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sábado, 7 de agosto de 2010

Fragmento de La experiencia de la lectura. Jorge Larrosa

Jorge Larrosa es profesor de filosofía de la educación en la Universidad de Barcelona, España. Realizó estudios posdoctorales en el Instituto de Educación de la Universidad de Londres y en el Centro Michel Foucault de la Sorbona de París. Entre sus libros destacan Pedagogía profana, La liberación de la libertad y Entre las lenguas. Lenguaje y Educación después de Babel. Entre sus numerosas compilaciones en libros y revistas destacan Trayectos, escrituras, metamorfosis: la idea de la formación en la novela, Déjame que te cuente: ensayos sobre narrativa y educación, Imágenes del otro, Les livres, les voyages, l´education, Teoría de la pasión comunicativa, Camino y metáfora: ensayos sobre estética y formación y Lecciones de un ignorante.


Larrosa también ha editado una selección de textos pedagógicos de María Zambrano titulada L´art de les mediations.

Algunas obras de Jorge Larrosa

La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación (Laertes 1996, 3ª edición revisada y aumentada en F.C.E. 2003, 2007)
Pedagogía Profana. Ensayos sobre lenguaje, subjetividad y educación (Novedades Educativas 2000)
Entre las lenguas. Lenguaje y educación después de Babel (Laertes 2003).

Edición revisada y aumentada de La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. México. Fondo de Cultura Económica, 2007.


Fragmento del prólogo de La experiencia de la lectura de Jorge Larrosa, edición del FCE, 2007.


La lectura está al principio y al final del estudio. La lectura y el deseo de la lectura. Lo que el estudio busca es la lectura, el demorarse en la lectura, el extender y el profundizar la lectura, el llegar, quizá, a una lectura propia. Estudiar: leer, con un cuaderno abierto y un lápiz en la mano, encaminándose a la propia lectura. Sabiendo que ese camino no tiene fin ni finalidad. Sabiendo además que la experiencia de la lectura es infinita e inapropiable. Interminablemente.

Y también: la escritura y el deseo de la escritura están al principio y al final del estudio. Lo que el estudio quiere es  la escritura, el demorarse en la escritura, el alcanzar, quizá, la propia escritura. Estudiar: escribir, en medio de una mesa llena de libros, en camino una escritura propia. Aunque ese camino no tenga fin ni finalidad. Sabiendo que la experiencia de la escritura es también infinita e inapropiable. Interminablemente.
(…)
Estudiando, tratas de aprender a leer lo que aún no sabes leer. Y tratas de aprender a escribir lo que aún no sabes escribir. (…). El estudio vive de las palabras y en las palabras. (…) Escribir y leer es explorar todo lo que se puede hacer con las palabras y todo lo que las palabras pueden hacer contigo. En el estudio todo es cuestión de palabras.   
(…)
Estudiar es también preguntar. Las preguntas son la pasión del estudio. Y su fuerza. Y su respiración. Y su ritmo. Y su empecinamiento. En el estudio, la lectura y la escritura tienen forma interrogativa. Estudiar es leer preguntando: recorrer, interrogándolas, palabras de otros. Y también: escribir preguntando. Ensayar lo que les pasa a tus propias palabras cuando las escribes cuestionándolas. Preguntándoles. Preguntándote con ellas y ante ellas.
(…)
Las preguntas apasionan el estudiar: el leer y el escribir del estudiar. Las preguntas abren la lectura: y la incendian. Las preguntas atraviesan la escritura: y la hacen incandescente.
Estudiar es insertar todo lo que lees y todo lo que escribes en el espacio ardiente de las preguntas.

Jorge Larrosa. La experiencia de la lectura. México. Fondo de Cultura Económica. 2007, págs. 12-20.


SER Y LENGUAJE. HEIDEGGER

En una serie de conferencias pronunciadas en la Universidad de Friburgo en diciembre de 1957 y febrero de 1958 titula­das La esencia del habla15 Heidegger toma como motivo un verso de Stefan George que dice así: "ninguna cosa sea donde falta la palabra". A través de una cuidadosa reflexión que toma como punto de partida lo que sean las palabras, lo que sean las cosas y lo que sean los nombres como un tipo de palabras que mantienen una relación particular con las cosas, Heidegger va ampliando y transformando el significado del verso hasta hacerle portador de otro y del mismo sentido: "un es se da donde se rompe la palabra".

En un primer movimiento, Heidegger interpreta la frase de George como una enunciación de que es la palabra y esen­cialmente el nombre el que confiere el ser a la cosa: "el ser de cada cosa que es reside en la palabra. De ahí la validez de la frase: el lenguaje es la casa del ser".16 Desde ese punto de vista, la relación entre las palabras y las cosas no es una conexión entre "cosa" de un lado y "palabra" de otro, sino que es la palabra la que funda la relación, es decir, que "la palabra misma es la relación que en cada instancia retiene en sí la cosa de tal modo que 'es' una cosa".11 La palabra y esencialmente el nombre no es un significante que se superpone a un significado,
tampoco es un medio de re-presentación entendido como un traer presente lo que está ya de antemano como una cosa ante nosotros, sino que es la palabra la que hace venir a la
presencia a las cosas. Y ese hacer venir a la presencia es justamente una donación de ser, la donación de las condiciones en las que algo puede aparecer como lo que es.

La hipótesis ontológica de Heidegger, aquélla según la cual es la palabra la que confiere el ser a la cosa, es hasta aquí coherente con la ontología hermenéutica según la cual no hay un darse del ser fuera del lenguaje. Desde ese punto de vista, el lenguaje es fuente del ser en el sentido en que deja aparecer las cosas en tanto cosas que son y las deja estar presentes. Heidegger enuncia esta hipótesis ontológica en sus glosas del verso de George, por ejemplo: "'Cosa' denominaba aquí cualquier ente  que de algún modo está presente. Por lo demás, decíamos acerca de la 'palabra' que no sólo se hallaba en su  relación con la cosa,  sino que la palabra es lo que primero lleva esta cosa, en tanto que  ente, a este 'es'; que la palabra es lo que la mantiene allí, la  sostiene y, por así decirlo, la provee del sustento para ser cosa"18;  y, en otro lugar: "… ‘ninguna cosa sea donde falta la palabra’ apunta hacia la relación entre palabra  y cosa, de tal modo que  la palabra misma es la relación en tanto que sostiene toda cosa hacia su ser y la mantiene en él. Sin la palabra que de este modo retiene la totalidad de las cosas, el 'mundo' se hundiría en la oscuridad incluyendo al ‘yo’”.19 El mundo está iluminado y no está hundido en la oscuridad porque hay palabra. Y el ser humano como ser-en-el-mundo, como insertado en ese mundo iluminado y sostenido en su ser por la palabra, obtiene también su condición de posibilidad por esa palabra misma que es "casa del ser". El lenguaje no es (sólo) algo mundano sino condición del mundo, y no es (sólo) propiedad del yo sino condición suya. Por otra parte, y dada la historicidad y la pluralidad del lenguaje, su dimensión ontológica consiste en su capacidad para abrir no el mundo sino un mundo, y para posibilitar no el yo sino un yo, un determinado modo de subjetividad histórica y culturalmente determinado.

Hasta aquí la posición heideggeriana es claramente cohe­rente con el análisis de la obra de arte como "puesta en obra de la verdad"20 porque la verdad no es ya correspondencia de la proposición con la realidad (y, por lo tanto, conexión en­tre la palabra y la cosa) sino, más fundamentalmente, el abrirse de horizontes de sentido en el interior de los cuales es posible la verificación de proposiciones. También es cohe­rente con el motivo holderliniano reiteradamente usado por Heidegger, ése de "lo que permanece lo fundan los poetas",21 en el sentido de que el lenguaje poético (como lenguaje originario) configura la familiaridad originaria con el mundo que constituye la condición de la experiencia.

Pero más adelante, al final de la segunda conferencia so­bre "La esencia del habla", Heidegger abre una interrogación distinta: no ya por la relación entre la palabra y la cosa o por el modo como la palabra da (o funda, o alberga, o sostiene) el ser de la cosa, sino por el ser mismo de la palabra. El punto de partida de la argumentación es que si la palabra es, ella también debe ser una cosa, puesto que "cosa" designa todo aquello que de algún modo es. Nos encontraríamos enton­ces en la situación de que una cosa, la palabra, es la que le da el ser a otra cosa, el objeto. Para el sentido común, en efecto, el lenguaje es una cosa entre las cosas: las palabras se ven y se oyen, se eligen y se utilizan, se pueden clasificar, ordenar, analizar, componer y descomponer. Pero lo inquietante es que cuando es el lenguaje el que habla (y no aquello de lo que se habla) el lenguaje no es una cosa. Heidegger lo dice nítidamente: “... la palabra, que no es en sí misma cosa alguna, ningún algo  que ‘es’, se nos escapa22 o un poco más adelante, aún más claramente: “... la palabra, el decir, no tiene ser".23

Esa misma duplicación entre una palabra que es una cosa y una palabra que, sin ser una cosa, confiere el ser a las cosas (al mundo,  al yo, al lenguaje mismo en tanto que cosa que tenemos y que utilizamos) está enunciada en otro lugar desde  la distinción entre lo dado y lo que da: “Si pensamos rectamente, nunca podremos decir de la palabra: ella es, sino: ella da, no en el sentido de que ‘se den’ palabras, sino en cuanto sea la palabra misma la que da. La palabra: la donante. ¿De qué hace don?  De acuerdo con la experiencia poética y según la más antigua  tradición del pensamiento, la palabra da: el ser. Entonces, pensando,  deberíamos buscar en el ‘ella, que da’ la palabra como la donante misma, sin estar ella jamás dada”.24 El lenguaje “es” cuando hablamos de él, cuando está dado, cuando nos lo podemos representar como algo existente, cuando lo podemos  utilizar como algo que es como un instrumento de nuestra propiedad. Pero cuando el lenguaje habla, ese lenguaje que habla se nos desliza, se nos niega, se nos disuelve, se nos hace misterioso y nos inquieta. Cuando es el lenguaje el que habla no somos nosotros los que tenemos al lenguaje, sino que es el lenguaje el que nos tiene a nosotros. Por eso “... el habla no es simplemente una capacidad del ser humano”.25  Y el lenguaje  no es ya lo pensado, sino lo que da que pensar.

Se produce pues en el lenguaje una suerte de duplicación según lo consideremos como una cosa (o como una facul­tad) o como una condición del ser de las cosas que, como tal condición, no es cosa alguna, no está dado o no tiene ser. Se produce pues una especie de doblete empírico-trascendental en el que la dimensión trascendental del lenguaje (enten­diendo "trascendental" en sentido kantiano, como condición de posibilidad de la experiencia) no es a priori y necesaria sino radicalmente histórica, finita y contingente. El lenguaje constituye un horizonte histórico finito, nunca completa­mente cognoscible y determinable excepto como tal hori­zonte, y por eso puede hablarse de un “acontecer” de la ver­dad o del ser como “evento”. Por eso, como indica Heidegger como de pasada abriendo su texto hacia senderos descono­cidos que serán transitados por heideggerianos heterodoxos como Derrida, “un fulgor repentino ilumina la relación entre muerte y habla pero está todavía sin pensar”.26

Y ahora ya estamos en condiciones de dar sentido a la mo­dificación que Heidegger propone en el verso de George, esa que traduce “ninguna cosa sea donde falta la palabra”  por  “un  es  se da donde se rompe la palabra”. El romperse de la palabra no significa aquí en absoluto un quebrantamiento del len­guaje que nos conduciría, al modo fenomenológico, directa­mente a las cosas mismas en su evidencia objetiva, inmediata y prelingüística. El romperse de la palabra es aquí una suerte de des-fallecimiento al que toda palabra como palabra ya di­cha está destinada. O, dicho de otro modo, el romperse de la palabra alude a la constitutiva finitud de todo decir consti­tuido, de toda relación representativa entre palabras y cosas, de todo horizonte dado de experiencia. El fulgor del nexo en­tre lenguaje y mortalidad no puede ser otra cosa que la intuición de la mortalidad propia del ser en tanto que dicha mortalidad está ya anunciada en la finitud propia del lenguaje: “Romper  quiere decir aquí: la palabra resonante regresa a lo insonoro, allá desde donde ella es concebida: al son del silencio".27

Notas:
15 Heidegger, M. (1957-1958), “La esencia del habla” en  De camino al habla, op. cit., pp. 141-194.
16 Op. cit., p. 149.
17 Op. cit., p. 152.
18 Op. cit.,  p. 167.
19 Op. cit.,  p. 158.
20 Sobre todo en el ensayo de 1935 “El origen de la obra de arte” en Arte y poesía, xico, FCE, 1958.
21 Sobre todo en el ensayo de 1936 Hölderlin y la esencia de la poesía, Barcelona, Anthropos, 1989.
22 “La esencia del habla", op, cit, p. 171.
23 Op. cit., p. 172.
24 Op. cit., p. 173.
25 Op. cit., p. 192.
26 Op. cit., p. 193.
27 Op. cit., p. 194.
 







Fragmentos tomados de Jorge Larrosa. La experiencia de la lectura. México. Fondo de Cultura Económica. 2007, págs. 12-20 y 68-73.

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