del lenguaje —esta masa de signos depositada en el mundo para ejercer allí nuestra interrogación— se borró, pero el lenguaje anudó nuevas relaciones con el ser, más difíciles de apresar ya que el lenguaje lo enuncia y lo reúne por medio de una palabra; lo afirma desde el interior de sí mismo, y, sin embargo, no podría existir como lenguaje si esta palabra, por sí sola, no sostuviera de antemano todo posible discurso. Sin una manera de designar al ser, no habría lenguaje; pero sin lenguaje, no habría el
verbo ser, que sólo es una parte de aquél. Esta simple palabra es el ser representado en el lenguaje; pero es también el ser representativo del lenguaje —aquello que, al permitirle afirmar lo que dice, lo hace susceptible de verdad o de error. Y por ello es diferente de todos los signos que pueden ser conformes, fíeles, ajustados o no a lo que designan, pero que no son jamás verdaderos o falsos. El lenguaje es, de un cabo a otro, discurso, gracias a este poder singular de una palabra que hace pasar el sistema de signos hacia el ser de lo que se significa.
Pero, ¿de dónde procede este poder? ¿Y cuál es el sentido que, desbordando las palabras, fundamenta la proposición? Los gramáticos de Port-Royal decían que el sentido del verbo era afirmar. Lo que indicaba muy bien en qué región del lenguaje estaba su privilegio absoluto, pero no en qué consistía. No es necesario comprender que el verbo ser contiene la idea de afirmación, pues esta palabra misma, afirmación, y el vocablo sí la contienen también;37 es más bien la afirmación de la idea lo que queda asegurado por ella. Pero, afirmar una idea ¿equivale a enunciar su existencia? Esto es lo que piensa Bauzée que encuentra en ello una razón para que el verbo haya recibido en su forma las variaciones del tiempo: pues la esencia de las cosas no cambia, lo único que aparece y desaparece es su existencia, sólo ella tiene un pasado y un futuro.38 A lo que Condillac pudiera observar que si la existencia puede ser retirada de las cosas, no es más que un atributo y que el verbo puede afirmar la muerte tanto como la existencia. Lo único que afirma el verbo es la coexistencia de dos representaciones: por ejemplo, la de verdor y la de árbol, la del hombre y la de la existencia o la de la muerte; por ello, los tiempos de los verbos no indican aquel en el cual las cosas han
existido en lo absoluto, sino un sistema relativo de anterioridad o de simultaneidad de las cosas entre sí.39 En efecto, la coexistencia no es un atributo de la cosa misma, sino que sólo es una forma de la representación: decir que lo verde y el árbol coexisten es decir que están ligados en todas las impresiones que recibo o, cuando menos, en la mayor parte de ellas.
Tanto que el verbo ser tendría por función esencial el relacionar todo el lenguaje con la representación que designa. El ser hacia el cual desborda los signos no es, ni más ni menos, que el ser del pensamiento.
Al comparar el lenguaje con un cuadro, un gramático de fines del siglo xviii definió los nombres como formas, los adjetivos como colores y el verbo como la tela misma sobre la cual aparecen. Tela invisible, totalmente recubierta por el colorido y el dibujo de las palabras, pero que da al lenguaje el lugar donde puede hacer
valer su pintura; lo que el verbo designa es, en última instancia, el carácter representativo del lenguaje, el hecho de que tenga su lugar en el pensamiento y de que la única palabra que pueda franquear el limite de los signos y fundamentarlos en verdad, no alcanza nunca más que a la representación misma. Tanto que la función del verbo está identificada con el modo de existencia del lenguaje, que recorre en toda su extensión: hablar es, a la vez, representar por medio de signos y dar a éstos una forma sintética dominada por el verbo. Como dice Destutt, el verbo es la atribución: el soporte y la forma de todos los atributos: "el verbo ser se encuentra en todas las proposiciones, porque no se puede decir que una cosa sea de tal manera sin decir, en consecuencia, que es... Pero esta palabra es, que aparece en todas las proposiciones y siempre forma parte del atributo, es siempre su principio y su base, es el atributo general y común".40
Vemos cómo, una vez llegada a este punto de generalidad, la función del verbo no podrá hacer otra cosa que disociarse, ya que desaparecerá el dominio unitario de la gramática general. En el momento en que se libere la dimensión de lo gramatical puro, la proposición no será ya más que una unidad de sintaxis. El verbo figurará
allí entre las otras palabras con su propio sistema de concordancia, de reflexiones y de régimen. Y en el otro extremo, aparecerá el poder de manifestación del lenguaje en una cuestión autónoma, más arcaica que la gramática. Y durante todo el siglo xix, se preguntará al lenguaje acerca de su naturaleza enigmática de verbo: ahí donde está más cercano al ser, donde es más capaz de nombrarlo, de trasmitir o de hacer centellear su sentido fundamental, de hacerlo absolutamente manifiesto. De Hegel a Mallarmé, este asombró ante las
relaciones entre el ser y el lenguaje balanceará la reintroducción del verbo en el orden homogéneo de las funciones gramaticales.


4. LA ARTICULACIÓN

El verbo ser, mezcla de atribución y de afirmación, encrucijada del discurso sobre la posibilidad primera y radical de hablar, define el primer invariable de la proposición, que es el más fundamental. Al lado de él, de una parte y de otra, elementos: partes del discurso o de la "oración". Estos terrenos son indiferentes aún y sólo están determinados por la figura pequeña, casi imperceptible y central, que designa el ser; funcionan en torno a este "judicator" como la cosa que ha de ser juzgada —el judicando y la cosa juzgada— el judicado41
¿Cómo puede transformarse este dibujo puro de la proposición en frases distintas? ¿Cómo puede el discurso enunciar todo el contenido de una representación? Porque está hecho de palabras que nombran, parte por parte, a lo que se da a la representación.
La palabra designa, es decir, que en su naturaleza misma es nombre. Nombre propio ya que está dirigido hacia tal representación y hacia ninguna otra. Tanto que, frente a la uniformidad del verbo —que nunca es más que el enunciado universal de la atribución— los nombres pululan al infinito. Debería haber tantos como cosas por nombrar. Pero cada nombre estaría así tan fuertemente enlazado con la única representación que designa, que no se podría formular la más mínima atribución; y el lenguaje recaería por debajo de sí mismo: "si no tuviéramos más sustantivos que los nombres propios, habría que multiplicarlos sin fin. Estas palabras, cuya multitud sobrecargaría la memoria, no pondrían ningún orden en los objetos de nuestro conocimiento ni, en consecuencia, en nuestras ideas, y todos nuestros discursos quedarían en la mayor confusión".42 Los
nombres no pueden funcionar en la frase y permitir la atribución a no ser que uno de los dos (el atributo, por lo menos) designe cualquier elemento común a varias representaciones. La generalidad del nombre es tan necesaria para las partes del discurso como la designación del ser para !a forma de la proposición.
Esta generalidad puede adquirirse de dos maneras. O bien por una articulación horizontal, que agrupa a los individuos que tienen entre sí cierta identidad y separa a los que son diferentes; forma así una generalización sucesiva de grupos cada vez más grandes (y cada vez menos numerosos); puede también subdividirlos casi al infinito por nuevas distinciones y volver así al nombre propio del que forma parte;43 todo el orden de las coordinaciones y de las subordinaciones está recubierto por el lenguaje y cada uno de estos puntos figura allí
con su nombre: del individuo a la especie, después de ésta al género y a la clase, el lenguaje se articula exactamente sobre el dominio de las generalidades crecientes; esta función taxinómica es manifestada,
en el lenguaje, por los sustantivos: se dice, un animal, un cuadrúpedo, un perro, un perro de aguas." O bien por una articulación vertical —ligada a la primera, pues son indispensables una a otra—; esta segunda articulación distingue las cosas que subsisten por sí mismas de aquellas —modificaciones, rasgos, accidentes o caracteres— que nunca pueden encontrarse en estado independiente: en la profundidad, las sustancias; en la superficie, las cualidades; este corte —esta metafísica, como decía Adam Smith 45— se manifiesta en el
discurso por la presencia de adjetivos que designan, en la representación, todo aquello que no puede subsistir por sí. La primera articulación del lenguaje (si ponemos aparte el verbo ser que es condición lo mismo que parte del discurso) se hace, pues, según dos ejes ortogonales: uno va del individuo singular al general; el otro va de la sustancia a la cualidad. En su entrecruzamiento reside el nombre común; en un extremo el nombre propio y en el otro el adjetivo.
Sin embargo, estos dos tipos de representación no distinguen las palabras entre sí más que en la medida exacta en que la representación es analizada a partir de este mismo modelo. Como dicen los autores de Port-Royal: las palabras "que significan las cosas se llaman nombres sustantivos, como tierra, sol. Los que significan las maneras, señalando al mismo tiempo al sujeto al que convienen, se llaman nombres adjetivos, como bueno, justo, redondo".46 Entre la articulación del lenguaje y la de la representación hay, no obstante, un juego. Cuando hablamos de "blancura", designamos desde luego una cualidad, pero la designamos por medio de un sustantivo: cuando hablamos de los "humanos", utilizamos un adjetivo para designar a individuos que subsisten por sí mismos. Este deslizamiento no indica que el lenguaje obedezca leyes distintas a las de la representación: sino, por el contrario, que tiene consigo mismo, y en su espesor propio, relaciones idénticas a las de la representación. ¿Acaso no es, en efecto, una representación desdoblada y no tiene el poder de combinar con los elementos de la representación distinta de la primera, si bien no tiene otra función y sentido que representarla? Si el discurso se apodera del adjetivo que designa una modificación y le da valor en el interior de la frase como la sustancia misma de la proposición, entonces el adjetivo se convierte en sustantivo; por el contrarío, el nombre que se comporta como un accidente dentro de la frase se convierte, a su vez, en adjetivo, aunque designe, como de pasada, sustancias. "Porque la sustancia es lo que subaste por sí mismo, se ha llamado sustantivos a todas las palabras que subsisten por sí mismas en el discurso, aun cuando signifiquen accidentes.
Y, por el contrario, se llama adjetivos a aquellas que significan sustancias, cuando, por su manera de significar, deben unirse a otros nombres en el discurso".47 Los elementos de la proposición tienen entre sí relaciones idénticas a las de la representación; pero esta identidad no está asegurada punto por punto de suerte que toda sustancia sería designada por un sustantivo y todo accidente por un adjetivo.
Se trata de una identidad global y de naturaleza: la proposición es una representación; se articula según los mismos modos que ella; pero le pertenece el poder de articular de una manera u otra la representación que ella transforma en discurso. Es, en sí misma, una representación que articula otra, con una posibilidad de desplazamiento que constituye, a la vez, la libertad del discurso y la diferencia de las lenguas.
Tal es la primera capa de articulación: la más superficial, en todo caso, la más aparente. A partir de ahora, todo puede convertirse en discurso. Pero en un lenguaje poco diferenciado no se dispone todavía, para destacar los nombres, sino de la monotonía del verbo ser y de su función atributiva. Ahora bien, los elementos de la representación se articulan de acuerdo con una red de relaciones complejas (sucesión, subordinación, consecuencia) que es necesario hacer pasar a través del lenguaje a fin de que éste se haga
realmente representativo. De allí, todas las palabras, sílabas y aun letras que, circulando entre los nombres y los verbos, deben designar esas ideas que Port-Royal llamaba "accesorias";48 son necesarias las preposiciones y las conjunciones; son necesarios los signos de sintaxis que indican las relaciones de identidad o de concordancia, y los de dependencia o de régimen:49 marcas de plural o de género, casos de las declinaciones; hacen falta, por último, palabras que relacionen los nombres comunes con los individuos que designan —esos artículos o esos demostrativos que Lemercier Ilamaba "concretores" o "desabstractores".
50 Tal multitud de palabras constituye una articulación inferior a la unidad del nombre (sustantivo o adjetivo) tal como es requerida por la forma desnuda de la proposición: ninguna de ellas tiene, para sí y en estado de aislamiento, un contenido representativo que esté fijo y determinado; no recubren una idea —ni siquiera accesoria— sino una vez que se ha ligado a otras palabras; en tanto que los nombres y los verbos son "significados absolutos", ellas no tienen significación a no ser de un modo relativo.51 Sin duda alguna, se
dirigen a la representación; no existen sino en la medida en que ésta, al analizarse, deja ver la red interior de esas relaciones; pero ellas mismas no tienen más valor que el que les da el conjunto gramatical del que forman parte. Establecen una articulación nueva y de naturaleza mixta en el lenguaje, articulación que es, a la vez, representativa y gramatical, sin que ninguno de estos dos órdenes pueda dominar exactamente al otro.
He aquí que la frase se puebla de elementos sintácticos que tienen un corte más fino que las grandes figuras de la proposición. Este nuevo corte pone a la gramática general ante la necesidad de una elección: o bien proseguir el análisis por debajo de la unidad nominal y hacer aparecer, antes de la significación, los elementos insignificantes de los que está construida, o bien reducir por una marcha regresiva esta unidad nominal, reconocerle medidas más restringidas y volver a encontrar la eficacia representativa por debajo de las palabras plenas, en las partículas, en las sílabas y hasta en las letras mismas.
Estas posibilidades se abren —más bien, son prescritas— desde el momento en que la teoría de las lenguas se da por objeto al discurso y al análisis de sus valores representativos. Definen el punto de herejía que comparte la gramática del siglo xviii. "¿Supondremos —dice Harris— que toda definición es, lo mismo
que el cuerpo, divisible en una infinidad de significaciones distintas, divisibles ellas mismas al infinito? Esto sería un absurdo; es completamente necesario admitir que hay sonidos significativos, ninguna de cuyas partes puede tener significación por sí misma." 52 La significación desaparece desde el momento en que los valores representativos de las palabras son disociados o suspendidos: en su independencia, aparecen materiales que no son articulados por el pensamiento y cuyos lazos no pueden remitirse a los del discurso. Hay una
"mecánica" propia de las concordancias, de los regímenes, de las flexiones, de las sílabas y de los sonidos, y ningún valor representativo puede dar cuenta de esta mecánica. Es necesario tratar el idioma como a esas máquinas que se perfeccionan poco a poco:53 en su forma más simple la frase sólo está compuesta por un sujeto, un verbo y un atributo; y toda adición de sentido exige una proposición nueva y completa; así las máquinas más rudimentarias suponen principios de movimiento que son diferentes para cada uno de sus órganos. Pero al perfeccionarse, someten a un único y mismo principio todos sus órganos, que no son ya más que intermediarios, medios de transformación, puntos de aplicación; asimismo, al perfeccionarse, las lenguas
hacen pasar el sentido de una proposición por órganos gramaticales que, en sí mismos, no tienen valor representativo y cuyo papel es precisar, enlazar los elementos, indicar sus determinaciones actuales.
En una frase y de un solo golpe se pueden marcar las relaciones de tiempo, de consecuencia, de posesión, de localización que entran en la serie sujeto-verbo-atributo, pero no pueden ser cercados por una distinción tan vasta. De allí la importancia que tomaron, con Bauzée,54 las teorías del complemento, de la subordinación. De allí también el papel cada vez mayor de la sintaxis; en la época de Port-Royal, ésta era identificada con la construcción y el orden de las palabras, así, pues, con el desarrollo interior de la proposición;55 con Sicard
se hizo independiente: es ella la "que ordena su forma propia a cada palabra".58 Así se esboza la autonomía de lo gramatical, tal como será definida, al terminar el siglo, por Sylvestre de Saci, que, junto con Sicard, es el primero en distinguir el análisis lógico de la proposición y el gramatical de la frase.57
Comprendemos por qué los análisis de este género quedaron suspendidos en tanto que el discurso se convirtió en el objeto de la gramática; desde que se llegó a una capa de la articulación en la que los
valores representativos se deshacían en polvo, se pasó al otro lado de la gramática, aquel en el que no tenía presa, en un dominio que era el del uso y de la historia —la sintaxis, en el siglo xviii, era considerada como el lugar arbitrario en el que desplegaban sus fantasías los hábitos de cada pueblo.58
En todo caso, en el siglo xviii, no podían ser más que posibilidades abstractas y no prefiguraciones de lo que llegaría a ser la filología, solo eran la rama no privilegiada de una elección. Frente a esto, a partir del mismo punto de herejía, vemos desarrollarse una reflexión que, para nosotros y para la ciencia del lenguaje que hemos construido desde el siglo xix, está desprovista de valor, pero que, sin embargo, permite mantener todo el análisis de los signos verbales en el interior del discurso. Y que, por este recubrimiento exacto, formaba parte de las figuras positivas del saber. Se buscaba la oscura función nominal que se creía investida y oculta en estas palabras, en estas sílabas, en estas flexiones, en estas letras que el análisis de la proposición, demasiado laxo, dejaba pasar a través de su criba. Después de todo, como señalaban los autores de Port-Royal, todas las partículas del enlace tienen un cierto contenido ya que representan la manera en que se enlazan los objetos y aquella en que se encadenan en nuestras representaciones. 59 ¿Acaso no es de suponerse que tengan nombres lo mismo que todas las demás? Pero en vez de sustituir objetos, han tomado
el lugar de los gestos por medio de los cuales los hombres los indican o simulan sus lazos y su sucesión.60 Son estas palabras las que o bien han perdido poco a poco su sentido propio (en efecto, éste no siempre
era visible, ya que estaba ligado a los gestos, al cuerpo y a la situación del locutor) o bien se han incorporado a otras palabras en las que encuentran un apoyo estable y a las que, en cambio, ellas proporcionan todo un sistema de modificaciones.61 Tanto que todas las palabras, sean las que fueren, son nombres adormecidos: los verbos han añadido nombres adjetivos al verbo ser; las conjunciones y las preposiciones son los nombres de gestos inmóviles de ahí en adelante; las declinaciones y las conjugaciones no son otra cosa que nombres absorbidos.
Ahora, las palabras pueden abrirse y liberar el vuelo de todos los nombres depositados en ellas. Como dice Le Bel a título de principio fundamental del análisis, "no hay ensamblaje en el que las partes no hayan existido por separado antes de ser ensambladas",62 lo que le permitía reducir todas las palabras a elementos silábicos en los que reaparecen al fin. los viejos nombres olvidados —los únicos vocablos que tuvieron posibilidad de existir al lado del verbo ser: Romulus, por ejemplo,63 viene de Roma y de moliri (construir); y Roma viene
de Ro, que designaba la fuerza (Robur) y de Ma, que indicaba grandeza (magnus). De la misma manera, Thiébault descubre en "abandonar" tres significaciones latentes: a, que "presenta la idea de la tendencia o del destino de una cosa hacia otra"; ban, que "da la idea de la totalidad del cuerpo social", y do, que indica "el acto por el cual uno se desliga de una cosa".64
Y si es necesario llegar, por debajo de las sílabas, hasta las letras mismas, se recogerán allí los valores de una denominación rudimentaria.
A esto se entregó maravillosamente Court de Gébelin, para su mayor y más perecedera gloria; "el toque labial, el más fácil de poner en juego, el más dulce, el más gracioso, sirve para designar los primeros
seres que el hombre conoce, aquellos que lo rodean y a los que debe todo" (papá, mamá, beso). En cambio, "los dientes son tan duros como móviles y flexibles los labios; las entonaciones que de ellos proceden son fuertes, sonoras, ruidosas... Gracias al toque dental truena, retiñe, tiembla; por medio de él se designan los tambores, los timbales, las trompetas". A su vez, las vocales, aisladas, pueden desplegar el secreto de los nombres milenarios en los que el uso las ha encerrado: A por la posesión (haber), E por la existencia, I por el
poderío, O por el asombro (los ojos se redondean), U por la humedad y, por ello, el humor.65 Y quizá, en la cavidad más antigua de nuestra historia, consonantes y vocales, distinguidas únicamente de acuerdo con dos grupos confusos, formaban algo así como los dos únicos nombres articulados por el lenguaje humano: las vocales cantantes hablaban de las pasiones; las rudas consonantes de las necesidades. 66 Se puede distinguir aún entre el habla áspera del norte —bosque de las guturales, del hambre y del frío— y las lenguas meridionales, hechas todas de vocales, nacidas del encuentro matinal de los pastores, cuando "surgían del puro cristal de las fuentes los primeros fuegos del amor".
En todo su espesor y hasta los sonidos más arcaicos que por primera vez lo arrancaron del grito, el lenguaje conserva su función representativa; en cada una de sus articulaciones, desde el principio de los tiempos, ha nombrado. En sí mismo no es más que un inmenso rumor de denominaciones que se cubren, se encierran, se ocultan y, sin embargo, se mantienen para permitir analizar o componer las representaciones más complejas. En el interior de las frases, justo allí donde la significación parece tomar un apoyo mudo sobre sílabas
insignificantes, hay siempre una denominación dormida, una forma que tiene encerrada entre sus paredes sonoras el reflejo de una representación invisible y, por ello, imborrable. Para la filología del siglo xix, tales análisis son, en el sentido estricto del término, "letra muerta". Pero no ocurrió lo mismo con respecto a toda una experiencia del lenguaje —primero esotérica y mística, en la época de Saint-Marc, de Reveroni, de Fabre d'Olivet, de Oegger, más adelante literaria una vez que resurge el enigma de la palabra en su ser macizo, con Mallarmé, Roussel, Leiris o Ponge. La idea de que, al destruir las palabras, éstas no son ni ruidos ni puros elementos arbitrarios, sino que lo que se encuentra son otras palabras que, pulverizadas a su
vez, liberan otras —esta idea es a la vez el negativo de toda la ciencia moderna de las lenguas y el mito en el que transcribimos los poderes más oscuros del lenguaje y los más reales. Se debe, sin duda, a que es arbitrario y a que se puede definir en qué condición es significativo, el que el lenguaje pueda convertirse en objeto de la ciencia.
Pero, se debe a que no ha dejado de hablar más allá de sí mismo, a que lo penetran valores inagotables tan lejos como pueda llegarse, el que podamos hablar en él en ese murmullo infinito en el que se anuda la literatura. Mas en la época clásica, la relación no era la misma; las dos figuras se recubrían exactamente: a fin de que el lenguaje fuera comprendido por entero en la forma general de la proposición, era necesario que cada palabra, en la más pequeña de sus partes, fuera una denominación meticulosa.


Notas

28. Destutt de Tracy, Éléments d'Idéologie, t. ii, p. 87.
29. J. Itard, Rapport sur les nouveaux développements de Víctor de l'Aveyron, 1806. Reedición en L. Malson, La Enfants Sauvages, París, 1964, p. 209.
30. Destutt de Tracy, Éléments d'Idéologie, t. ii, p. 60.
31. U. Domergue, Grammaire générale analytique, p. 34.
32. Hobbes, Logic.
33. Adam Smith, Considerations concerning the first formation of languages, trad. francesa cit., p. 421.
34. Logique de Port-Royal, pp. 106-7.
35. Condillac, Grammaire, p. 115.
36. Logique de Port-Royal, p. 107. Cf. Condillac, Grammáire, pp. 132-4. En L'origine des connaisances, se analiza la historia del verbo de una manera algo diferente, pero no asi su función. D. Thiébault, Grammaire philosophique, París, 1802, t.1, p. 216.
37. Cf. Logique de Port-Royal, p. 107 y abate Girard, Les Vrais Principes de la Langue Française, p. 56.
38. Bauzée, Grammaire générale, t. i, pp. 426 ss.
39. Condillac, Grammaire, pp. 185-6.
40. Destutt de Tracy, Éléments d'Idéologie, t. ii, p. 64.
41. U. Domergue, Grammaire générale a analytique, p. 11.
42. Condillac, Grammaire. p. 152.
43. Id. ibid., p. 155.
44. Id., ibid., p. 153. Cf. también Adam Smith, Considerations concerning the first formation of languages, trad. francesa cit., pp. 408-10.
45. A. Smith, loc. cit., p. 410.
46. Logique de Port-Royal, p. 101
47. Logique de Port-Royal, pp. 59-60.
48. Ibid., p. 101.
49. Duclos, Commentaire a la Grammaire de Port-Royd, París, 1754, p. 213.
50. J. B. Lemercier, Lettre sur la possibilité de faire de la grammaire un Art-Science, París, 1806, pp. 63-5.
51. Harris, Hermes, pp. 30-1 (cf. también Adam Smith, Considerations conccrning the first formation of languages, trad. francesa cit., pp 408-9).
52. Id., ibid, p. 57.
53. Id., ibid., pp. 430-1
54. Bauzée (Grammaire générale) emplea, por primera vez, el término "complemento".
55. Logique de Port-Royal, pp. 117ss.
56. Abate Sicard, Éléments de la grammaire générale, t. ii, p. 2.
57. Sylvestre de Saci, Principes de grammaire générale, 1799. Cf. también U. Domergue, Grammaire générale analytique, pp. 29-30.
58. Cf., por ejemplo, al abate Girard, Les Vraies Principes de la Langue Française, París, 1747, pp. 82-3.
59. Logique de Port-Royal, p. 59.
60. Batteaux, Nouvel examen du pré jugé de l'inversion, pp. 23-4
61. Id., ibid., pp. 24-8.
62. Le Bel, Anatomie de la langue latine, París, 1764, p 24
63. Id., ibid., p. 8.
64. D. Thiébault, Grammaire philosophique. París, 1802, pp. 172-3.
65. Court de Gébelin, Histoire naturelle de la parole, ed. de 1816, pp. 98-104.
66. Rousseau, Essai sur I'origine des Zangues, Oeuvres, ed. de 1826, t. xiii, pp. 144-51, y 188-92.