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sábado, 18 de diciembre de 2010

Jorge Larrosa. Aprender de oído.

La relación con el texto La experiencia de la lectura de Jorge Larrosa, me ha cautivado y provocado muchas preguntas e inquietudes, por lo cual me he dedicado a buscar en la web los libros, conferencias, artículos, ponencias, vídeos, etc., del profesor Larrosa a efectos de ampliar el conocimiento de su propuesta, la cual es abarcante y amplia, pues relaciona y fusiona, en todo momento, la experiencia y la formación con la literatura, la educación, el viaje, el lenguaje y el pensamiento -y por supuesto- con las tres acciones mediante las cuales se ejercen los anteriores -leer, escribir, estudiar.

Acá les dejamos uno de los muchos textos que de este pensador se pueden descargar de internet.




Aprender de oído

Jorge Larrosa
Profesor de Pedagogía. Universitat de Barcelona

Intervención en el ciclo de debates Liquidación por derribo: leer, escribir y pensar en la Universidad,
organizado por La Central en Barcelona durante abril de 2008.

Desde la primera de las intervenciones en estos debates se ha ido oyendo una cierta reivindicación del aula como lugar de encuentro, no sólo de los saberes, sino también de los cuerpos y de los lenguajes, una cierta reivindicación, digamos, del ir a clase como ese ir a un lugar donde los saberes se presentan, se hacen presentes, y donde los lenguajes se encarnan, toman cuerpo. Y se ha ido oyendo también una cierta reivindicación del discurso, de la palabra, del “qué” de la transmisión, frente al privilegio del “cómo”, del método, de los procedimientos. Quizá una de las características de la universidad que viene sea la disolución
del aula (el final del ir a clase de cuerpo presente) y la subordinación de qué de la transmisión al método la misma (la demolición del logos). El título de mi contribución tiene que ver también con el aula, con el lenguaje y con el cuerpo. De hecho está tomado de un fragmento de María Zambrano, concretamente de Claros del bosque, donde se habla de las aulas como “lugares de la voz donde se va a aprender de oído”[1]. Un fragmento muy hermoso sobre la palabra que se oye, que se escucha, y que termina diciendo que los buenos estudiantes no van a las aulas a preguntar, y mucho menos a responder, sino a escuchar. Y voy a tomar ese motivo zambraniano como pretexto para someter a vuestra consideración de qué manera hay un aprender que se confunde con el escuchar, y hasta qué punto la universidad que viene no supone una cierta cancelación de la voz y un cierto final de la escucha, si la universidad que viene no implica, en definitiva, la imposibilidad de aprender de oído.

No voy a hablar estrictamente de la clase magistral, aunque desde luego me molesta que los manuales pretendidamente “progres” de metodología de la docencia universitaria la hayan demonizado insistiendo una y otra vez en tópicos como la pasividad de los estudiantes, el aburrimiento, la esterilidad del saber memorístico o, incluso, aquello de que los estudiantes no son capaces de atender durante más de veinte minutos seguidos o que no pueden aguantar durante una hora y media quietos y en silencio. En un documento elaborado por
el equipo de asesores del plan piloto de la Facultad de Letras de la Universidad de Girona se dice que la palabra favorita en los cursillos del ICE local para referirse a la clase magistral es “vomitar”. La clase magistral es el lugar donde los profesores “vomitan” lo que está escrito en los libros [2]. Y a mí, qué quieren
que les diga, me molesta que se diga o que se piense que eso que sale por la boca del profesor no sean palabras sino vómitos.

Pero en fin, no voy a hablarles de la clase magistral, sino de la voz, del aula como lugar de la voz. Y la voz, para decirlo brevemente, no es otra cosa que la marca de la subjetividad en el lenguaje. En el último debate, Violeta Núñez citaba a Benjamin para decirnos que, para que haya transmisión, el lenguaje debe llevar la marca del que transmite; que, en la transmisión, la lengua está ligada a la experiencia del que habla y a la experiencia del que escucha, a los avatares, en suma, de los sujetos. Y la voz es esa marca, esa experiencia, esos avatares que hacen que los que hablan y los que escuchan, los que dan y los que reciben, sean unos sujetos concretos, singulares y finitos, de carne y hueso, y no sólo máquinas comunicativas (emisores y receptores de significados) o máquinas cognitivas (codificadores y decodificadores de información).

La voz, entonces, sería como la cara sensible de la lengua, esa que hace que la lengua no sea solamente inteligible, que no esté toda ella del lado del significado, que no sea solamente un instrumento eficaz y transparente de comunicación, que no sea sólo una voz mecánica, sin nadie dentro, que dice cosas como “su tabaco, gracias”, o “ha escogido usted gasolina súper”, o “por razones de seguridad esta conversación está siendo gravada”. En relación a esa reducción del lenguaje a instrumento de comunicación, José Luis Pardo
habla de que “hay un intento en marcha para librar al lenguaje de su incómodo espesor, un intento de borrar de las palabras todo sabor y toda resonancia, el intento de imponer por la violencia un lenguaje liso, sin manchas, sin sombras, sin arrugas, sin cuerpo, la lengua de los deslenguados, una lengua sin otro en la que nadie se escuche a sí mismo cuando habla, una lengua despoblada” [3]. La voz sería entonces algo así como el sabor y la resonancia de la lengua, sus arrugas, sus manchas, sus sombras, su cuerpo.

No estoy hablando de la clase magistral, ni siquiera, estrictamente, de la oralidad, sino de ese componente subjetivo de la lengua que aquí estoy llamando “voz” y que se encuentra también, sin duda, en la escritura. Hay escritura con voz, de la misma manera que hay clases magistrales sin voz. Peter Handke, hablando del cansancio en las aulas, lo dice de un modo ejemplar:

“Nunca más he vuelto a encontrarme con hombres menos poseídos por lo que llevaban entre manos que aquellos catedráticos y profesores de Universidad; cualquier empleado de banco, sí, cualquiera, contando los billetes, unos billetes que además no eran suyos, cualquier obrero que estuviera asfaltando una calle, en el espacio caliente que había entre el sol, arriba, y el hervor del alquitrán, abajo, daban la impresión de estar más en lo que hacían. Parecían dignatarios llenos de serrín a quienes ni la admiración (…), ni el entusiasmo, ni el afecto, ni actitud interrogativa alguna, ni la veneración, ni la ira, ni la indignación, ni la conciencia de estar ignorando algo les hacía jamás temblar la voz, que más bien se limitaban a ir soltando una cantinela, a ir cumpliendo con distintos expedientes, a ir escandiendo frases en el tono de alguien que está anticipando un
examen (…) mientras fuera, delante de las ventanas, se veían tonos verdes y azules, y luego oscurecía: hasta que el cansancio del oyente, de un modo repentino, se convertía en desgana, y la desgana en hostilidad” [4].

Al sujeto, al que habla, al que está presente en lo que dice, le tiembla la voz. Y ese temblor tiene que ver con la relación que cada uno tiene con el texto: con la admiración, con el entusiasmo, con el afecto, con la actitud interrogativa, con la veneración, con la ira, con la indignación, con la conciencia de que es mucho más, y mucho más importante, lo que no sabemos que lo que sabemos.

Como dijo Antoni Marí la semana pasada, yo tampoco sé lo que es la Universidad, ni mucho menos lo que debería ser. Pero hace unos cuantos años que habito uno de sus rincones tratando de prestar atención a lo que pasa y a lo que me pasa. Y lo que pasa, al menos en el rincón de la Universidad en el que yo habito, en la Facultad de Pedagogía, es que se está imponiendo una concepción puramente comunicativa o informativa del lenguaje. Un lenguaje neutro y neutralizado, que no siente nada y que no hace sentir nada, es decir, anestésico y anestesiado, al que no le pasa nada, es decir apático, un lenguaje sin tono o con un solo tono, es decir, átono o monótono, un lenguaje despoblado, sin nadie dentro, una lengua de nadie que tampoco va dirigida a nadie, un lenguaje sin voz, literalmente afónico, una lengua sin sujeto que sólo puede ser la lengua
de los que no tienen lengua. Lo que percibo, queridos amigos y amigas, es el triunfo de los deslenguados. Unos deslenguados que han estado siempre, y que siempre estarán, pero que ahora se arrogan el derecho de decirnos a los demás qué lengua tenemos que usar y cómo debemos usarla.

Un amigo me decía hace tiempo que un aula universitaria es un lugar donde algunas palabras, o algunas ideas, pasan de los papeles arrugados del profesor a los papeles nuevecitos de los alumnos, sin haber pasado ni por el corazón, ni por la cabeza, ni por el cuerpo, ni por el alma, ni del profesor ni de los alumnos. Yo no diría que eso es vomitar. Pero sí que me parece que ahí no se puede aprender de oído porque nadie habla y nadie escucha. Y lo que me llama la atención es que las nuevas metodologías, esas que ya no pasan por el aula, ni por la clase magistral, ni por los apuntes, ni siquiera por el papel, consagran ese aprendizaje sin voz, sin sujeto, en el que escribir y leer tienen que ver, estrictamente, con la información, con el manejo de la información y, como mucho, con la opinión. No hace mucho, en un seminario sobre la lectura, un influyente Catedrático de Pedagogía decía que leer es descodificar y sólo descodificar. A mí lo que me asombra no es que un catedrático diga una barbaridad, que eso es algo que ha pasado toda la vida (las cátedras nunca han protegido de la estupidez, sino más bien al contrario), sino esa mezcla de soberbia e ignorancia con la que los nuevos gestores de la educación están arrasando con todo lo que no comprenden.

Y lo que no podemos hacer, me parece, es entregar nuestra lengua. Y lo más grave no sería que nosotros, los profesores, la entregásemos (de hecho somos seres bastante cobardes, serviles y propensos a todo tipo de genuflexiones, y ya hemos entregado muchas cosas), sino que si nosotros entregamos la lengua, estamos entregando también, al mismo tiempo, la lengua de los alumnos y la posibilidad de que los que vienen tengan, ellos también, una voz propia, una lengua propia, un pensamiento propio, que hablen y que piensen, en definitiva, por cuenta propia, que no deleguen su lengua y su pensamiento. Y a eso sí que no tenemos  derecho.

La reducción del lenguaje a comunicación es lo que hace que las aulas ya no sean lugares de la voz. Las aulas, desde luego, no están silenciosas. La desaparición de la voz es correlativa a la desaparición del silencio. En las aulas se habla cada vez más, se opina cada vez más. Todo el mundo tiene derecho a la
palabra, pero a una palabra cada vez más banal, más neutra, más irresponsable, más vacía. Lo que pasa, lo que yo oigo que pasa, es que la voz está desapareciendo de las aulas y está siendo sustituida por la cháchara constante e ininterrumpida de la información y de la opinión. También se ha dicho aquí que el eslogan está
sustituyendo a la teoría y que la investigación está cada vez más entregada a las agendas políticas, económicas y mediáticas que son, en defi nitiva, las que venden.Lo que se oye en las aulas no es más que la conversación del sentido común. Y cada vez es más difícil sentir que las palabras pesan, que tienen densidad y encarnadura, porque lo que hacen, al menos en ese rincón de la Universidad que yo conozco, es flotar en el vacío. Lo que pasa, lo que yo oigo que pasa, es el progreso acelerado y sin obstáculos de una serie compleja de procedimientos discursivos y regulativos orientados a la demolición del lenguaje, de lo que el lenguaje todavía puede tener de experiencia crítica y compleja del mundo.

Leí una vez un chiste de El Roto en el que un padre le decía a su hijo que no usara tanto la palabra "democracia” porque se le iba a notar que era un fascista. A mí me parece que algo parecido ocurre ahora con la palabra diálogo. Nunca se ha hablado más de diálogo y, sin embargo, el diálogo nunca ha sido tan escaso, tan raro. Como dice Peter Handke, otra vez Peter Handke:

“Es un tiempo en el que en el espacio, en el ‘éter’, sólo se oye el zumbido, el silbido, el atronar de los diálogos. En todos los canales se oye continuamente el estampido de la palabra ‘diálogo’. Según las últimas pesquisas de la investigación dialogal, una disciplina que acaba de tomar carta de naturaleza y que se vanagloria de haber adquirido con gran rapidez una multitud de seguidores, la palabra ‘diálogo’, y no sólo en los medios de comunicación, los sínodos interconfesionales y las síntesis fi losóficas, es en estos momentos más frecuente que ‘soy’, ‘hoy’, ‘vida’ (o ‘muerte’), ‘ojo’ (u ‘oído), ‘montaña’ (o ‘valle’), ‘pan’ (o ‘vino’). Incluso en los paseos de los presidiarios por el patio de la cárcel, con frecuencia ‘diálogo’ sale más veces que, por ejemplo, ‘mierda’, ‘joder’ o ‘el coño de mi madre’; y del mismo modo, en los paseos vigilados de los internados en un manicomio, o de los idiotas, está comprobado que ‘diálogo’ es una palabra por lo menos
diez veces más frecuente que, por ejemplo, ‘hombre de la luna’, ‘manzana’ (o ‘pera’), ‘Dios’ (o ‘Satanás’), ‘miedo’ (o ‘pastillas’). En un continuo diálogo están incluso los tres o cuatro campesinos que aún quedan, separados siempre un día de viaje, o por lo menos se les presenta dialogando sin parar, y dialogando se presenta también a los niños, hasta la última imagen de los libros ilustrados para niños que han pasado el examen de ingreso en la escuela” [5].

Las aulas universitarias también se presentan como un lugar de diálogo ininterrumpido. Y eso sí que parece que gusta a los adalides de los nuevos métodos. Aunque se trata, en muchas ocasiones, de una cháchara de nadie, o de cualquiera, en la que los hablantes o los oyentes son meras maquinitas de preguntar, de opinar, y de responder. Lo que yo oigo, en esos diálogos, no es otra cosa que la socialización en la lengua de los deslenguados, en esa lengua que, según parece, es la más útil para la investigación, para los encuentros
internacionales y, desde luego, queda mucho mejor en los power points y en los debates televisivos.

Además, sabemos que el lenguaje determina el pensamiento y que configura también nuestra experiencia del mundo. Por eso, cuando se imponen ciertos lenguajes, se imponen también ciertos modos de pensamiento (aquellos según los cuales pensar es opinar, o argumentar o, peor aún, cargarse de razón) y ciertas formas de experiencia de lo real. Tengo la sensación de que el aprendizaje de ese lenguaje de nadie, de esa lengua sin voz, es completamente funcional al aprendizaje de ciertas formas de comportamiento. La retórica de la profesionalización, de las competencias, de los procedimientos, construye individuos intercambiables, completamente confundidos con su función, e individuos también constantemente adaptables y readaptables, flexibles que se dice ahora. Por eso el vaciado de la voz es esencial para el vaciado del sujeto y, en definitiva, para que la educación se convierta en un adiestramiento en formas de hacer.

He empezado citando a la Zambrano, y voy a terminar también con ella volviendo a esa cuestión del “temblor de la voz” que ya había aparecido en aquella cita del cansancio en las aulas. En un texto menor, pero muy hermoso, que se llama “La mediación del maestro” María Zambrano se refi ere al instante anterior al empezar a hablar en una clase. El maestro, dice la Zambrano, ocupa su lugar, saca, quizás, algunos libros de la cartera y los pone delante de sí, y justamente ahí, antes de pronunciar palabra, el maestro percibe el silencio y la quietud de la clase, lo que ese silencio y esa quietud tienen de interrogación y de espera, y también de exigencia. En ese momento, el maestro calla un instante y ofrece su presencia antes aún que su palabra. Y ahí María Zambrano dice lo siguiente: “Podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en modo activo. Y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia” [6]. Antes de empezar a hablar, el maestro tiembla. Y ese temblor se deriva de su presencia. De su presencia silenciosa, en ese momento, y de la inminencia de su presencia en lo que va a decir. Eso es seguramente la voz, la presencia en lo que se dice, la presencia de un sujeto que tiembla en lo que dice. Y por eso las aulas son, o han sido a veces, o podrían haber sido, lugares de la voz, porque en ellas los alumnos y los profesores tenían que estar presentes. Tanto en sus palabras como en sus silencios. Quizá, sobre todo, en sus silencios.


Notas


[1] María Zambrano, Claros del bosque. Barcelona. Seix Barral 1977. Pág. 16.

[2] Universitat de Girona. Facultat de Lletres. Noves metodologies, velles ideologies. Reflexions sobre la
docència universitària en el marc de la creació d’un espai europeu d’educació superior. (Mimeo).

[3] José Luis Pardo, “Carne de palabras” en N. Fernández Quesada (Ed.), José Ángel Valente. Anatomía de
la palabra. Valencia. Pre.textos 2000. Pág. 190.

[4] Peter Handke, Ensayo sobre el cansancio. Madrid. Alianza 1990. Págs. 13-14.

[5] Peter Handke, La pérdida de la imagen, o por la sierra de Gredos. Madrid. Alianza 2003. Págs. 108-
109.


[6] María Zambrano, “La mediación del maestro” en J. Larrosa y S. Fenoy (Eds.), María Zambrano: L’art
de les mediacions (Textos pedagògics). Barcelona. Publicacions de la Universitat de Barcelona 2002.
Pág. 112.

martes, 14 de diciembre de 2010

Las palabras y las cosas. Michel Foucault (Fragmento)

Hoy presentamos un fragmento de un texto emblemático del teórico y creador francés Michel Foucault (1926-1984). Nos interesa porque, en él, Foucault reflexiona en torno al lenguaje, su articulación -tanto desde la perspectiva sintagmática-paradigmática así como desde la filológica- logrando construir un discurso sustentado en la tradición europea gramatical que parte desde los gramáticos de Port-Royal hasta los filólogos, filósofos y lingüistas del siglo XIX, pero que trasciende la mera reflexión gramatical para constituise en un discurso que celebra y reivindica  las posibilidades de (re) creación del lenguaje. 





Fragmento de LAS PALABRAS Y LAS COSAS. 

Michel Foucault


3. LA TEORÍA DEL VERBO

La proposición es, con respecto al lenguaje, lo que la representación con respecto al pensamiento: su forma más general y más elemental, dado que, a partir del momento en que se la descompone, no se encuentra
ya más el discurso sino sólo sus elementos como otros tantos materiales dispersos. Por debajo de la proposición se encuentran las palabras, pero el lenguaje no se cumple en ellas. Es verdad que, originalmente, el hombre sólo producía simples gritos, pero éstos no empezaron a ser lenguaje sino el día en que encerraron —aunque sólo fuera en el interior de su monosílabo— una relación que pertenecía al orden de la proposición. 
El aullido del hombre primitivo que se debate no se convierte en verdadera palabra mientras no es más que
expresión lateral de su sufrimiento y si vale por un juicio o una declaración del tipo: "me ahogo"28 Lo que erige a la palabra como tal y la sostiene por encima de los gritos y de los ruidos, es la proposición
oculta en ella. El salvaje del Aveyron no llegó a hablar porque, para él, las palabras siguieron siendo marcas sonoras de las cosas y de las impresiones que producían en su espíritu; no recibieron el valor de la proposición. Podía pronunciar muy bien la palabra "leche" ante el tazón que le era ofrecido; pero esto no era sino "la expresión confusa de ese líquido alimenticio, del recipiente que lo contenía y del deseo de que era objeto";29 la oalabra nunca se convirtió en signo representativo de la cosa, pues nunca quiso decir que
la leche estaba caliente, lista o era esperada. En efecto, es la proposición la que separa el signo sonoro de sus valores inmediatos de expresión y la instaura, de modo soberano, en su posibilidad lingüística.
Para el pensamiento clásico, el lenguaje comienza donde no hay ya expresión, sino discurso. Cuando se dice "no", no se traduce el rechazo por un grito; se encierra en una palabra "toda una proposición: ...no oigo eso o no creo eso".30 "Vayamos directamente a la proposición, objeto esencial de la gramática."31 Allí todas las funciones del lenguaje son remitidas a tres elementos únicos que son indispensables para formar una proposición: el sujeto, el atributo y su enlace. Además, el sujeto y el atributo son de la misma naturaleza, ya que la proposición afirma que el uno es idéntico o pertenece al otro: así, pues, les es posible, en
ciertas condiciones, cambiar sus funciones. La única diferencia, si bien decisiva, es la que manifiesta la irreductibilidad del verbo: "en toda proposición —dice Hobbes32— deben considerarse tres cosas: a
saber los dos nombres, sujeto y predicado y el enlace o la cópula. Los dos nombres despiertan en el espíritu la idea de una misma y única cosa, pero la cópula hace nacer la idea de la causa por la cual estos
nombres han sido impuestos a estas cosas". El verbo es la condición indispensable de todo discurso: y cuando no existe, cuando menos de manera virtual, no es posible decir que haya un lenguaje. Las proposiciones nominales encubren siempre la presencia invisible de un verbo y Adam Smith 33 cree que, en su forma primitiva, el lenguaje no se componía más que de verbos impersonales (del tipo: "llueve" o "truena") y que, a partir de este núcleo verbal se fueron separando todas las otras partes del discurso, como otras tantas precisiones derivadas y secundarias. El umbral del lenguaje se encuentra donde surge el verbo. Es, pues, necesario tratar éste como un ser mixto, que es, a la vez, palabra entre las palabras, apresado por las mismas reglas y que, como ellas, obedece a las leyes de régimen y concordancia; y después, en alejamiento de todas ellas, en una región que no es la de lo hablado, sino aquella de lo que se habla. Está en el límite del
discurso, en el borde de lo que se dice y lo que es dicho, justo ahí donde los signos están en vías de convertirse en lenguaje.
Y es justo esta función la que hay que plantearse como interrogación —despojándola de lo que no ha dejado de recargarla y oscurecerla. No hay que detenerse, con Aristóteles, en el hecho de que el verbo significa los tiempos (muchas otras palabras, adverbios, adjetivos, nombres, pueden tener significaciones temporales). Tampoco hay que detenerse, como lo hizo Escalígero, en el hecho de que expresa acciones o pasiones, en tanto que los nombres designan las cosas, y permanentes (ya que existe justo este nombre mismo de "acción"). No hay que dar importancia, como lo hacía Buxtorf, a las diferentes personas del verbo, pues ciertos pronombres tienen también la propiedad de designarlas. Sino hacer salir a la luz plena de inmediato
aquello que lo constituye: el verbo afirma, es decir, indica "que el discurso en el que se emplea esta palabra es el discurso de un hombre que no concibe sólo los nombres, sino que los juzga".34 Existe la proposición —y el discurso— cuando se afirma un enlace de atribución entre dos cosas, cuando se dice que esto es aquello.35 Toda la especie de los verbos se remite a uno solo, el que significa ser. Todos los otros se sirven secretamente de esta función única, pero la han recubierto de determinaciones que la ocultan: se le han agregado atributos y en vez de decir, "yo soy cantante", se dice, "yo canto"; se le han agregado indicaciones de tiempo y en vez de decir, "antes, yo soy cantante", se dice "yo cantaba"; por último, algunas lenguas
han integrado el sujeto mismo con el verbo y así los latinos no decían: ego vivit, sino vivo. Todo esto no es más que un depósito y una sedimentación en torno y por encima de una función verbal absolutamente pequeña, aunque esencial: "no existe más que el verbo ser ... que ha permanecido en esta simplicidad".36 Toda la esencia del lenguaje se recoge en esta palabra singular. Sin ella, todo hubiera permanecido silencioso y los hombres, como ciertos animales, habrían podido hacer uso de su voz, pero ninguno de esos gritos lanzados en la espesura hubiera eslabonado jamás la gran cadena del lenguaje.
En la época clásica, el ser en bruto del lenguaje —esta masa de signos depositada en el mundo para ejercer allí nuestra interrogación— se borró, pero el lenguaje anudó nuevas relaciones con el ser, más difíciles de apresar ya que el lenguaje lo enuncia y lo reúne por medio de una palabra; lo afirma desde el interior de sí mismo, y, sin embargo, no podría existir como lenguaje si esta palabra, por sí sola, no sostuviera de antemano todo posible discurso. Sin una manera de designar al ser, no habría lenguaje; pero sin lenguaje, no habría el
verbo ser, que sólo es una parte de aquél. Esta simple palabra es el ser representado en el lenguaje; pero es también el ser representativo del lenguaje —aquello que, al permitirle afirmar lo que dice, lo hace susceptible de verdad o de error. Y por ello es diferente de todos los signos que pueden ser conformes, fíeles, ajustados o no a lo que designan, pero que no son jamás verdaderos o falsos. El lenguaje es, de un cabo a otro, discurso, gracias a este poder singular de una palabra que hace pasar el sistema de signos hacia el ser de lo que se significa.
Pero, ¿de dónde procede este poder? ¿Y cuál es el sentido que, desbordando las palabras, fundamenta la proposición? Los gramáticos de Port-Royal decían que el sentido del verbo era afirmar. Lo que indicaba muy bien en qué región del lenguaje estaba su privilegio absoluto, pero no en qué consistía. No es necesario comprender que el verbo ser contiene la idea de afirmación, pues esta palabra misma, afirmación, y el vocablo sí la contienen también;37 es más bien la afirmación de la idea lo que queda asegurado por ella. Pero, afirmar una idea ¿equivale a enunciar su existencia? Esto es lo que piensa Bauzée que encuentra en ello una razón para que el verbo haya recibido en su forma las variaciones del tiempo: pues la esencia de las cosas no cambia, lo único que aparece y desaparece es su existencia, sólo ella tiene un pasado y un futuro.38 A lo que Condillac pudiera observar que si la existencia puede ser retirada de las cosas, no es más que un atributo y que el verbo puede afirmar la muerte tanto como la existencia. Lo único que afirma el verbo es la coexistencia de dos representaciones: por ejemplo, la de verdor y la de árbol, la del hombre y la de la existencia o la de la muerte; por ello, los tiempos de los verbos no indican aquel en el cual las cosas han
existido en lo absoluto, sino un sistema relativo de anterioridad o de simultaneidad de las cosas entre sí.39 En efecto, la coexistencia no es un atributo de la cosa misma, sino que sólo es una forma de la representación: decir que lo verde y el árbol coexisten es decir que están ligados en todas las impresiones que recibo o, cuando menos, en la mayor parte de ellas.
Tanto que el verbo ser tendría por función esencial el relacionar todo el lenguaje con la representación que designa. El ser hacia el cual desborda los signos no es, ni más ni menos, que el ser del pensamiento.
Al comparar el lenguaje con un cuadro, un gramático de fines del siglo xviii definió los nombres como formas, los adjetivos como colores y el verbo como la tela misma sobre la cual aparecen. Tela invisible, totalmente recubierta por el colorido y el dibujo de las palabras, pero que da al lenguaje el lugar donde puede hacer
valer su pintura; lo que el verbo designa es, en última instancia, el carácter representativo del lenguaje, el hecho de que tenga su lugar en el pensamiento y de que la única palabra que pueda franquear el limite de los signos y fundamentarlos en verdad, no alcanza nunca más que a la representación misma. Tanto que la función del verbo está identificada con el modo de existencia del lenguaje, que recorre en toda su extensión: hablar es, a la vez, representar por medio de signos y dar a éstos una forma sintética dominada por el verbo. Como dice Destutt, el verbo es la atribución: el soporte y la forma de todos los atributos: "el verbo ser se encuentra en todas las proposiciones, porque no se puede decir que una cosa sea de tal manera sin decir, en consecuencia, que es... Pero esta palabra es, que aparece en todas las proposiciones y siempre forma parte del atributo, es siempre su principio y su base, es el atributo general y común".40
Vemos cómo, una vez llegada a este punto de generalidad, la función del verbo no podrá hacer otra cosa que disociarse, ya que desaparecerá el dominio unitario de la gramática general. En el momento en que se libere la dimensión de lo gramatical puro, la proposición no será ya más que una unidad de sintaxis. El verbo figurará
allí entre las otras palabras con su propio sistema de concordancia, de reflexiones y de régimen. Y en el otro extremo, aparecerá el poder de manifestación del lenguaje en una cuestión autónoma, más arcaica que la gramática. Y durante todo el siglo xix, se preguntará al lenguaje acerca de su naturaleza enigmática de verbo: ahí donde está más cercano al ser, donde es más capaz de nombrarlo, de trasmitir o de hacer centellear su sentido fundamental, de hacerlo absolutamente manifiesto. De Hegel a Mallarmé, este asombró ante las
relaciones entre el ser y el lenguaje balanceará la reintroducción del verbo en el orden homogéneo de las funciones gramaticales.


4. LA ARTICULACIÓN

El verbo ser, mezcla de atribución y de afirmación, encrucijada del discurso sobre la posibilidad primera y radical de hablar, define el primer invariable de la proposición, que es el más fundamental. Al lado de él, de una parte y de otra, elementos: partes del discurso o de la "oración". Estos terrenos son indiferentes aún y sólo están determinados por la figura pequeña, casi imperceptible y central, que designa el ser; funcionan en torno a este "judicator" como la cosa que ha de ser juzgada —el judicando y la cosa juzgada— el judicado41
¿Cómo puede transformarse este dibujo puro de la proposición en frases distintas? ¿Cómo puede el discurso enunciar todo el contenido de una representación? Porque está hecho de palabras que nombran, parte por parte, a lo que se da a la representación.
La palabra designa, es decir, que en su naturaleza misma es nombre. Nombre propio ya que está dirigido hacia tal representación y hacia ninguna otra. Tanto que, frente a la uniformidad del verbo —que nunca es más que el enunciado universal de la atribución— los nombres pululan al infinito. Debería haber tantos como cosas por nombrar. Pero cada nombre estaría así tan fuertemente enlazado con la única representación que designa, que no se podría formular la más mínima atribución; y el lenguaje recaería por debajo de sí mismo: "si no tuviéramos más sustantivos que los nombres propios, habría que multiplicarlos sin fin. Estas palabras, cuya multitud sobrecargaría la memoria, no pondrían ningún orden en los objetos de nuestro conocimiento ni, en consecuencia, en nuestras ideas, y todos nuestros discursos quedarían en la mayor confusión".42 Los
nombres no pueden funcionar en la frase y permitir la atribución a no ser que uno de los dos (el atributo, por lo menos) designe cualquier elemento común a varias representaciones. La generalidad del nombre es tan necesaria para las partes del discurso como la designación del ser para !a forma de la proposición.
Esta generalidad puede adquirirse de dos maneras. O bien por una articulación horizontal, que agrupa a los individuos que tienen entre sí cierta identidad y separa a los que son diferentes; forma así una generalización sucesiva de grupos cada vez más grandes (y cada vez menos numerosos); puede también subdividirlos casi al infinito por nuevas distinciones y volver así al nombre propio del que forma parte;43 todo el orden de las coordinaciones y de las subordinaciones está recubierto por el lenguaje y cada uno de estos puntos figura allí
con su nombre: del individuo a la especie, después de ésta al género y a la clase, el lenguaje se articula exactamente sobre el dominio de las generalidades crecientes; esta función taxinómica es manifestada,
en el lenguaje, por los sustantivos: se dice, un animal, un cuadrúpedo, un perro, un perro de aguas." O bien por una articulación vertical —ligada a la primera, pues son indispensables una a otra—; esta segunda articulación distingue las cosas que subsisten por sí mismas de aquellas —modificaciones, rasgos, accidentes o caracteres— que nunca pueden encontrarse en estado independiente: en la profundidad, las sustancias; en la superficie, las cualidades; este corte —esta metafísica, como decía Adam Smith 45— se manifiesta en el
discurso por la presencia de adjetivos que designan, en la representación, todo aquello que no puede subsistir por sí. La primera articulación del lenguaje (si ponemos aparte el verbo ser que es condición lo mismo que parte del discurso) se hace, pues, según dos ejes ortogonales: uno va del individuo singular al general; el otro va de la sustancia a la cualidad. En su entrecruzamiento reside el nombre común; en un extremo el nombre propio y en el otro el adjetivo.
Sin embargo, estos dos tipos de representación no distinguen las palabras entre sí más que en la medida exacta en que la representación es analizada a partir de este mismo modelo. Como dicen los autores de Port-Royal: las palabras "que significan las cosas se llaman nombres sustantivos, como tierra, sol. Los que significan las maneras, señalando al mismo tiempo al sujeto al que convienen, se llaman nombres adjetivos, como bueno, justo, redondo".46 Entre la articulación del lenguaje y la de la representación hay, no obstante, un juego. Cuando hablamos de "blancura", designamos desde luego una cualidad, pero la designamos por medio de un sustantivo: cuando hablamos de los "humanos", utilizamos un adjetivo para designar a individuos que subsisten por sí mismos. Este deslizamiento no indica que el lenguaje obedezca leyes distintas a las de la representación: sino, por el contrario, que tiene consigo mismo, y en su espesor propio, relaciones idénticas a las de la representación. ¿Acaso no es, en efecto, una representación desdoblada y no tiene el poder de combinar con los elementos de la representación distinta de la primera, si bien no tiene otra función y sentido que representarla? Si el discurso se apodera del adjetivo que designa una modificación y le da valor en el interior de la frase como la sustancia misma de la proposición, entonces el adjetivo se convierte en sustantivo; por el contrarío, el nombre que se comporta como un accidente dentro de la frase se convierte, a su vez, en adjetivo, aunque designe, como de pasada, sustancias. "Porque la sustancia es lo que subaste por sí mismo, se ha llamado sustantivos a todas las palabras que subsisten por sí mismas en el discurso, aun cuando signifiquen accidentes.
Y, por el contrario, se llama adjetivos a aquellas que significan sustancias, cuando, por su manera de significar, deben unirse a otros nombres en el discurso".47 Los elementos de la proposición tienen entre sí relaciones idénticas a las de la representación; pero esta identidad no está asegurada punto por punto de suerte que toda sustancia sería designada por un sustantivo y todo accidente por un adjetivo.
Se trata de una identidad global y de naturaleza: la proposición es una representación; se articula según los mismos modos que ella; pero le pertenece el poder de articular de una manera u otra la representación que ella transforma en discurso. Es, en sí misma, una representación que articula otra, con una posibilidad de desplazamiento que constituye, a la vez, la libertad del discurso y la diferencia de las lenguas.
Tal es la primera capa de articulación: la más superficial, en todo caso, la más aparente. A partir de ahora, todo puede convertirse en discurso. Pero en un lenguaje poco diferenciado no se dispone todavía, para destacar los nombres, sino de la monotonía del verbo ser y de su función atributiva. Ahora bien, los elementos de la representación se articulan de acuerdo con una red de relaciones complejas (sucesión, subordinación, consecuencia) que es necesario hacer pasar a través del lenguaje a fin de que éste se haga
realmente representativo. De allí, todas las palabras, sílabas y aun letras que, circulando entre los nombres y los verbos, deben designar esas ideas que Port-Royal llamaba "accesorias";48 son necesarias las preposiciones y las conjunciones; son necesarios los signos de sintaxis que indican las relaciones de identidad o de concordancia, y los de dependencia o de régimen:49 marcas de plural o de género, casos de las declinaciones; hacen falta, por último, palabras que relacionen los nombres comunes con los individuos que designan —esos artículos o esos demostrativos que Lemercier Ilamaba "concretores" o "desabstractores".
50 Tal multitud de palabras constituye una articulación inferior a la unidad del nombre (sustantivo o adjetivo) tal como es requerida por la forma desnuda de la proposición: ninguna de ellas tiene, para sí y en estado de aislamiento, un contenido representativo que esté fijo y determinado; no recubren una idea —ni siquiera accesoria— sino una vez que se ha ligado a otras palabras; en tanto que los nombres y los verbos son "significados absolutos", ellas no tienen significación a no ser de un modo relativo.51 Sin duda alguna, se
dirigen a la representación; no existen sino en la medida en que ésta, al analizarse, deja ver la red interior de esas relaciones; pero ellas mismas no tienen más valor que el que les da el conjunto gramatical del que forman parte. Establecen una articulación nueva y de naturaleza mixta en el lenguaje, articulación que es, a la vez, representativa y gramatical, sin que ninguno de estos dos órdenes pueda dominar exactamente al otro.
He aquí que la frase se puebla de elementos sintácticos que tienen un corte más fino que las grandes figuras de la proposición. Este nuevo corte pone a la gramática general ante la necesidad de una elección: o bien proseguir el análisis por debajo de la unidad nominal y hacer aparecer, antes de la significación, los elementos insignificantes de los que está construida, o bien reducir por una marcha regresiva esta unidad nominal, reconocerle medidas más restringidas y volver a encontrar la eficacia representativa por debajo de las palabras plenas, en las partículas, en las sílabas y hasta en las letras mismas.
Estas posibilidades se abren —más bien, son prescritas— desde el momento en que la teoría de las lenguas se da por objeto al discurso y al análisis de sus valores representativos. Definen el punto de herejía que comparte la gramática del siglo xviii. "¿Supondremos —dice Harris— que toda definición es, lo mismo
que el cuerpo, divisible en una infinidad de significaciones distintas, divisibles ellas mismas al infinito? Esto sería un absurdo; es completamente necesario admitir que hay sonidos significativos, ninguna de cuyas partes puede tener significación por sí misma." 52 La significación desaparece desde el momento en que los valores representativos de las palabras son disociados o suspendidos: en su independencia, aparecen materiales que no son articulados por el pensamiento y cuyos lazos no pueden remitirse a los del discurso. Hay una
"mecánica" propia de las concordancias, de los regímenes, de las flexiones, de las sílabas y de los sonidos, y ningún valor representativo puede dar cuenta de esta mecánica. Es necesario tratar el idioma como a esas máquinas que se perfeccionan poco a poco:53 en su forma más simple la frase sólo está compuesta por un sujeto, un verbo y un atributo; y toda adición de sentido exige una proposición nueva y completa; así las máquinas más rudimentarias suponen principios de movimiento que son diferentes para cada uno de sus órganos. Pero al perfeccionarse, someten a un único y mismo principio todos sus órganos, que no son ya más que intermediarios, medios de transformación, puntos de aplicación; asimismo, al perfeccionarse, las lenguas
hacen pasar el sentido de una proposición por órganos gramaticales que, en sí mismos, no tienen valor representativo y cuyo papel es precisar, enlazar los elementos, indicar sus determinaciones actuales.
En una frase y de un solo golpe se pueden marcar las relaciones de tiempo, de consecuencia, de posesión, de localización que entran en la serie sujeto-verbo-atributo, pero no pueden ser cercados por una distinción tan vasta. De allí la importancia que tomaron, con Bauzée,54 las teorías del complemento, de la subordinación. De allí también el papel cada vez mayor de la sintaxis; en la época de Port-Royal, ésta era identificada con la construcción y el orden de las palabras, así, pues, con el desarrollo interior de la proposición;55 con Sicard
se hizo independiente: es ella la "que ordena su forma propia a cada palabra".58 Así se esboza la autonomía de lo gramatical, tal como será definida, al terminar el siglo, por Sylvestre de Saci, que, junto con Sicard, es el primero en distinguir el análisis lógico de la proposición y el gramatical de la frase.57
Comprendemos por qué los análisis de este género quedaron suspendidos en tanto que el discurso se convirtió en el objeto de la gramática; desde que se llegó a una capa de la articulación en la que los
valores representativos se deshacían en polvo, se pasó al otro lado de la gramática, aquel en el que no tenía presa, en un dominio que era el del uso y de la historia —la sintaxis, en el siglo xviii, era considerada como el lugar arbitrario en el que desplegaban sus fantasías los hábitos de cada pueblo.58
En todo caso, en el siglo xviii, no podían ser más que posibilidades abstractas y no prefiguraciones de lo que llegaría a ser la filología, solo eran la rama no privilegiada de una elección. Frente a esto, a partir del mismo punto de herejía, vemos desarrollarse una reflexión que, para nosotros y para la ciencia del lenguaje que hemos construido desde el siglo xix, está desprovista de valor, pero que, sin embargo, permite mantener todo el análisis de los signos verbales en el interior del discurso. Y que, por este recubrimiento exacto, formaba parte de las figuras positivas del saber. Se buscaba la oscura función nominal que se creía investida y oculta en estas palabras, en estas sílabas, en estas flexiones, en estas letras que el análisis de la proposición, demasiado laxo, dejaba pasar a través de su criba. Después de todo, como señalaban los autores de Port-Royal, todas las partículas del enlace tienen un cierto contenido ya que representan la manera en que se enlazan los objetos y aquella en que se encadenan en nuestras representaciones. 59 ¿Acaso no es de suponerse que tengan nombres lo mismo que todas las demás? Pero en vez de sustituir objetos, han tomado
el lugar de los gestos por medio de los cuales los hombres los indican o simulan sus lazos y su sucesión.60 Son estas palabras las que o bien han perdido poco a poco su sentido propio (en efecto, éste no siempre
era visible, ya que estaba ligado a los gestos, al cuerpo y a la situación del locutor) o bien se han incorporado a otras palabras en las que encuentran un apoyo estable y a las que, en cambio, ellas proporcionan todo un sistema de modificaciones.61 Tanto que todas las palabras, sean las que fueren, son nombres adormecidos: los verbos han añadido nombres adjetivos al verbo ser; las conjunciones y las preposiciones son los nombres de gestos inmóviles de ahí en adelante; las declinaciones y las conjugaciones no son otra cosa que nombres absorbidos.
Ahora, las palabras pueden abrirse y liberar el vuelo de todos los nombres depositados en ellas. Como dice Le Bel a título de principio fundamental del análisis, "no hay ensamblaje en el que las partes no hayan existido por separado antes de ser ensambladas",62 lo que le permitía reducir todas las palabras a elementos silábicos en los que reaparecen al fin. los viejos nombres olvidados —los únicos vocablos que tuvieron posibilidad de existir al lado del verbo ser: Romulus, por ejemplo,63 viene de Roma y de moliri (construir); y Roma viene
de Ro, que designaba la fuerza (Robur) y de Ma, que indicaba grandeza (magnus). De la misma manera, Thiébault descubre en "abandonar" tres significaciones latentes: a, que "presenta la idea de la tendencia o del destino de una cosa hacia otra"; ban, que "da la idea de la totalidad del cuerpo social", y do, que indica "el acto por el cual uno se desliga de una cosa".64
Y si es necesario llegar, por debajo de las sílabas, hasta las letras mismas, se recogerán allí los valores de una denominación rudimentaria.
A esto se entregó maravillosamente Court de Gébelin, para su mayor y más perecedera gloria; "el toque labial, el más fácil de poner en juego, el más dulce, el más gracioso, sirve para designar los primeros
seres que el hombre conoce, aquellos que lo rodean y a los que debe todo" (papá, mamá, beso). En cambio, "los dientes son tan duros como móviles y flexibles los labios; las entonaciones que de ellos proceden son fuertes, sonoras, ruidosas... Gracias al toque dental truena, retiñe, tiembla; por medio de él se designan los tambores, los timbales, las trompetas". A su vez, las vocales, aisladas, pueden desplegar el secreto de los nombres milenarios en los que el uso las ha encerrado: A por la posesión (haber), E por la existencia, I por el
poderío, O por el asombro (los ojos se redondean), U por la humedad y, por ello, el humor.65 Y quizá, en la cavidad más antigua de nuestra historia, consonantes y vocales, distinguidas únicamente de acuerdo con dos grupos confusos, formaban algo así como los dos únicos nombres articulados por el lenguaje humano: las vocales cantantes hablaban de las pasiones; las rudas consonantes de las necesidades. 66 Se puede distinguir aún entre el habla áspera del norte —bosque de las guturales, del hambre y del frío— y las lenguas meridionales, hechas todas de vocales, nacidas del encuentro matinal de los pastores, cuando "surgían del puro cristal de las fuentes los primeros fuegos del amor".
En todo su espesor y hasta los sonidos más arcaicos que por primera vez lo arrancaron del grito, el lenguaje conserva su función representativa; en cada una de sus articulaciones, desde el principio de los tiempos, ha nombrado. En sí mismo no es más que un inmenso rumor de denominaciones que se cubren, se encierran, se ocultan y, sin embargo, se mantienen para permitir analizar o componer las representaciones más complejas. En el interior de las frases, justo allí donde la significación parece tomar un apoyo mudo sobre sílabas
insignificantes, hay siempre una denominación dormida, una forma que tiene encerrada entre sus paredes sonoras el reflejo de una representación invisible y, por ello, imborrable. Para la filología del siglo xix, tales análisis son, en el sentido estricto del término, "letra muerta". Pero no ocurrió lo mismo con respecto a toda una experiencia del lenguaje —primero esotérica y mística, en la época de Saint-Marc, de Reveroni, de Fabre d'Olivet, de Oegger, más adelante literaria una vez que resurge el enigma de la palabra en su ser macizo, con Mallarmé, Roussel, Leiris o Ponge. La idea de que, al destruir las palabras, éstas no son ni ruidos ni puros elementos arbitrarios, sino que lo que se encuentra son otras palabras que, pulverizadas a su
vez, liberan otras —esta idea es a la vez el negativo de toda la ciencia moderna de las lenguas y el mito en el que transcribimos los poderes más oscuros del lenguaje y los más reales. Se debe, sin duda, a que es arbitrario y a que se puede definir en qué condición es significativo, el que el lenguaje pueda convertirse en objeto de la ciencia.
Pero, se debe a que no ha dejado de hablar más allá de sí mismo, a que lo penetran valores inagotables tan lejos como pueda llegarse, el que podamos hablar en él en ese murmullo infinito en el que se anuda la literatura. Mas en la época clásica, la relación no era la misma; las dos figuras se recubrían exactamente: a fin de que el lenguaje fuera comprendido por entero en la forma general de la proposición, era necesario que cada palabra, en la más pequeña de sus partes, fuera una denominación meticulosa.


Notas

28. Destutt de Tracy, Éléments d'Idéologie, t. ii, p. 87.
29. J. Itard, Rapport sur les nouveaux développements de Víctor de l'Aveyron, 1806. Reedición en L. Malson, La Enfants Sauvages, París, 1964, p. 209.
30. Destutt de Tracy, Éléments d'Idéologie, t. ii, p. 60.
31. U. Domergue, Grammaire générale analytique, p. 34.
32. Hobbes, Logic.
33. Adam Smith, Considerations concerning the first formation of languages, trad. francesa cit., p. 421.
34. Logique de Port-Royal, pp. 106-7.
35. Condillac, Grammaire, p. 115.
36. Logique de Port-Royal, p. 107. Cf. Condillac, Grammáire, pp. 132-4. En L'origine des connaisances, se analiza la historia del verbo de una manera algo diferente, pero no asi su función. D. Thiébault, Grammaire philosophique, París, 1802, t.1, p. 216.
37. Cf. Logique de Port-Royal, p. 107 y abate Girard, Les Vrais Principes de la Langue Française, p. 56.
38. Bauzée, Grammaire générale, t. i, pp. 426 ss.
39. Condillac, Grammaire, pp. 185-6.
40. Destutt de Tracy, Éléments d'Idéologie, t. ii, p. 64.
41. U. Domergue, Grammaire générale a analytique, p. 11.
42. Condillac, Grammaire. p. 152.
43. Id. ibid., p. 155.
44. Id., ibid., p. 153. Cf. también Adam Smith, Considerations concerning the first formation of languages, trad. francesa cit., pp. 408-10.
45. A. Smith, loc. cit., p. 410.
46. Logique de Port-Royal, p. 101
47. Logique de Port-Royal, pp. 59-60.
48. Ibid., p. 101.
49. Duclos, Commentaire a la Grammaire de Port-Royd, París, 1754, p. 213.
50. J. B. Lemercier, Lettre sur la possibilité de faire de la grammaire un Art-Science, París, 1806, pp. 63-5.
51. Harris, Hermes, pp. 30-1 (cf. también Adam Smith, Considerations conccrning the first formation of languages, trad. francesa cit., pp 408-9).
52. Id., ibid, p. 57.
53. Id., ibid., pp. 430-1
54. Bauzée (Grammaire générale) emplea, por primera vez, el término "complemento".
55. Logique de Port-Royal, pp. 117ss.
56. Abate Sicard, Éléments de la grammaire générale, t. ii, p. 2.
57. Sylvestre de Saci, Principes de grammaire générale, 1799. Cf. también U. Domergue, Grammaire générale analytique, pp. 29-30.
58. Cf., por ejemplo, al abate Girard, Les Vraies Principes de la Langue Française, París, 1747, pp. 82-3.
59. Logique de Port-Royal, p. 59.
60. Batteaux, Nouvel examen du pré jugé de l'inversion, pp. 23-4
61. Id., ibid., pp. 24-8.
62. Le Bel, Anatomie de la langue latine, París, 1764, p 24
63. Id., ibid., p. 8.
64. D. Thiébault, Grammaire philosophique. París, 1802, pp. 172-3.
65. Court de Gébelin, Histoire naturelle de la parole, ed. de 1816, pp. 98-104.
66. Rousseau, Essai sur I'origine des Zangues, Oeuvres, ed. de 1826, t. xiii, pp. 144-51, y 188-92.






martes, 30 de noviembre de 2010

Algunas minucias del lenguaje. José G. Moreno de Alba

Hoy publicamos algunas minucias del lenguaje del estudioso mexicano José G. Moreno de Alba. Éste es un lingüista, filólogo, investigador y académico nacido en Jalisco, México, en 1940.

Acá presentamos una breve ficha biobliográfica del autor.


Realizó sus primeros estudios en Aguascalientes, Aguascalientes. Se trasladó a la Ciudad de México en donde ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en donde obtuvo la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en 1968. Realizó la maestría en Lingüística Hispánica en 1970 y el doctorado en la misma especialidad en 1975.

Cursó estudios de posgrado en Fonología y Fonética en 1967, Semántica y Dialectología en 1968, Contacto de Lenguas en 1969, Dialecto andaluz en 1970, Tagmémica en 1971, Transformaciones en 1972, y Lingüística contemporánea en 1975 en el Centro de Lingüística Hispánica de la UNAM. Durante 1970, en El Colegio de México estudió Entonación Hispánica y Dialectología General.

Investigador emérito del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Como profesor invitado ha impartido cursos en dieciocho universidades en Gran Bretaña, Francia, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Países Bajos. De 1969 a 1973 fue profesor de Filología Hispánica y de Español Superior en la Universidad Iberoamericana y de 1986 a 1989 fue profesor visitante en El Colegio de México.

Ingresó como miembro de número a la Academia Mexicana de la Lengua el 10 de marzo de 1978, ocupando la silla XV, fue censor de 1992 a 2000, bibliotecario de 2000 a 2003 y desde 2003 se desempeña como director. Desde 1983 es miembro de la Asociación Internacional de Hispanistas. Dentro de la UNAM ha dirigido el Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras, la Facultad de Filosofía y Letras y el Centro de Enseñanza Para Extranjeros. De 1991 a 1999 fue director de la Biblioteca Nacional de México. En 1996, fue nombrado secretario de la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina (ALFAL). Es investigador nacional emérito del Sistema Nacional de Investigadores. (Fuente: Wikipedia).

Algunos de los textos de José G. Moreno de Alba

• Valores de las formas verbales en el español de México en 1978.
• Morfología derivativa nominal en el español mexicano de 1986.
• El español en América en 1991.
• Minucias del lenguaje en 1992.
• Diferencias léxicas entre España y América en 1992.
• La pronunciación del español de México en 1994.
• Nuevas minucias del lenguaje en 1996.
• La prefijación del español mexicano en 1996.





Presentamos algunos textos provenientes de sus Minucias del lenguaje,  Nuevas minucias del lenguaje y Suma de minucias del lenguaje. Todos ellos recuperados de la página web del Fondo de Cultura Económica (http://www.fondodeculturaeconomica.com), sello editorial que ha publicado gran parte de su obra.




Los textos que se anexan tienen la peculiaridad de tratar asuntos propios de la lengua y su uso, pero con el énfasis puesto en la sencillez y la brevedad de la exposición, la útil ilustración de los casos tratados en textos concretos, el riguroso proceso de documentación y la reflexión basada en hipótesis sobre la procedencia, uso y evolución de los vocablos revisados; tareas éstas que identifican y peculiarizan la labor filológica de José G. Moreno de Alba y la hacen acorde para un público diverso, tanto para el estudioso o especialista como para el estudiante y el lector interesado en estos asuntos.



La palabra minucia proviene del término latino minutia, pequeñez. En latín se refería al polvillo o la partícula minúscula que se posaba sobre las cosas. Moreno de Alba aprovecha el sentido de la palabra para reflexionar a partir de 'pequeñeces' propias de nuestro uso de la lengua castellana, centrando sus razonamientos en el empleo de palabras, su evolución evidenciada y registrada en la literatura escrita en español, en diccionarios diversos y, también, en el uso cotidiano que ejercemos de nuestro idioma.

Sin más dilación acá están algunas minucias del lenguaje según Moreno de Alba:



autobús / camión

En México, al vehículo automóvil de transporte público y trayecto fijo —tanto al que hace el servicio dentro de los límites de una ciudad cuanto al que comunica entre sí varias ciudades— se le llama, como en la mayor parte del mundo hispánico, autobús; pero también, y quizá con más frecuencia, camión. En el español general, por lo contrario, se llama camión sólo al vehículo de cuatro o más ruedas que se usa para transportar grandes cargas. Obviamente, también en México se llama camión a ese tipo de vehículo. Ello no impide sin embargo que al que transporta personas se le designe con el mismo vocablo. Ya me he referido en otra nota al origen de la voz autobús. El término camión, por su parte, procede del francés (camion), lengua en la que desde hace mucho tiempo alude a una “especie de carro fuerte, usado modernamente para transportar cargas o fardos grandes o muy pesados, desde los muelles en los puertos y desde las estaciones de los ferrocarriles, a sus respectivos destinos” (duodécima edición, 1884, del Diccionario académico). Desde las primeras décadas del siglo pasado deja de ser un simple “carro” y pasa a ser vehículo automóvil.

No he encontrado ningún dato o noticia que explique satisfactoriamente la razón por la que, sólo en México, a los autobuses se les llama también camiones. Repito: no los he hallado, lo que no significa que no existan. Algunas explicaciones que he leído no me parecen convincentes. Por ejemplo, Santamaría, en su Diccionario de mejicanismos, sobre camión, escribe: “Automóvil propio para mucha carga, por lo cual también se usa para conducir pasajeros”. No comprendo bien: ¿puesto que puede llevar mucha carga también conduce pasajeros simultáneamente?, ¿algunos camiones se adaptan para llevar, en lugar de carga, pasajeros? A reserva de que alguien me proporcione mejores explicaciones o yo mismo las encuentre, aventuro, en las siguientes líneas, una modesta propuesta.

Comienzo señalando que los primeros registros de camión en los textos mexicanos contenidos en el CORDE (Corpus diacrónico del español) corresponden a la novela La luciérnaga (1932), de Mariano Azuela. Supongo que en textos mexicanos anteriores, no recogidos en el CORDE, la voz camión se emplea con el significado de ‘vehículo de carga’. Lo curioso es que, en éste, el más antiguo de ese corpus en que aparece la voz camión, tenga ésta el significado de transporte público de pasajeros y no el de vehículo de carga. Vaya un solo ejemplo: “Los agentes estuvieron en tu casa con la orden de embargo a las ocho de la mañana. —Yo qué sé… —A las diez saliste a esperar el paso de tu camión por Donceles… Trepaste y le pediste la yerba a tu ayudante. —Suposiciones…”

¿Por qué al autobús se le llama en México camión? Tal vez se deba —ésta es la hipótesis que me atrevo a proponer— a un cruce de las palabras camión y camioneta (voz que puede explicarse como derivada del español camión o como castellanización del francés camionette), o a una contaminación de uno de los significados de camioneta en la voz camión. Trataré de explicarme. En primer lugar, conviene tener en cuenta que, en algunas variedades geográficas e históricas del español, la palabra camioneta se empleaba —y se emplea todavía— con el significado de ‘autobús’ o de ‘cierto tipo de autobús’. En la vigésima edición (1984) del Diccionario académico, la tercera acepción de camioneta es, literalmente, la siguiente: “En algunas partes designa también el autobús”.

En el diccionario manual de 1989, se anota: “cierta clase de autobús”. Y, finalmente, en la más reciente entrega, la 22ª edición de 2001, la segunda acepción de camioneta es simplemente ‘autobús’.

Los primeros registros de camioneta con el sentido de ‘autobús’ son, en el CORDE, bastante antiguos. Creo que ése es el significado de la voz en el siguiente pasaje del libro Notas marruecas de un soldado (1920), del español Ernesto Giménez Caballero:

Allá queda Tetuán como una bandada de palomas abatida en un collado. Unos pájaros, grandes, preciosos, como ibis, vuelan lentamente bajo el cielo transparente, donde comienzan a revelarse las primeras estrellas. Olor de mar, sutil, nos dilata las ventanillas de las narices. Y la camioneta entra dando tumbos por las calles de Río Martín.

Con este sentido también se documenta la voz en textos paraguayos, chilenos, peruanos… Nada impide pensar que —aunque no se cuenta en el CORDE con registros que comprueben el uso de la voz camioneta con el sentido de ‘autobús’ en textos mexicanos— en alguna época se haya empleado aquí el vocablo con ese significado y que, al poco tiempo, se haya preferido, quizá por su brevedad, camión, palabra próxima a camioneta no sólo por ser de la misma familia, sino por ser además la voz primitiva que, al menos en francés, había dado origen precisamente a la derivada camioneta (camionette). Téngase en cuenta, además, que la designación autobús, según el CORDE, es en México bastante posterior a camión, pues las primeras documentaciones corresponden a la década de 1950.


habemos muchos

EL VERBO HABER PROCEDE DEL LATÍN habere, cuyo primer significado es 'tener'. Con este sentido poco se usa hoy, pues para ello empleamos precisamente la forma tener o poseer. Haber prácticamente se ha limitado a funcionar como auxiliar de los tiempos compuestos (he cantado) y de perífrasis obligativas (he de cantar).

Tiene empero plena vigencia también como unipersonal, en todos los tiempos de la conjugación ("hay, hubo, habrá fiesta"). En este caso, resulta difícil percibir hoy que el verbo haber conserva el sentido primitivo de 'tener' y que así la construcción en que aparece debe analizarse como constituida de sujeto tácito e indefinido, verbo unipersonal y objeto directo, que puede ser singular o plural. En la oración "hubo heladas", el sustantivo heladas es objeto directo de hubo y no su sujeto, que no sólo es gramaticalmente tácito sino semánticamente indefinido. No faltan estudiosos de la filología que encuentran este fenómeno desde el mismo latín ("in arca Noe habuit homines", que quiere decir "en el arca de Noé hubo hombres") El que heladas sea objeto directo en "hubo heladas", y no sujeto, queda plenamente comprobado mediante la permutación por pronombre objetivo directo ("las hubo") y no por pronombre sujetivo (*"ellas hubo").

Siempre ha existido la confusión entre el sentido que el hablante da a este tipo de construcción (el sustantivo como sujeto) y el verdadero valor gramatical (el sustantivo como objeto directo). Ello explica la generalizada tendencia a pluralizar el verbo para así hacerlo concordar con su supuesto sujeto plural (que no es sujeto, sino objeto). Es bastante común, aun en personas cultivadas, oír expresiones como "habían muchos coches", "hubieron varios problemas", pluralizando erróneamente el verbo unipersonal, cuando lo correcto es "*había muchos coches", "*hubo varios problemas". Suele también pluralizarse cualquier verbo auxiliar que acompañe al unipersonal haber: "en el mar *deben de haber hombres así".

Este confundir objeto con sujeto se evidencia cuando un objeto plural tiene carácter inclusivo; es decir, si de alguna manera queda dentro de él el que habla y, en tal caso, no es raro que se produzcan expresiones como "*habemos muchos inconformes", en que no sólo se pluraliza la forma verbal sino que además se modifica la persona gramatical, que pasa de tercera a primera. Nótese que, precisamente por su carácter unipersonal, es imposible usar el verbo haber con matiz inclusivo: si se dice "hay muchos inconformes" no debe necesariamente entenderse que el que habla queda incluido. Es por tanto necesario, si se desea poner énfasis en este carácter inclusivo, hacer uso de otro verbo: "somos muchos los inconformes", por ejemplo.

Este fenómeno de confusión es peculiar de la lengua hablada, aunque también se da en la literatura, particularmente en la sudamericana, como en los siguientes ejemplos (tomados de Charles Kany, en su Sintaxis hispanoamericana): "*Habían varios caballeros en el palenque" (Lynch, argentino); "*Iban a haber juegos de artificios" (Dragi Lucero, argentino); "En el suelo *habían dos hermosos gallos" (Lillo, chileno); "Era reacio al matrimonio como los *hubieron pocos" (Muñoz, chileno); "Antes, por dondequiera *habían casas" (Gallegos, venezolano).


impartir / dictar / dar una conferencia

NO SON POCOS los que creen que si una expresión es usada por todos o casi todos debe ser vista como poco elegante, como vulgar, y se dedican a buscar con ahínco un sustituto más original. A estas personas se les conoce como pedantes, esto es, que hacen alarde inoportuno de erudición. Suelen decir, por ejemplo, "el profesor dictará una conferencia", "el doctor imparte la clase", porque les parece que emplear en estos casos el verbo dar ("dará una conferencia, una clase") resulta, si no impropio, sí al menos corriente.

Impartir es ciertamente sinónimo de dar pero sin duda propio del lenguaje llamado culto, y que si se siente natural en tal o cual texto escrito, no deja de ser chocante en la lengua hablada. Imaginemos a nuestros hijos diciéndonos: "padre, impártenos nuestro domingo". Creo que no hay razón para decir impartir clases si se puede decir dar clases.

El gran filólogo Ángel Rosenblat escribió un sabroso artículo sobre este asunto, en concreto sobre el empleo de dictar por dar. Hacía ver ahí con toda razón que dictar no es lo mismo que dar. Se dicta una ley, un decreto, una orden, pero no una clase ni una conferencia. A ciertos gobernantes no electos se les llama dictadores; a un profesor, es evidente, no. El DRAE, por su parte, explica que dictar tiene los siguientes sentidos: a) Decir uno algo con las pausas necesarias o convenientes para que otro lo vaya escribiendo'; nadie desea una clase o una conferencia así. b) Tratándose de leyes, fallos, preceptos, etcétera, darlos, expedirlos, pronunciarlos'; no es el caso de una clase o conferencia. 'Inspirar, sugerir'; éste es un sentido figurado que nada tiene que ver con dar clases o conferencias.

El mismo Rosenblat defiende la hipótesis de que el empleo de dictar por dar es más antiguo y frecuente en Argentina y Chile que en otros lugares de América (parece ser que es desconocido en España) y que de ahí pudo extenderse. Asimismo, ve como probable origen para el vocablo el italiano (de importante influencia en Argentina), lengua en la que suena absolutamente normal la expresión dettare una conferenza. En México ciertamente se usa hoy dictar por dar en lengua hablada y escrita; sin embargo, sigo creyendo que es más propio lo más sencillo y no lo más rebuscado, y opino, por ende, que es mejor decir dar que impartir o dictar clases.


media tonta / medio tonta

EL FENÓMENO DE LA ADVERBIALIZACIÓN de los adjetivos está bastante estudiado en las gramáticas y es muy común en el español hablado y escrito: juega lento, ven rápido, poco prudente, etc. La Gramática de la Academia de 1962 hacía notar que "los adjetivos usados como adverbios se emplean siempre en la terminación masculina del número singular, que en tal caso viene a ser neutra, por referirse el adjetivo al verbo, que —como sabemos— carece de género".

En el caso de "juega lento", lo que sucede es que el verbo juega se ve modificado por la palabra lento, que en ese contexto y por esa razón funciona como adverbio, es adverbio, a pesar de que en otros enunciados pueda hacer las veces de adjetivo (jugador lento).

Es decir que, estrictamente, desde un punto de vista funcional, la voz lento no es ni adjetivo ni adverbio, sino que funciona como uno o como otro según el contexto, aunque, quizá por razones etimológicas o de frecuencia estadística, el DRAE sólo explica lento(a) como adjetivo, y quizá por ello mismo se hable de adverbialización de adjetivos y no de adjetivización de adverbios.

Sin embargo no es frecuente que se explique en los tratados de morfología y sintaxis un caso, no estrictamente contrario, pero que algunos han designado como adjetivización de adverbios.

En el enunciado "ella es medio tonta", es evidente que la palabra medio funciona como adverbio, porque está modificando al adjetivo tonta, y la única clase de palabras que tiene la función de modificar al adjetivo es el adverbio. Es empero muy frecuente oír la expresión "ella es *media tonta". Debido a que el adverbio carece de género, pudiera verse en este uso un caso de adjetivización de adverbio. Ello sin embargo no es posible, pues se estaría suponiendo que el adjetivo media, que sí tiene género femenino, seguiría modificando al adjetivo tonta, concordando con él en género y número.

Lo que pasa es que, todo purismo aparte, es inaceptable y agramatical el enunciado *media tonta (nadie diría, sea por caso, "ella es *poca elegante"), pues aunque ciertamente existe el adjetivo medio(a) (media naranja, por ejemplo) siempre modificará a un sustantivo, jamás a otro adjetivo, ya que para ello dispone el español precisamente de la categoría adverbial (medio tonta), que carece de género y puede modificar, sin cambiar su terminación, a adjetivos de diverso


indígena


EN UNA CARTA A LA DIRECCIÓN del diario Reforma (23/03/2001), el señor René Fuentes Reyes le recrimina al columnista Sergio Sarmiento el impropio empleo que, a su juicio, hace del vocablo indígena. A la pregunta que se formula Sarmiento ("¿cuántos indígenas hay en la Cocopa?") y que él mismo responde escribiendo: "hasta donde yo sé, ninguno", el señor Fuentes contesta diciendo: "todos los integrantes de la Cocopa son indígenas, lo que los diferencia es el lugar de donde son..." En efecto, todos somos indígenas, de conformidad con el significado que los diccionarios dan a esa voz. El de la Real Academia Española (vigésima primera edición: 1992) explica que indígena significa simplemente: 'originario del país de que se trate'. Lo que podría resultar controvertible es que la voz indígena, en México, se utilice para agredir ("para agredirnos y para marcar diferencias en una sociedad profundamente racista...", escribe René Fuentes). Tengo la impresión de que en el español mexicano desde hace tiempo se viene empleando el término indígena en lugar de indio precisamente porque indio acabó teniendo esas indeseables connotaciones a que se refiere Fuentes Reyes. No dudo de que ahora también indígena se emplee, en determinados contextos y situaciones, con sentido discriminatorio. No es sin embargo acuñando "una expresión que la reemplace" como dejarán de ser discriminados los indios. Cualquier otra designación se empleará para ofender e injuriar si lo que se pretende es la ofensa y la injuria. Recuerdo haber presenciado hace tiempo una riña porque alguien, en México, le gritó algo así como "¡Dejarías de ser mexicano!" a otro que acababa de tirar bolsas de basura en una esquina. En esa situación, en ese contexto, el vocablo mexicano funcionó como una ofensa. Es el empleo de una palabra con ciertos fines, en determinado momento y con tal o cual entonación lo que constituye la ofensa. Nada remediaríamos cambiando la palabra. Lo que debe evitarse es la injuria.

Como argumento para demostrar que en sí misma la palabra indígena tiene connotaciones peyorativas, el autor de la carta que estoy comentando señala que en su computadora se sugieren como sinónimas voces tales como salvaje, antropófago, caníbal, cafre, beduino (además de nativo, aborigen, bárbaro e indio). Sin duda esa computadora tiene incorporado el programa Word, pero en su versión 6.0 correspondiente a los años 83-94. Fue tal el número de críticas que recibió el fabricante por la ínfima calidad de sus instrumentos de corrección lingüística, y muy destacadamente de su pésimo diccionario de sinónimos, que se vieron obligados a modificarlo totalmente. En Word 95 los sinónimos para indígena son nativo, natural y aborigen. En la versión 2000 de Word la lista de sinónimos creció, pero todos resultan más o menos aceptables: nativo, natural, oriundo, originario, aborigen, autóctono, indio, vernáculo, regional. Llama la atención que en la versión intermedia, la 95, entre todos los sinónimos insensatos de la versión anterior, también se haya suprimido uno que debía haberse quedado: indio. Bien hizo en reponerse en la más reciente versión (2000). En efecto, la mayoría de los otros no son sinónimos de indígena ni en el español de México ni en el de ninguna otra parte; en cambio, creo que sí lo es indio, al menos en el español mexicano. Donde se decía o se escribía indio insensiblemente se tiende a decir y a escribir indígena.


accesar

NO FALTA QUIEN PIENSE que no hay necesidad de acudir al neologismo accesar, propio de la jerga computacional, puesto que el español normal cuenta con la forma acceder. Creo, por mi parte, que hay notables diferencias entre uno y otro verbo. El significado reconocido desde hace mucho tiempo para acceder es el de 'consentir en lo que otro quiere’. Sólo hasta la vigésima primera edición la Academia, en su Diccionario, añadió otros sentidos a ese vocablo. Hoy está ya sancionado, sea por caso, el significado de 'tener acceso a un lugar o a una condición superior’. Procede del latín accedere, que significaba 'acercarse’. Se considera parte del léxico español actual el latinismo (el) accésit (tercera persona singular del pretérito de accedere), que tiene hoy el particular significado de 'recompensa inferior inmediata al premio en certámenes científicos o literarios’, es decir, reconocimiento al que se acercó más al primer lugar.

El impedimento para emplear el verbo acceder (en lugar de accesar) en el vocabulario computacional no está tanto en su significado sino en razones de naturaleza sintáctica. Acceder es, según todos los diccionarios, un verbo intransitivo, que se construye sin complemento directo: no puede alguien acceder a alguien (o algo), sino que solamente alguien puede acceder a algo y ese algo no puede ser sujeto pasivo ("el alpinista accedió a la cumbre", pero no *la cumbre fue accedida por el alpinista). En el lenguaje computacional, hasta donde entiendo, el verbo accesar funciona siempre como transitivo, es decir que siempre tiene objeto directo (sujeto en pasiva): accesé la información significa algo así como 'traje hacia mí la información’, 'hice que la información apareciera en la pantalla’, etc. A ello se debe que, con frecuencia, se emplee el participio pasivo de accesar (información accesada) o que el verbo accesar aparezca en voz pasiva (la información fue accesada).

Es obvio que accesar es un anglicismo. En inglés to access significa 'opportunity of reaching or using’ [oportunidad de alcanzar o usar]. Tiene un claro sentido transitivo. Por ello se dice, en español: accesé la información. Todos nos preguntamos si es o no correcto el empleo de accesar en español. Pero parece no existir un verbo español que con precisión equivalga, semántica y sintácticamente, a to access (por ejemplo, allegar, transitivo ciertamente, no tiene ese exacto sentido). Habría necesidad de emplear perífrasis más o menos complicadas y que tampoco son totalmente equivalentes: hacer accesible, por ejemplo. El anglicismo accesar está formado conforme a las reglas morfológicas del español y, lo que es más importante, se emplea cada vez con más amplio frecuencia entre un número mayor de hispanohablantes. Son los hablantes, no los académicos, los que norman la lengua. Y tal vez sea ya el momento de incorporarlo en los diccionarios.


acceder

ESTE VERBO, procedente del latín accedere ('acercarse’), mejor que de ad y cedere (a y 'retirarse’) —como anota el DRAE—, tenía, hasta la decimonovena edición de 1970, sólo el sentido de 'consentir en lo que otro solicita o quiere’, o el de 'ceder uno en su parecer’. Era por ende muy criticado, como galicismo, el uso de acceder con el sentido de 'tener acceso’ a algo: "Fulano accedió al poder", por ejemplo. Obviamente no había inconveniente en decir "Fulano tuvo acceso al poder", porque la voz acceso aparecía ya definida como 'acción de llegar o acercarse’. Otras formas, aceptadas ya en 1970, que incluían el sentido de 'llegar’ eran accesible y accésit (recompensa inferior para el que se acerca al primer lugar de un concurso).

Entre las muchas modificaciones y adiciones de la vigésima edición del DRAE (1984), se cuentan dos acepciones nuevas, la 3 y la 4, en la entrada acceder: 'tener acceso, paso o entrada a un lugar’ y 'tener acceso a una situación, condición o grado superiores, llegar a alcanzarlos’. Como se ve, con estas recién aceptadas definiciones, nada impide decir "Fulano accedió a mi casa" o "Zutano accedió al poder", sin que, naturalmente, dejen de ser correctas otras construcciones como "Fulano accedió a quedarse" ('consintió en’).

Es probable que el valor de acceder como 'llegar’ sea más antiguo en francés que en español y que, por ello, fuera tachado de galicista el uso de este verbo, en español, con ese sentido. Sin embargo, a mi juicio, hay sobradas razones para justificar la adición de estas acepciones en el DRAE: ante todo, el hecho innegable de su cada vez más extendido uso entre hablantes cultos pero, también, la correcta base etimológica sobre la cual se sustentan los significados añadidos, pues el primer sentido que los diccionarios latinos dan siempre al verbo accedere es precisamente 'llegarse, venir, acercarse’.


a / ha / ¡ah! / há


EN OCASIONES UN SIGNO LINGÜÍSTICO (una palabra) puede estar constituido por un solo fonema. Tal es el caso de a, ha, ¡ah!, há, vocablos en los que al fonema /a/ no lo acompaña ningún fonema más (la h es una letra que no representa ni sonido ni fonema). Aparentemente no debería haber dificultad para la ortografía de tales voces: a (sin h) es una preposición; ha es una forma del verbo haber; ah, normalmente acompañado de signos de admiración (¡!), es una interjección; por último, a veces puede encontrarse la forma, antigua y rara, há (con acento), en lugar de ha (de haber), con el valor de hacer ("há mucho tiempo que no te veo"), aunque lo más común es escribirla sin acento (ha). Es notable que aun en el empleo de estos brevísimos vocablos se cometan burdos errores ortográficos. Véanse algunos ejemplos.

Tomo de algunos diarios los siguientes textos: 1) "estar 'out’, lo que *ha estas alturas parece cada día más aconsejable..."; 2) "todos estamos sujetos *ha haber cometido errores"; 3) "¿y qué incidencia *a tenido en su vida ser pelirrojo?"; 4) "criticó a tantos quienes dicen orientar sus esfuerzos sólo *ha obtener la paz y la justicia"; 5) "el rock and roll no *a muerto".

En los incisos 1, 2 y 4 se escribió ha por a, es decir se confundió la preposición con el verbo. Se trata de preposiciones, que no llevan h: a estas alturas, estamos sujetos a, orientar esfuerzos a. Por lo contrario, en el inciso 3 la confusión es al revés, pues se hizo empleo de la preposición en lugar del verbo, que debe escribirse con h: ha tenido. La regla, en resumen, es muy sencilla: llevará h la forma que corresponde al presente del verbo haber (ha); se escribirá sin h la preposición (a).

Una sola observación en relación con la interjección. La vigésima primera edición del DRAE (de 1992) anota la forma ¡ha! como alomorfo, como equivalente ortográfico de ¡ah! Es decir que, según ese autorizado vocabulario, la interjección puede escribirse tanto ¡ah! cuanto ¡ha!: "¡Ah, qué inteligente eres!" y "¡Ha, qué inteligente eres!" Como era de esperarse, prácticamente todos los demás diccionarios, que en buena medida se limitan a transcribir algunos de los artículos y acepciones del DRAE, repiten lo mismo, es decir que anotan, como interjección, la forma ¡ha! En antiguas impresiones del lexicón de la Academia aparece ya esa forma ¡ha! como variante de ¡ah!, como por ejemplo en el de 1925 (decimoquinta edición). Por mi parte opino que, en la norma del español actual (y muy probablemente en la de hace ya mucho tiempo), nadie escribe ¡ha! por ¡ah! Yo recomendaría, para simplificar la ortografía, cosa que muchos veríamos saludable, suprimir el artículo ¡ha! del DRAE.

a ver / haber

NORMALMENTE UN ERROR ORTOGRÁFICO no tiene correspondencia con un error fonológico, es decir que no es frecuente la confusión de fonemas por los hablantes de un determinado dialecto cuando se hace uso de la escritura alfabética que, aunque con evidentes limitaciones, pretende reflejar el sistema fonológico de la lengua. Así, lo que en el español mexicano (y en el americano en general) es simple falta de ortografía (escribir, por ejemplo, "voy a *casar una liebre") puede convertirse, en otro dialecto, en una confusión fonológica: la misma frase, pero escrita por un madrileño, sea por caso, dado que en Madrid la s es un fonema (alveolar) y la z es otro (interdental), lo que en México no sucede pues una y otra letras (o grafías) corresponden a un solo fonema (alveolar). Precisamente la explicación obvia de los errores ortográficos consiste en la equivocación de voces que se pronuncian igual y se escriben de manera diferente, a veces confundiendo vocablos que forman pares de oposiciones fonológico-semánticas (casa/caza, vaya/valla, etc.), a veces dando lugar a grafías inexistentes (*ocación, *jendarme, *avitasión...).

Más raro es que se produzcan faltas de ortografía que involucren a todo un sintagma o conjunto de palabras. No faltan sin embargo algunos casos interesantes. Obsérvense los dos siguientes enunciados: 1) "Vamos *haber quién gana en el partido del domingo"; 2) "¡Qué sabroso es descansar después de *a ver trabajado!" Es claro que en el inciso 1 aparece haber por a ver y que en el 2 está escrito a ver donde debía anotarse haber. Asimismo se habrá notado que la falta ortográfica manifiesta en 1 es mucho más frecuente que la que se ejemplifica en 2. Se trata de confusiones para cuya explicación es necesario atender a las relaciones que guardan entre sí varias palabras (dos en este caso) y por tanto constituyen un tipo de errores para cuya corrección no basta la consulta de un diccionario común (donde hay ciertamente una entrada para haber pero no se consigna una entrada específica para a ver).

Una posible explicación para estos errores ortográficos sintagmáticos podría ser que por lo menos uno de los vocablos involucrados en la confusión no tiene un valor semántico evidente para los hablantes, es decir que en tal caso no hay un significado claro adherido a la imagen gráfica de la palabra. Véase que, en el ejemplo, el infinitivo haber es un simple auxiliar de los tiempos compuestos de la conjugación y que por tanto carece de significado léxico preciso y, en tal caso, no es difícil que los hablantes confundan las grafías haber y a ver. Esto evidentemente se añade al hecho de que la fonética es exactamente la misma en ambos casos, pues, por una parte, tanto la b cuanto la v, desde hace varios siglos, se pronuncian como bilabiales (aunque no falta quien, afectadamente, trate de articular como labiodental la v, error a mi ver tan grave como el confundir la escritura); por otra, la presencia de la h muda en haber no impide que se oigan igual los fonemas de haber (cuatro), que los de a ver (los mismos cuatro, aunque dan lugar a dos palabras o signos lingüísticos diferentes).


un ave / una ave


DESDE HACE SIGLOS las gramáticas españolas vienen explicando que, por razones de eufonía, el artículo definido femenino la se cambia por el masculino el cuando el sustantivo que sigue comienza por a tónica (el águila y no *la águila, el hada y no *la hada). Se conserva empero la forma femenina cuando entre el artículo y el sustantivo se intercala cualquier palabra (la dulce habla y no *el dulce habla), así como también, cuando el artículo antecede a un adjetivo (la árida llanura y no *el árida llanura). Estas prescripciones aparecen ya desde las primeras ediciones de la Gramática de la Academia.

Por lo contrario, las reglas correspondientes al uso del artículo indefinido ante sustantivo con a tónica inicial nunca han sido suficientemente explícitas. Así, por ejemplo, en gramáticas académicas del siglo XIX solía no anotarse prescripción alguna. Es decir que según esto debería conservarse el uso de uno o una de acuerdo con el género del sustantivo que seguía (una ave, por ejemplo).

En una reconocida gramática normativa de fines del XIX, la del mexicano Rafael Ángel de la Peña, se puede leer empero la siguiente regla: "Una pierde por apócope la vocal a, antes de nombres que comienzan por la misma vocal acentuada". Proporciona ejemplos de los clásicos: "¡qué es ver un alma caída en pecado!" (santa Teresa); "la necesidad es un arma tan fuerte" (Ribadeneyra); "un aya inglesa" (Juan Valera) .

En la edición de la Gramática de la Academia de 1931 aparece una regla redactada en términos eclécticos (si no contradictorios): "análogamente a lo que sucede con la forma femenina del artículo definido, el numeral o el indefinido una pierde a veces la a final ante palabra que empiece por a acentuada, y así se dice un alma. Debe, sin embargo, preferirse, en general, una, para distinguir siempre la forma femenina de la masculina".

Finalmente, en el Esbozo de una nueva gramática de la lengua española (de 1973), sigue mostrándose indecisa la Academia: "como femenino se emplea un, y bastantes menos veces una, ante nombre sustantivo femenino singular que empieza por el fonema vocálico /a/, escrito a- o ha-, cuando posee acento de intensidad y sigue inmediatamente el indefinido: un ave, un aria". Es evidente el cambio de criterio entre la edición de 1931 ("debe preferirse una...") y el Esbozo de 1973 ("se emplea un, y bastante menos veces una...").

Soy de la opinión de que hace falta un buen estudio sobre la preferencia (un ave o una ave) en los buenos escritores contemporáneos, pues sólo con datos confiables al respecto podría recomendarse una u otra forma.


satisfaré/satisfaceré

EL VERBO SATISFACER PROCEDE DEL LATÍN satisfacere (de satis, 'bastante', y facere, 'hacer') y significa 'cumplir un deseo o una obligación, saciar un apetito'. Desde el punto de vista de la fonética histórica, resulta interesante señalar que, contra la regla general que suprime la f- inicial de facere (cuya pérdida queda señalada por la h muda ortográfica: hacer), satisfacer la conserva, lo que convierte la voz en un latinismo semiculto.

Este verbo no debería presentar especial dificultad a lo largo de la conjugación, si se considera que en él se observan las mismas irregularidades morfológicas del verbo hacer, muy conocido por los hablantes: en la primera persona del presente de indicativo y en todo el presente de subjuntivo la -c- se cambia por -g-: satisfago (las demás personas de este tiempo son regulares), satisfaga, satisfagas, etc.; en copretérito es regular (satisfacía).

Sin embargo los tiempos que, a mi ver, presentan mayores incidencias de error por parte de muchos hablantes son, por una parte, los pretéritos (de indicativo y de subjuntivo) y, por otra, el futuro y el pospretérito (de indicativo). Por lo que toca a los pretéritos, no es raro que se oiga (y se escriba) *satisfací y *satisfaciera en lugar de los correctos satisfice y satisficiera. Bastaría fijarse en que no se dice *hací ni *haciera sino hice e hiciera. Lo que sucede es simplemente que los hablantes, por la ley de la analogía, convierten en regular un verbo que es irregular. En otras palabras, se dejan llevar por el hecho de que los verbos regulares que terminan en -er hacen el pretérito en -í (corrí, leí, etc.) y regularizan el pretérito de satisfacer diciendo *satisfací, olvidando que tal verbo se conjuga como el irregular hacer. La irregularidad de pretérito de indicativo (mutación de la vocal a por i) se conserva en el pretérito de subjuntivo: satisficiera, y no *satisfaciera (regularización analógica).

Quizá es aún más frecuente el error que consiste en regularizar el futuro y el pospretérito de indicativo. El verbo hacer tiene irregularidades en estos tiempos: haré y haría. Como se ve, la irregularidad consiste en una disminución silábica del futuro regular, pues debe recordarse que la regla para la formación del futuro en español (y en otras lenguas derivadas del latín) consiste en añadir la terminación -é o -á(s) (procedente del verbo haber: he, has, ha, etc.) al infinitivo: correr más -é: correré (correrás, correrá, etc.). Lo mismo sucede con el pospretérito, cuyo gramema es -ía, que se cumple con hacer, verbo que no tiene como futuro y pospretérito *haceré y *hacería sino haré y haría. Cuando los hablantes dicen *satisfaceré y *satisfacería no están haciendo otra cosa sino aplicar la regla general a un verbo irregular. Si satisfacer se conjuga como hacer, las únicas formas correctas para el futuro y el pospretérito son, respectivamente, satisfaré y satisfaría.


haiga


HACE ALGUNAS SEMANAS, durante el noticiero más importante de la televisión, conversando con el presentador, uno de los más conspicuos políticos del país dijo con toda seriedad algo así como lo siguiente: "Haiga pasado lo que haiga pasado". Creí que yo había oído mal. Sin embargo varias personas habían quedado igualmente sorprendidas, una de ellas un culto periodista que dedicó una de sus columnas al incidente. Ciertamente sabemos que el presidente Calderón había acuñado, a propósito de las pasadas elecciones, la célebre expresión "como dicen en mi pueblo: haiga sido como haiga sido". El político del que hablo, ¿habrá glosado la célebre frase? Puede ser. No me dio sin embargo esa impresión.

Haiga (y aiga) por haya, presente de subjuntivo de haber, llegó a usarse por algún clásico y hoy es bastante frecuente en hablas populares y rurales. Menéndez Pidal observa que pudieron influir en ello, a manera de contaminación, otras formas verbales que también tienen una g en ese tiempo verbal, sin poseerla en el infinitivo, como valga (valer), caiga (caer), oiga (oír), etc. En un pasaje del libro De la vida, muerte, virtudes y milagros de la Santa Madre Teresa de Jesús (1591), de fray Luis de León, puede leerse el siguiente texto:

"Escrito está que Dios es amor; y, si amor, es amor infinito y bondad infinita, y de tal amor y bondad no ay que maravillar que aiga tales excesos de amor que turben a los que no le conocen, y aunque mucho le conozcan por fe."

En el español contemporáneo estándar, tanto el escrito cuanto el hablado, sólo se emplea haya. El uso de haiga queda hoy reducido a ámbitos rurales o populares, aunque en esos registros es mucho más frecuente que lo que podría pensarse. Hace algunos años, el Ceneval hizo algunas pruebas de redacción a jóvenes recién ingresados en el bachillerato. Tuve acceso a algunos de esos textos. Se pedía al estudiante que contestara la siguiente pregunta: "¿qué y cómo le harías para mejorar la sociedad en la que vivimos?" Copio un fragmento de una de las respuestas: "Principalmente sacar tanta corrupcion y q’ aiga castigos severos aunq’ x lo menos sea dando llegue a trabajar...".

En la lengua escrita de todos los tiempos se ha preferido siempre la forma haya. Haiga o aiga ha sido y es de empleo mucho menos que esporádico. Ahora bien, una muestra inequívoca de que haiga era y es muy frecuente en el registro vulgar viene a ser la alta frecuencia con que escritores costumbristas del siglo XIX y principios del XX ponen haiga en boca de sus personajes populares. Abunda esta forma en los textos narrativos de Pérez Galdós, Pereda, Güiraldes, Carrasquilla, Benavente, Valle-Inclán, Alcalde del Río, Gallegos, Azuela, Arniches, Valera, Gabriel y Galán, Ascasubi... Podrían darse cientos de ejemplos. Baste uno de José María de Pereda (La puchera, 1889):

"Y al ver yo que la cosa estaba en punto, díjele: 'Pos yo tenía que decite dos palabras respetive a esto y a lo otro’. Y se lo estipulé finamente; sin faltale, vamos... ¡sin faltale ni en tanto así, recongrio! El hombre se quedó algo cortao en primeramente; dempués golvió a decime: '¿Y cai con eso?’. Y yo arrespondí: 'Pos tal y cual’, ¡siempre finamente, recongrio, y sin faltale en cosa anguna! Al último me dijo: 'Que la haiga hablao u que no, no es cuenta tuya’."

Alguien podrá preguntar: ¿Es correcto decir haiga por haya? Quizá el término correcto (o incorrecto) no sea lo más propio. Algunos lingüistas opinan que sólo es incorrecto lo que va en contra de las reglas estructurales de la lengua, como sistema abstracto. En otras palabras, los hispanohablantes nativos, estrictamente, no podemos hablar incorrectamente, como tampoco podrán hacerlo los anglohablantes nativos. Tal vez convenga mejor usar el término ejemplar (o no ejemplar), que se aplica no ya al sistema abstracto de la lengua sino a las lenguas concretas llamadas históricas. Así, lo que resulta ejemplar para ciertos hablantes puede no serlo para otros. Lo ejemplar en el dialecto europeo del español (como decir "la escribo una carta" por "le escribo una carta") puede no serlo en el americano y viceversa: cuando un mexicano dice "abre hasta las 11" por "no abre hasta las 11" está empleando una expresión poco ejemplar para los oídos de un hispanohablante europeo.

Si dos hispanohablantes iletrados están conversando, a ninguno de los dos le llamará la atención que uno diga haiga en lugar de haya. Quizá ni lo note siquiera. Sin embargo los hablantes educados, que saben leer y escribir y, además, que suelen leer y escribir, han decidido desde hace siglos decir y escribir haya y no haiga. En efecto, se trata de una convención... ni más ni menos. Por tanto, para la norma estándar del español, lo ejemplar es decir haya. No fue ésta una decisión de los maestros de escuela o de los académicos de la lengua, o del gobierno, sino del conjunto de los hispanohablantes educados, los buenos escritores al frente, como debe ser. Por tanto, si alguien desea dirigir la palabra a ese tipo de personas, medianamente educadas, conviene que diga haya y no haiga. Eso debe enseñar la escuela. Por respeto a la sociedad es ésa la forma que debe emplearse, por ejemplo, en la radio o en la televisión.

Por otra parte, la forma haiga es claramente "estigmatizadora": quien la emplea queda señalado como perteneciente al grupo social de las personas no educadas, aunque por otras razones (haber ido a la universidad, sea por caso) no forme, en términos estrictos, parte de él. Creo que a las personas educadas, es decir a la inmensa mayoría de la población, no les gustaría ser gobernadas por una persona no educada, así sea sólo en el plano lingüístico. Conviene, por tanto, que los políticos cobren conciencia de que hablar como personas educadas puede acarrearles el nada despreciable beneficio de ser mejor recibidos, mejor escuchados por la (muy influyente) sociedad de las personas educadas. Por el contrario, no faltará el ciudadano que decida llegar al extremo de no votar por quien dijo en público haiga en lugar de haya. Sus (respetables) razones tendrá.

hoy (en) día


EN EL ARTÍCULO "HOY" DEL DRAE DE 2001 (vigésima segunda edición) no aparece explicada la expresión hoy (en) día, a pesar de que sí se registran otras, aparentemente menos importantes o usuales, como de hoy a mañana o que es para hoy. Así viene sucediendo desde la edición de 1817. En las entregas correspondientes a los años 1780, 1783, 1791 y 1803 la frase hoy en día se incluye con el significado de 'en el tiempo o estación presente, ahora’. En la de 1803 se añaden además las frases hoy día y hoy en el día. Las tres quedan suprimidas desde la edición del año 1817 hasta la más reciente (2001). Podría pensarse que se eliminaron estas expresiones porque se juzgan de idéntico significado que el adverbio hoy. No es así: Según el mismo DRAE (2001), hoy significa 'en este día, en el día presente’, y de conformidad con la edición de 1803 (y anteriores), hoy en día significa 'en el tiempo o estación presente, ahora’. Me parece que en el español actual persiste esta oposición: hoy = 'en este día’ y hoy en día = 'en el tiempo presente, ahora’. Se dice "hoy he desayunado (o desayuné) temprano", pero no "*hoy en día he desayunado temprano". Por tanto, ambas (hoy y hoy en día) deberían estar explicadas en el lexicón de la Real Academia Española.

¿Habrán decidido los redactores del diccionario retirar esta expresión por poco empleada en el español contemporáneo? No puede ser ésa la razón. Hoy en día es usual en todos los registros (coloquiales, formales, literarios, periodísticos, etc.) de todos los dialectos del español actual. ¿Se tratará de un neologismo vitando? De ninguna manera: la frase tiene venerable antigüedad y goza del prestigio que le otorga el hecho de que excelentes escritores, clásicos y contemporáneos, la han empleado y la emplean. De conformidad con los voluminosos datos del Corpus diacrónico del español (de la Real Academia Española), el más antiguo registro (1325) de la expresión parece corresponder a don Juan Manuel (El Conde Lucanor): "Et fízoles tanto bien, que hoy en día son heredados los que vienen de los sus linages". Podrían citarse muchos pasajes de los clásicos en que aparece el sintagma que estoy comentando. Basten los siguientes versos de Quevedo:

No me parece mal la alegoría:
Del animal cornudo, pues sabemos:
Que esta virtud la tienen hoy en día:
Muchos hombres de bien que conocemos

Los buenos escritores actuales la emplean a menudo. Véase el siguiente pasaje de Manuel Puig: "Él cree en sí y en todo cuanto dice. Él es esto que hoy en día es tan difícil de encontrar: autenticidad". Son innumerables los pasajes de textos de excelentes escritores contemporáneos en los cuales, con toda propiedad, se emplea la frase que se está explicando. Debido a su significación ('ahora, en el tiempo presente’), el verbo que la acompaña o al que la frase se refiere suele estar en presente. Llama por ello la atención el siguiente texto de Severo Sarduy, en el cual la frase hoy en día se refiere a un verbo en imperfecto: "En cuanto a Siempreviva, hay que reconocerlo: había rejuvenecido. Era hoy en día una mujeranga acicalada y más bien esbelta, erguida..." Hay cierta contradicción entre era (pasado) y hoy en día ('ahora’). Tal vez podría haberse escrito "era por entonces una..."

Hoy procede del latín hodie. Hodie, a su vez, parece provenir de hoc die, frase en caso ablativo que literalmente podría traducirse 'en este día’. Atendiendo a la etimología, no deja por tanto de ser en alguna medida redundante la frase hoy en día, pues se está diciendo algo así como 'en este día en día’. Sin embargo la etimología de hoy (< hodie < hoc die) no es transparente para los hablantes y, por tanto, hoy en día no se percibe como pleonasmo. Puede pensarse incluso que si se dice "hoy en la mañana", "hoy en la tarde", "hoy en la noche", bien puede también decirse "hoy en (el) día" para señalar la totalidad de ese periodo (24 horas). Con ello se quiere expresar no precisamente 'hoy en todo el día’, sino simplemente 'ahora’, 'en el tiempo presente’.

Dije que en el DRAE publicado en 1803, se explicaban, además de hoy en día, otras dos frases: hoy día y hoy en el día, que según ese lexicón significan lo mismo ('ahora, en el tiempo presente’). La primera (hoy día), aunque menos frecuente que hoy en día, goza de plena vigencia en el español contemporáneo. Es asimismo empleada por buenos escritores. Su antigüedad es quizá mayor, aunque en las primeras documentaciones, del siglo XIII, no parece tener el significado de 'ahora, en el tiempo presente’ sino el de 'en este día, hoy’, como parece comprobarse en el siguiente pasaje de un anónimo documento de la catedral de León de 1288:

Et nos, por fazer más bien e más merced al obispo e al cabildo (...) otorgamos desde hoy día en delante al obispo e al cabildo (...) que todos los heredamientos ho otras cosas qualesquier (...) que las ayan libres e quitas e franqueadas (...)

Sin embargo, pocos años después, ya en el siglo XIV, la frase hoy día pasa a significar 'ahora, en el tiempo presente’, según se deduce del siguiente texto, también anónimo, tomado de la "Crónica del muy valeroso rey don Fernando el quarto": "E yo diles a Villalón e el derecho que y avía; a este camio recibieron ellos e están hoy día en tenencia e posesión dello". Resulta interesante transcribir un pasaje de la Historia general de las cosas de Nueva España, de fray Bernardino de Sahagún, en el que aparecen las dos frases (hoy día y hoy en día) en el mismo renglón: "...y los edificios viejos de sus casas y el encalado parece hoy día. Hállanse también hoy en día cosas suyas primamente hechas..."

Finalmente, la expresión hoy en el día es de nulo empleo en el español actual. Parece haber tenido alguna (poca) vigencia desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX. Aunque de aparición esporádica, puede hallarse empleada por escritores de prestigio de esa época, como Mariano José de Larra, de quien es el siguiente texto: "A saber yo hurtar, otro gallo me cantara, y no tendría necesidad de ser hoy en el día liberal, que antes pudiera ser lo que me diese la gana".

En resumen: convendría que los redactores del DRAE volvieran a incluir, en el artículo "hoy", las frases hoy en día y hoy día, con el significado de 'ahora, en el tiempo presente’. Ello quedaría plenamente justificado tanto porque se trata de expresiones vigentes, cuanto porque tienen en nuestra lengua una significación especial, diferente de la que posee el adverbio hoy. La frase hoy en el día puede seguir fuera del diccionario, debido a su nula vigencia en el español actual; sin embargo, deberá explicarse en el gran Diccionario Histórico que prepara ya la Real Academia Española.


por qué, porque, porqué

QUIENES NO QUIEREN entrar en complicadas lucubraciones sintácticas definen palabra como 'un segmento separado de los demás segmentos por espacios blancos'; es decir se basan para ello en el texto escrito y hacen uso de criterios ortográficos. Pues bien, vale la pena entonces recordar que en ocasiones se cometen vicios ortográficos que consisten en separar segmentos que deben ir juntos o viceversa. Muy frecuentemente, por ejemplo, las mecanógrafas corrigen el dictado escribiendo así mismo donde puede muy bien quedar asimismo.

Existe a veces confusión en la escritura de ciertos segmentos y sintagmas formados por la preposición por más la partícula que. Para formular una pregunta se usa por qué, que viene a ser un sintagma constituido por preposición más pronombre interrogativo que debe ir acentuado y por tanto se trata, ortográficamente, de dos palabras: "¿por qué no has venido?"

La respuesta a tal pregunta se inicia, se introduce por medio de una conjunción subordinante causal, que consiste en una sola palabra gráfica sin acento ortográfico y con acento prosódico en la primera sílaba (porque): "¿Por qué no has venido? Porque no he podido".

Finalmente, muchos ignoran que existe además la forma porqué, una sola palabra aguda, con acento ortográfico en la é. Se trata de un sustantivo masculino que equivale a 'causa, razón o motivo', como dice el DRAE. Así deberá escribirse: "ignoro el porqué de tu ausencia", donde porqué, como sinónimo de causa, es el objeto directo de ignoro y, como sustantivo que es, tiene también un complemento adnominal (de tu ausencia) que lo modifica.


¿10 de marzo de o del 2000?

EN LA PÁGINA ELECTRÓNICA de la Real Academia Española han aparecido recientemente al menos dos notas que tienen que ver con la expresión de las fechas a partir del año 2000. En la primera, de fines del 2000, se decía lo siguiente:

"En español, el uso habitual en la expresión de las fechas establece que entre la mención del mes y del año se interponga, sin artículo, la preposición de: 1 de enero de 1999. Sí es necesario anteponer el artículo el si se menciona explícitamente la palabra año: 15 de enero del año 1999. No hay ninguna razón para que el año 2000 (y los que forman serie con él) constituya una excepción al uso general. Al tratarse de una fecha emblemática (último año del milenio), se ha hablado mucho 'del 2000’ (con elipsis del término año) en general, fuera de la expresión de una fecha concreta, y esto ha hecho que al oído 'suene mejor’ la fórmula '1 de enero del 2000’ que '1 de enero de 2000’. Ambas pueden considerarse admisibles: la primera por quedar sobrentendida la elisión de la palabra año; la segunda, por ajustarse al uso general en español para la expresión de las fechas. Para la datación de cartas, documentos, etc., se recomienda atenerse al uso general: 1 de enero de 2000".

En otra nota, de principios de 2002, se hacen más precisas observaciones sobre la expresión de fechas. Antes de hacer algunos comentarios, me parece conveniente transcribir, también completo (como el anterior), este no tan breve comunicado:

"Cuando nos referimos en el español moderno a una fecha anterior al año 1100, solemos utilizar el artículo delante del año, al menos en la lengua hablada: Los árabes invadieron la Península en el 711... No faltan, sin embargo, abundantes testimonios sin artículo en la lengua escrita. Así, en un texto de La España del Cid, de Ramón Menéndez Pidal, leemos: Los dos reyes ordenaron sus haces y le acometieron (14 de agosto de 1084). Una fluctuación similar se registra en la referencia a fechas posteriores a 1100, aunque en este caso es más frecuente la ausencia de artículo: Los Reyes Católicos conquistaron Granada en (el) 1492... A diferencia de las fechas que incluyen una centena, la escueta referencia a 2000 puede resultar imprecisa en la mente de los hablantes para designar unívocamente un año. Por eso el español prefiere mayoritariamente el uso del artículo en expresiones como Iré al Caribe en el verano del 2000 o La autovía estará terminada en el 2004. Cuestión diversa es la datación de cartas y documentos, en la que desde la Edad Media se prefiere la variante sin artículo delante del año, consolidando en la práctica una fórmula establecida: 4 de marzo de 1420, 19 de diciembre de 1999. La Real Academia Española entiende que este uso ha de mantenerse en la datación de cartas y documentos del año 2000 y sucesivos (ejemplo: 4 de marzo de 2000). Si se menciona expresamente la palabra año, es necesario anteponer el artículo: 5 de mayo del año 2000".

Nótese que la Real Academia Española justifica gramaticalmente el empleo del artículo (del 2000): "por quedar sobrentendida la elisión de la palabra año" (primer comunicado). Por lo contrario, la omisión del artículo (de 2000) es admisible simplemente "por ajustarse al uso general en español para la expresión de las fechas" (primer comunicado) o por haberse consolidado en la práctica como "una fórmula establecida" (segundo comunicado). En efecto, lo que importa es la norma, entendida como la suma de las hablas individuales. Cuando la mayoría de los hablantes ha decidido adoptar cierto hábito lingüístico, cuando ello se ha convertido en una costumbre general, puede adquirir, merecidamente, el carácter de norma, ahora en el sentido de regla que obliga a todos por igual.

No deja de ser interesante empero que persiste una seria dificultad para explicar gramaticalmente la omisión del artículo (1 de enero DE 2000). Entre las funciones propias de la preposición de está la de introducir frases nominales (sustantivas) de naturaleza determinativa o circunstancial: casa de piedra, vengo de París. Puede también introducir adjetivos; éstos, sin embargo, deben ser calificativos: tiene fama de inteligente. Gramaticalmente hablando los números son casi siempre adjetivos (pero no calificativos, pues no designan cualidades o defectos) y se les conoce como adjetivos numerales. Pueden ser cardinales, y en tal caso siempre van antepuestos al sustantivo (veinte naranjas) u ordinales y, entonces, pueden anteponerse o posponerse al sustantivo (décimo piso, piso décimo). Pueden escribirse con letras o cifras. Con letras suelen escribirse los cardinales hasta el veinte (quince libros) y, en ocasiones, los ordinales (el cuarto lugar); se acostumbra el uso de cifras en cardinales mayores que veinte (1999) y, a veces, en los ordinales (46º = cuadragésimo sexto). Es importante aclarar que, sobre todo en denominaciones altas, los cardinales sustituyen con frecuencia a los ordinales. Ése es precisamente el caso, desde hace mucho tiempo, de la designación de los años: el año 1951 (mil novecientos cincuenta y uno) = el año milésimo quincuagésimo primero. Puede conservarse también el valor cardinal; en tal caso la anteposición es obligatoria y la única lectura sería la siguiente: 1951 años (en plural) = mil novecientos cincuenta y un años.

En resumen, cuando se analiza gramaticalmente el enunciado 10 de marzo de 2000, cuando se pretende identificar la categoría gramatical de cada una de las palabras, al llegar a la cifra 2000, no hay forma de hacerlo, pues aparentemente se trata de un adjetivo cardinal; sin embargo la preposición de no puede introducir este tipo de adjetivos, Por lo contrario, si en lugar de decir 10 de marzo DE 2000 digo 10 de marzo DEL 2000, la l convierte a la preposición en un artículo contracto (de + el = del) y ese artículo nos está señalando que se ha omitido (pero que está latente, tácito) el sustantivo año: 10 de marzo del 2000 = 10 de marzo de (el año) 2000. En tal caso, ya no hay dificultad en identificar la categoría gramatical de la cifra 2000: adjetivo cardinal empleado como ordinal que modifica al sustantivo (tácito) año.

Obsérvese, para demostración de lo anterior, que cuando deseamos designar no ya el año sino el mes con un ordinal (y no con su nombre), entonces empleamos siempre el artículo. Puede muy bien decirse El 10 DEL tercer mes del año; nunca diríamos *El 10 DE tercer mes del año. Tercer mes es una frase nominal, que requiere de artículo (El tercer mes). También el adjetivo 2000 (cardinal en función de ordinal) pide su sustantivo (un adjetivo sin sustantivo es como una estampilla sin sobre) y ese sustantivo es año. Puede muy bien no expresarse, dejarse tácito. En tal caso será el artículo el el que señala que hay, en la estructura profunda, un sustantivo: 10 de marzo del 2000 = 10 de marzo de (el año) 2000. Como se ve, hay razones gramaticales para el empleo de del en lugar de de. Entiendo sin embargo la posición de la Real Academia Española: si se ha generalizado el hábito de expresar las fechas con de y no con del, es ésta razón suficiente para recomendarlo.


díselo, dícelo, díceselo


SABEMOS QUE LA MAYOR PARTE de las reglas ortográficas tiene que ver con la etimología de las palabras. Sin embargo algunos de los errores o dudas que todos tenemos al escribir pueden estar relacionados no sólo con la ortografía sino también con la gramática. Creo que esto puede ser ejemplificado con el sintagma que se forma con el imperativo del verbo decir cuando le siguen ciertos pronombres enclíticos.

No pocas veces he visto escrito con c el sintagma díselo, en enunciados del tipo de "no engañes a tu amigo, díselo ya" . Que en tal caso el sintagma lleva s y no c, se puede mostrar mediante un elemental análisis sintáctico. Díselo está constituido por tres elementos: 1) el imperativo (irregular) de decir (di); 2) el complemento indirecto manifestado por el pronombre de tercera persona (le), que ante lo se cambia, primero a ge y, desde el siglo XIV, a se; 3) el complemento directo pronominal neutro de tercera persona (lo): díselo. La dificultad, como se ve, está en el constituyente se: el hablante no encuentra para él una explicación evidente y, por tanto, tiende a modificar la ortografía del sintagma escribiendo dícelo en lugar del correcto díselo.
En efecto, el que escribe *dícelo por díselo inconscientemente identifica como correcta la forma dice frente a *dise, sin percatarse de que, en díselo, se es un pronombre que equivale a le y no una sílaba del verbo decir. Existe ciertamente en español el sintagma dícelo, pero su significado y las funciones sintácticas de sus constituyentes son totalmente diferentes. Dícelo está formado por sólo dos elementos: 1) la tercera persona del presente de indicativo de decir (dice); 2) el complemento directo pronominal neutro de tercera persona (lo). Dícelo podría formar parte de oraciones como la siguiente: "ese hombre dícelo todo en voz baja" (lo dice).

Finalmente, sobre todo en lengua hablada, puede darse la extraña construcción díceselo (o dícecelo o dísecelo) en enunciados como el transcrito arriba; "no engañes a tu amigo, *díceselo ya". Como es obvio, lo que aquí sucede es que el hablante ha modificado la forma del imperativo de decir; en lugar del correcto di emplea un anómalo dice (*dice tú por di tú). A ese imperativo incorrecto se añaden dos pronombres enclíticos (indirecto y directo): se (equivalente a le) y lo. Todo ello da por resultado el curioso sintagma díceselo.

En resumen: 1) el imperativo del verbo decir es di; 2) a éste puede seguir un pronombre objetivo indirecto se (equivalente a le) y otro pronombre objetivo directo (lo); 3) ello da como resultado el sintagma díselo.


José G. Moreno de Alba