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domingo, 20 de diciembre de 2009

Primeros seis capítulos de La Palabra Amenazada. Ivonne Bordelois

LA PALABRA AMENAZADA.




IVONNE BORDELOIS es poeta y ensayista de nacionalidad argentina. Se doctoró en Lingüística en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) con Noam Chomsky y ocupó una cátedra en la Universidad de Utrecht (Holanda). Recibió la beca Guggenheim en 1983. Ha escrito varios libros, entre lo cuales se encuentran: El alegre Apocalipsis (1955), Correspondencia Pizarnik (1988) y Un triángulo crucial: Borges, Lugones y Güiraldes (1999, Segundo Premio Municipal de Ensayo 2003). Ivonne Bordelois ganó el Premio Nación-Sudamericana 2005.


El lenguaje no necesita renacer: siempre está viviendo. Los que morimos somos nosotros, y a veces morimos por falta de amor al lenguaje, que es lo más hermoso que tenemos, lo más hermoso que somos. De eso es lo que trata o quiere tratar mi libro La Palabra amenazada.

I. B.




Texto: La Palabra Amenazada
Autora: Ivonne Bordelois
Monte Ávila Editores. Milenio Libre. Caracas, Venezuela. 2004.


I
VIOLENCIA Y LENGUAJE


Se habla mucho de violencia entre nosotros estos días; acaso demasiado. El mismo hablar contra la violencia parece generar violencia. Profetas que aúllan, pacificadores que abruman, políticos y periodistas que ensordecen, rockeros que deliran; de este estruendo parece surgir en nosotros sólo un vehemente deseo de fuga a un lugar de silencio y de paz. Acaso este lugar es mucho más accesible que lo que nos imaginamos. Y estas líneas, que intentan una suerte de ecología del lenguaje, se proponen imaginar ese lugar; porque uno de los aterradores poderes de la violencia es que está destinada, precisamente, a la tarea de destruir la imaginación, tarea en la que es inmensamente eficaz.

Una primera y muy extendida forma de violencia que sufre la lengua, en la que todos prácticamente participamos, es el prejuicio que la define exclusivamente como un medio de comunicación. Si se la considera así —como lo hace nuestra sociedad— se la violenta en el sentido de que se olvida que el lenguaje —en particular, el lenguaje poético— no es sólo el medio, sino también el fin de la comunicación. Cuando se mediatiza al lenguaje, cuando se lo considera sólo una mediación para otra mediación —porque la comunicación se pone al servicio del marketing, el marketing del dinero y así sucesiva e infinitamente— nos olvidamos de que el lenguaje es ante todo un placer, un placer sagrado; una forma, acaso la más elevada, de amor y de conocimiento.

Si es verdad que la pulsión de vida, el Eros, es la que vincula al deseo y su objeto, y el placer es la señal certera de su realización, el lenguaje es una de las manifestaciones más evidentes y universales del principio del placer. En cada comunicación verbal que se logra se da una relación misteriosa y fecunda. La libido hace de las palabras su objeto y habitación: entre la lengua parlante y la oreja escuchante hay una relación análoga a la que existe entre el falo (que en sánscrito se llama lingam) y la vulva. Como sistema de símbolos —y símbolo es una palabra griega que significa la fusión de dos objetos— el lenguaje pone de manifiesto nuestra capacidad innata de investir la libido en palabras, objetos verbales inagotables y vinculados entre sí a través de la ligazón permanente de la sintaxis y el léxico, que nos relacionan a su vez con los otros y con nosotros mismos. Las relaciones existentes entre las palabras son a la vez espejo y modelo de nuestras propias relaciones con el universo.

Este carácter peculiar del lenguaje es lo que garantiza su poder, un poder que prevalece sobre todas las operaciones intelectuales. En este sentido, es necesario recordar a Martí: «La lengua no es el caballo del pensamiento, sino su jinete». Es decir, en la lengua hay algo anterior y superior, en cierto modo, al pensamiento mismo 1. No es una coincidencia el hecho de que Martí fuera poeta, ya que son los poetas —junto con los niños— los que primero advierten las posibilidades más abiertas y secretas del lenguaje y juegan o se dejan jugar con ellas. Los etimólogos son también conscientes de estos despliegues, corroborados en los documen¬tos que establecen los orígenes de una palabra. Si nos enteramos de que pasión y paciencia provienen de la misma raíz, por ejemplo, así como amar y amamantar también tienen un parentesco común, algo en nosotros descubre esa fuente que es la sabiduría inmanente del lenguaje y se inclina a escucharla.

Y si pensamos en el lenguaje como un órgano de conocimiento anterior al pensamiento, la pregunta normal ya no es: ¿Cuántas lenguas habla usted? sino: ¿Cuántas lenguas escucha usted? Hablamos aquí de un don más íntimo, tan desconocido como necesario en nuestros días: el don de escuchar lenguas, y en particular, el don de dar lugar en nosotros a la escucha de nuestra propia lengua, que tan desatenta y desatentadamente hablamos y a la que tan poco lugar y tiempo de reflexión concedemos. Entre el uso de la palabra y la escucha de la palabra media una distancia semejante a la que separa al amor de la prostitución. Piénsese en la ridícula paradoja que encierra la común expresión «dominar una lengua». Las lenguas son ellas mismas dominios inmensos de tradiciones, vastos léxicos que se nos escapan, reglas gramaticales subterráneas de las que apenas alcanzamos a atisbar los mecanismos, métricas tan espontáneas como misteriosas, poéticas realizadas y otras maravillosas por cumplirse. De nada de todo esto corresponde ni es posible apropiarse: sólo cabe aquí una contemplación admirada, un humilde y tenaz estudio que arranque de la certeza de la inaccesibilidad total de su objeto último.

Hay culturas que son generosas y atentas a su propio lenguaje, como la de España la del Siglo de Oro o la Inglaterra de Shakespeare, y lo transmiten y lo llevan a un fulgor extraordinario. Dice Steiner que en el inglés de ciertos períodos hay un sentimiento de descubrimiento, de adquisición exuberante que nunca se ha vuelto a reconquistar íntegramente.

"Marlowe, Bacon, Shakespeare usan las palabras como si fueran nuevas, como si ningún roce previo hubiera enturbiado su esplendor o atenuado su resonancia. Así es como los siglos XVI y XVII parecían contemplar al lengua¬je mismo. Tenían ante sí al gran tesoro cuyas puertas se habían abierto de improviso y las saqueaban con la sensación de que era infinito".

Notemos, con todo, la imagen típica de la visión dominadora de la lengua en Steiner. Shakespeare no saqueaba la lengua: la escuchaba en su ámbito más profundo; por eso es Shakespeare. Y el inglés, como toda lengua natural, aun la más pobre lexicalmente, sigue siendo infinito en sus posibilidades, pese a las desvirtuaciones que puede sufrir en nuestros tiempos. Hablamos de épocas excepcionales, en las que el lenguaje es sentido no exclusivamente como un medio de comunicación, una mone¬da de intercambio circulante y corriente, sino como un camino de conocimiento y de celebración. En esas épocas afortunadas, el lenguaje no es sólo usado, sino que es escuchado por los grandes poetas, y de esta escucha y de esta reinterpretación surgen los poemas más memorables de nuestra historia, no digo ya de la historia de las literaturas particulares, sino de la historia de la especie.

NOTAS

1. La filosofía del giro lingüístico, tal como la presenta Dardo Scavino, llega a decir que el lenguaje deja de ser un medio, algo que estaría entre el yo y la realidad, para convertirse en un léxico, capaz de crear tanto el yo como la realidad. Menos radicalmente, preferiríamos apelar a la noción de campo, que aparece simultáneamente entre dos instancias (el yo y su interlocutor, el yo y la «realidad») como correlato necesario de ese encuentro, determinando y siendo determinada a su vez por estas presencias.
Recordemos que en el Génesis las palabras anteceden a las cosas, no las reflejan. Dios nombra primero a la luz para que la luz exista, y es la palabra lo que termina con el caos. En el caso de Adán, los animales preceden a sus nombres, que son los que Adán les da y los que les «corresponden». Sería interesante explorar el paralelismo de la tradición hebrea con el pensamiento platónico e idealista, en el cual las ideas preceden a las cosas. (Lo común de ambas tradiciones es que la realidad no existe si no hay algo que la promueva y condicione a la existencia: en el pensamiento hebreo este algo es la palabra; en el platónico, la idea. Es decir, en el pensamiento platónico el hombre se asemeja más a Dios que a Adán).



II
EURÍDICE: LA NO ESCUCHADA


Orfeo es el mito trágico que pone en escena, entre otras fisuras, el abismo entre los no-escuchantes y los hablantes. Es la variante brasileña del mito, el hermoso Orfeo Negro de Marcel Camus —realizado en los años cincuenta e inspirado en una obra de teatro de Vinicius de Moraes—, la que revela más claramente esta interpretación, que parece estar implícita, sin embargo, en el tejido mismo del relato. Orfeo desciende a los infiernos a salvar a Eurídice; la condición de su rescate (condición impuesta, no por azar, por una ley infernal invocada por Pluto) establece que hasta la salida del Hades, Orfeo, que precede a Eurídice, no dará vuelta la cabeza para mirarla 1. Pero Orfeo no puede resistir la tentación y pierde definitivamente a Eurídice.

En la versión brasileña, Eurídice dice: «Si pudieras escucharme en vez de verme». El regreso al infierno se cierne como amenaza para la pareja ante la imposibilidad de que el varón escuche a la mujer, que es para él ante todo presencia visible, física o sexual, antes que palabra portadora de sentido. Orfeo, mitad dios y mitad hombre, es el creador de la música, el supremamente escuchable, nunca el escuchante. La condición impuesta a Orfeo, en realidad, consiste en superar esta situación de ensordecimiento, y así responder al deseo más profundo de Eurídice: el ser oída. Una Eurídice invisible, que sólo puede ser escuchada, representa para Orfeo el infierno, porque trastorna todos sus poderes.

En la versión griega del mito, las Ménades, que representan las furias femeninas, descuartizan a Orfeo, el músico que carecía de espacio y tiempo para escuchar a otros, y que por no escuchar tampoco a Eurídice perdió la visión de ella, quedando así parcialmente ciego. Las Ménades descuartizan a Orfeo y el infierno de Eurídice se sella para siempre. El infierno devora la inaudible música de Eurídice, es decir, el infierno de Eurídice consiste precisamente en ser sacrificada al imperio exclusivo de la música órfica, que entraña la imposibilidad de ser escuchada en su propia palabra, en su propia música 2.

Varios detalles confirman lo plausible de esta hipótesis. La voz de Orfeo no sólo excluye la de Eurídice a la salida del infierno, sino que en un episodio anterior, en su viaje con los argonautas, el canto de Orfeo ha desplazado al de las sirenas para impedir que sus compañeros las escuchen. Ellas, despechadas, acaban suicidándose: otra instancia fatal de la supresión de la voz de las mujeres. Orfeo es también considerado sacerdote, el primero en haber escrito los dogmas y rituales de una religión hermética que excluía a las mujeres. Está vinculado asimismo con la sacralización de las relaciones homosexuales entre varones y es protegido de Apolo, que ama a mujeres y a varones. Las Ménades que lo destrozan son oriundas de Ciconia, de donde también era Eurídice. Es notable que los restos de Orfeo descuartizado vayan a desembocar a Lesbos, patria de la poesía lírica y territorio de Safo. Según Ovidio, las Ménades, para matarlo, utilizan un arado, hecho que acaso represente la venganza matriarcal por el pasaje de la agricultura de la mano de las mujeres a la de los varones. Curiosamente, mientras el nombre de Orfeo significa «la gran voz», el nombre de Eurídice puede analizarse en griego como eurys, amplio, y dike, la justicia que concierne, particularmente en caso de abuso, a personas implicadas en relaciones íntimas. Podría significar, por lo tanto, una mirada más amplia —y profunda— en lo que concierne a los vínculos de la pareja. No se olvide que Eurídice es también el nombre de la mujer de Creón, quien se ahorcará cuando éste arrastre al suicidio al hijo de ambos, Hemón, el enamorado de Antígona (otro caso de mujer no escuchada).

Parece entonces que el mito encierra una pluralidad de mensajes, uno de los cuales, acaso el más prominente, es el enfrentamiento de culturas matriarcales y patriarcales. Orfeo es hijo de Calíope, una de las Musas —origen de la música— y su apoteosis final se ve refrendada cuando Zeus transporta su lira a la constelación de su nombre. Parece claro que su figura encarna la rivalidad con la voz femenina, evidenciada ya en el episodio de las Sirenas. Pero lo que nos interesa aquí es que Orfeo —que pasó a la posteridad patriarcal como el héroe-víctima y músico supremo, venerado por poetas y músicos como Rilke y Glück, que se identificaban sin duda con su fascinante voz todopoderosa— es en verdad quien provoca la tragedia. En efecto, ésta se desencadena por su incapacidad de escuchar al otro, que va pareja con su necesidad exasperada y exasperante de escucharse narcisísticamente sólo a sí mismo, y de ser escuchado a costa del silenciamiento ajeno. El mito órfico es entonces también la representación de un monólogo delirante que, pretextando amor, desplaza al interlocutor y lo reduce a la nada de un silencio infernal. A la violencia que representa su negación de la palabra-música de Eurídice contesta la violencia vengativa de su descuartizamiento por las Ménades. La cólera de las Ménades, inspiradas por Dionisio, el dios rival de Apolo, representa la ira femenina por el rechazo de un espacio de amor y atención para la voz de la mujer 3.

Más allá de la disputa entre los sexos, sin embargo, lo que parece sugerir el mito, desde el fondo de los tiempos, es la trágica circunstancia que hace que los más dotados para la música y la palabra —y los poderes que de estos dones se derivan— sean con frecuencia también los menos dotados para la atención y la escucha. Una figura posible del mito, aquella que estamos explorando en este texto, representa la incapacidad de los seres humanos de escucharnos unos a otros, así como la contumacia de nuestra inconsciente negativa a escuchar aquello que precisamente nos permite hablarnos: nuestro lenguaje. Así, reducimos a nuestros interlocutores y a nuestro lenguaje a la nada del sinsentido y el olvido.

Cuando se habla de competitividad en el mundo contemporáneo se piensa en general en la capacidad de imponer masivamente pautas y productos culturales e industriales, así como ideas y formas de poder a lo largo y a lo ancho de todo el planeta. Pero lo que subyace a este alud de imposiciones y hace posible su efectividad es un lenguaje monotemático que busca sólo afirmarse y escucharse a sí mismo y desatiende implacablemente la escucha y la necesidad del otro. La palabra fetiche de la propaganda comercial y política desaloja así fieramente a la palabra profunda de la tradición y al léxico del nuevo conocimiento; el jingle reemplaza a la canción de cuna, el cliché político a la reflexión original, el autismo mediático a las humildes e inspiradas formas de la estética popular o de las voces marginales.

Con razón dice Margaret Fuller que la literatura —y lo mismo vale para la cultura— no consiste en una colección de libros magníficos, sino en un ensayo de interpretación mutua. La cultura global es en gran medida un remedo de diálogo en el que poderosos Orfeos, embebidos narcisísticamente en su propia música, sumergen en el silenciamiento total a los que se supone deben ser rescatados. El cine contemporáneo, con sus megaproducciones, hazañas virtuales y falsos estrellatos, la industria musical de nuestros días, campo de batalla de los intereses del rock, llevan las señales claras —o más bien, exhiben las garras— de una empresa que aspira a imponer pautas de dominio unilateral y conducirnos al infierno del sinsentido —o al nirvana de los zombies— antes que proponer un diálogo abierto en el que despunte lo verdaderamente nuevo, lo no dicho, aquello que necesariamente conforma el porvenir. Y así se prolonga y consolida el infierno de Eurídice.

NOTAS

1. La prohibición acerca del no mirar atrás no es exclusiva del mito de Orfeo: la reencontramos en el Antiguo Testamento, cuando se narra la maldición de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal al mirar hacia Sodoma en llamas; y también aparece en el Evangelio: «El que pone su mano en el arado y mira hacia atrás no es digno de Mí».

2. El gesto de Orfeo no es único: repica ilimitadamente en la tradición lírica occidental, que expresa que el silencio no sólo le es necesario a la mujer sino que constituye uno de sus rasgos eróticos definitorios. Tres ejemplos al caso: Baudelaire «Sois belle et tais-toi»; Neruda: «Me gustas cuando callas porque estás como ausente / y me oyes desde lejos y mi voz no te toca / Parece que los ojos se te hubieran volado / y parece que un ángel te besara la boca»; Vocos Lescano: «Dices, y mientras dices, lo que dices / vuelve las cosas claras y felices / y hasta donde llega el júbilo convoca // Pero callas, y entonces, cuando callas / se inclina el cielo al sitio donde te hallas / y se te llena de ángeles la boca». Por cierto que las teorías del silencio, tan proliferantes en nuestros ensordecedores días, podrían adjudicar una secreta superioridad, un escondido privilegio místico a la mujer en su enigmático silencio. Lo que me interesa mostrar aquí es que el lirismo raramente produce la imagen inversa del varón que seduce a partir de su silencio, y no debemos ni podemos engañarnos acerca del significado de esta asimetría.

3. En su hermosa interpretación de los tres cofrecillos, Freud muestra ejemplos muy persuasivos de la ecuación de la mujer con el silencio (y del silencio con la muerte). El silencio que se otorga como clave a la supuesta identidad de la mujer acaba por desembocar inevitablemente en el silenciamiento de la mujer en la cultura. Baste considerar, entre nosotros, el tiempo y los esfuerzos que han sido necesarios para restituir a su auténtica estatura una voz poética como la de Alfonsina Storni (ignora¬da públicamente, en su tiempo, por la voz de los Orfeos imperantes: Lugones y Borges). Explorar estos muy interesantes terrenos nos llevaría, con todo, muy lejos de nuestro propósito principal, de modo que dejamos el tema abierto para otra ocasión.

4. Como lo sugiere Ludovico Ivanissevich, acaso sea un eco de esa venganza el hecho de que Glück imponga a una intérprete contralto en el papel de Orfeo.





III
EL VERBO Y LAS TINIEBLAS

Las lenguas no sólo se «emplean», no son sólo valores de comunicación, expresión personal o uso colectivo: contienen la experiencia de los pueblos y nos la transmiten, pero sólo en la medida en que estemos dispuestos a reconocer su capacidad de poder hablarnos. La expresión «usar la lengua» reduce la lengua a un instrumento, cuando en realidad la lengua es un proceso que vastamente nos trasciende. Como dice Guillermo Boido: «La poesía es el intento de preguntarle a las palabras qué somos. Como los sueños, ellas saben mucho de nosotros, quizá más que nosotros». Si la palabra sabe más de nosotros que nosotros mismos es porque viene de una tradición de experiencia humana que nos supera en el tiempo y en el espacio. Las palabras que hoy día pronunciamos son sobrevivientes de catástrofes históricas donde el latín pereció, pero estas palabras nos preceden, nos presencian y se prolongarán mucho más allá de nosotros en el tiempo: podríamos decir que en cierta medida somos sus vehículos; no su fuente misma y mucho menos sus propietarios.

El hombre es el ser de la palabra, según Aristóteles y la tradición griega; pero cómo llegó la palabra hasta él es un enigma que Sócrates calificó de insoluble y ante el cual toda la ciencia de nuestra época sigue estrellándose sin respuesta: sólo cabe interrogar tentativamente, admirar y seguir escuchando 1. Como dice Steiner:

"Poseedor del habla, poseído por ésta, cuando la palabra eligió la tosquedad y flaqueza de la condición humana como morada de su propia vida impe¬riosa, la persona humana se liberó del gran silencio de la materia. O, para emplear la imagen de Ibsen, golpeado por el martillo, el mineral insensato se ha puesto a cantar."

En latín «he hablado» se dice «locutus sum», que morfológicamente significa «he sido hablado». Y Heidegger decía: «El hombre no habla el lenguaje sino que el lenguaje habla al hombre». Si aceptáramos que la lengua nos circula como la sangre que nos sustenta, o bien nos penetra como el aire que respiramos, nos encontraríamos más abiertos a «ser hablados» por las lenguas antes que a hablarlas, a ser inspirados y aspirados por ellas antes que a aspirarlas o inspirarlas omnipotentemente, como en vano tratamos de hacerlo. Por alguna razón los mayas decían en su idioma que la lengua era un sentido comparable a la vista o al oído. Precisamos reencontrar un aire más libre, donde las palabras, restituidas a sí mismas, a su propia personalidad, nos sorprendan y nos iluminen, conversen y se rían de nosotros y de ellas mismas con nosotros, en vez de ser exclusivamente nuestras mucamas, espías o niños mensajeros.

El lenguaje está antes y después de nosotros, pero también está, felizmente, entre nosotros. Es el tejido relacional del cual los otros dependen: un tejido fuerte y subsistente, y tan necesario a nuestras vidas como la nutrición. En otras palabras, es como el Verbo del Evangelio de Juan, del que se dice que «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». Naturalmente, la exégesis tradicional indica que Juan estaba hablando de Cristo al referirse al Verbo. Pero si Juan encuentra esta imagen para hablar de Cristo muy bien puede ser porque al compararlo con la palabra, al llamarlo palabra, está diciendo también que hay una energía luminosa, universal e inagotable que Cristo —como todos los grandes maestros— comparte con el lenguaje. «El Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios»: en efecto, el lenguaje representa al Eros y es el Eros, el logro del encuentro en la comunicación verbal y el sustento relacional más profundo de la vida. «El Verbo es la luz verdadera que alumbra a todo ser humano que viene a este mundo», dice Juan, significando que el lenguaje es, precisamente, ese don misterioso que comparte la especie y la ilumina. Y más allá: «En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece y las tinieblas no prevalecieron contra ella»2.

En cuanto al sentido metafórico de las tinieblas de las que habla Juan, deberíamos disponernos a un estado de alerta, porque el hecho insoslayable es que estas tinieblas se ven representadas por la cultura global del capitalismo 3 salvaje que vivimos: una empresa destinada a demoler nuestra conciencia del lenguaje, increíblemente eficaz en este sentido. No estamos, por cierto, postulando la existencia de un conjunto de multinacionales perversas dedicadas a deteriorar el lenguaje, enarbolando programas específicos al respecto. Sí creemos que el presente sistema está claramente decidido a formar esclavos del trabajo, de la información y del consumo, y nada favorece y robustece más la esclavitud que la pérdida del lenguaje, de modo que todas las técnicas de reclutamiento y organización del trabajo, así como las de información y de la propaganda comercial apuntan, directa o indirectamente a esa destrucción, y la implican. (Un ejemplo directo, aunque modesto, de esta situación puede ser la ofensiva estupidez de un reciente anuncio comercial que culmina machacando: «Porque lo único que importa es la cerveza».)

Una cultura consumista se opone por esencia, es decir, necesita, por su propia naturaleza, oponerse a ese sistema gratuito de creación e intercambio de bienes que es el lenguaje: esa maravillosa feria libre en donde todos los días se acuñan nuevas expresiones y canciones, esa indetenible fiesta inconsciente que es el idioma colectivo. En esa fiesta no son los ejecutivos de las multinacionales ni las grandes figuras mediáticas ni los escritores consagrados, sino los niños y los adolescentes quienes ocupan anónimamente, irresistiblemente, la vanguardia, y lanzan, junto con las nuevas blasfemias y las nuevas vulgaridades, como el trigo que no puede separarse de la cizaña, las metáforas que luego ganan la calle y los medios y empapan toda nuestra vida de vigor, frescura y novedad.

Cuando palpamos la increíble estrechez de la franja verbal de los diarios, la televisión y la literatura best-seller de nuestra época, cuando la conversación (una forma de poesía mutua si es verdadera) es desalojada violentamente de los lugares de encuentro por los alaridos infantiles y patéticos del peor rock, cuando la letra de las canciones más populares desciende al infierno de la monotonía y la estupidez, es nuestro lenguaje (y a través del lenguaje nosotros mismos, en lo más profundo de nuestra identidad) el que es atacado y destruido. Con razón Merleau Ponty —alguien a quien no pueden imputarse relentes de misticismo esotérico— decía: «El lenguaje, antes que un objeto, es un ser». Y este ser se degrada inevitablemente con estos ataques. Fingir que no registramos esta degradación, que es también la nuestra, pretender que no la experimentamos, es crear una suerte de costra a nuestro alrededor que acaba por separarnos de nuestros propios deseos y de nuestra propia felicidad, porque el lenguaje, en su pureza y su vitalidad, es una de las mayores y más profundas fuentes de gracia, dignidad y felicidad en la vida humana.

Quiero decir que hay una ecología del lenguaje que tenemos que reencontrar, y ésta no es una empresa inaccesible. No se trata de velar por el casticismo o resucitar vetustas academias o arcaicas ortodoxias. Cada vez que abrimos paso a la reflexión sobre el sentido escondido de las palabras o a la ponderación de la sabia arquitectura de la sintaxis, cada vez que celebramos la gracia de un chiste verbal o de una adivinanza, una copla, una frase escuchada al pasar, cada vez que incurrimos en el lujo de ese paseo arqueológico entre ruinas maravillosas que es la etimología, estamos reviviendo la felicidad del lenguaje y la posibilidad de la poesía, que es la criatura más excelsa del lenguaje, su corona de estrellas.

Pero si esta cultura ataca la conciencia del lenguaje es, en gran medida, porque de algún modo se adivina que en ella, además de la fuerza refrescante de la poesía, reside la raíz de toda crítica. Para un sistema consumista como el que nos tiraniza, es indispensable la reducción del vocabulario, el aplanamiento y aplastamiento colectivo del lenguaje, la exclusión de los matices —que muchas veces significa el olvido de los propios deseos — y, sobre todo, la pérdida del sentido del goce y la lucidez que la lengua puede llegar a proporcionarnos. Por eso, la empresa consumista es enemiga frontal de la auténtica expresión lingüística, que exige libertad, don de aventura y originalidad y desasimiento total de pautas exteriores para desplegarse en todo su esplendor.


NOTAS

1. Un reciente artículo de Noam Chomsky en Science procura determinar la distinción específica entre lenguaje humano y lenguaje animal, que él asigna a la capacidad de recursividad, propia solamente de los humanos, y no referida exclusivamente al lenguaje. Pero en cuanto al modo en que nace y evoluciona el lenguaje, nada se adelanta en este artículo.

2. Inversamente dice Nietzsche, consciente como era del poder de la palabra: «Mientras no destruyamos la gramática, seguiremos creyendo en Dios» —acaso un inconsciente y paradójico deseo, por parte de Nietzsche, de que Dios exista indestructiblemente, ya que, como decía Valéry, la sintaxis es un elemento constituyente del espíritu humano; mientras haya humanos, inevitablemente habrá gramática.

3. Cuando hablo en este texto de una cultura enemiga del lenguaje me refiero en realidad a las tendencias dominantes del capitalismo global, y en particular a sus poderes propagandísticos, mediáticos e informáticos. Es evidente que los lenguajes naturales se desenvuelven en una cultura ambiental con la cual necesariamente interactúan. Ocurre que en general no se sopesa suficientemente el fundamento biológico del lenguaje cuando se lo describe como un factor más entre los constituyentes de una cultura. El lenguaje es la articulación más importante, misteriosa e impenetrable entre cuerpo y sociedad. Resulta una estimulante humillación para la inteligencia científica que aquello que nos diferencia de todas las otras especies animales se encuentre tan remotamente alejado de nuestra comprensión, en particular en lo que se refiere a su nacimiento y evolución.





IV
EL CONFLICTO ENTRE LENGUAJE Y CULTURA


Esta situación, en realidad, no es demasiado nueva ni sorprendente. No es un azar que las Academias, en general custodias de la gramática y ajenas a las formas inesperadas de la poesía, aparezcan en el cenit de las épocas imperiales. Cuando Platón expulsa a los poetas de la ciudad está reconociendo la capacidad de subversión que conlleva la poesía. La ciudad contemporánea no es ciertamente platónica pero sí patriarcal y autoritaria: sigue sospechando los conmocionantes poderes de la palabra poética y por eso la confina a las catacumbas. Al mismo tiempo, da rienda suelta a los mercaderes de la palabra calumniadora, del insulto, de la blasfemia y de la obscenidad. El espectáculo de la degradación del sexo y de la intimidad no se totaliza sino con el desfonde y la violación de la palabra.

El espacio oficial de la palabra está hoy confinado a «los medios», término cuya metáfora conviene cuestionar. ¿Son realmente medios de información, comunicación o entretenimiento, como se pretendía en las épocas inaugurales? ¿No está suficientemente claro, por las desbocadas carreras tras el rating, por su sustitución al ámbito legal y judicial, por el carácter extorsionador con respecto a las figuras públicas, que los llamados medios son ante todo medios de poder? Los romanos hacían del circo un espectáculo para obliterar la vida política; los medios actuales montan el circo de la vida política y al circo la reducen. Pero la palabra entregada al poder no es lenguaje sino pura consigna, mandato, explotación, ajena a la preciosa libertad que es el destino profundo de la verdadera palabra humana. Y nunca como ahora cabe decir que el fin no justifica los medios.

Existe entonces una tensión en las relaciones entre cultura y lenguaje. En cierto modo, podemos decir que la cultura envidia al lenguaje su indetenible poder de regeneración. La violencia sobre el lenguaje, sobre el Eros que manifiesta el lenguaje, sólo puede venir de una poderosa pulsión de muerte ambiental que tiende a manipular, deteriorar y tergiversar el sentido primero y original de esa comunicación única, celebrante y placentera, que es el lenguaje en el mundo del Eros. El lenguaje congrega y comunica, la violencia obtura y destruye. Cuando la violencia se apodera del lenguaje tenemos la repetición compulsiva del insulto —nuestro sempiterno boludo — , la blasfemia de la agresión sexual —hijo de puta—, el incesto verbal —go fuck your mother. Cuando es el lenguaje quien se apodera de la violencia tenemos a Esquilo, a Shakespeare, a Quevedo, a Isaías, a Cristo: la maldición sacra, el exorcismo necesario, la expulsión de los demonios íntimos y sociales.

La palabra poética es violencia contra la palabra establecida —pero se trata de aquella violencia que señala el Evangelio cuando dice que sólo los violentos arrebatarán el reino—. Walter Benjamin habla de los martillazos necesarios al escritor que debe forjarse un nuevo lenguaje golpeando a contrapelo la costra que ciega a la palabra desgastada por el uso, la máscara que ahoga a la palabra convencional, la rigidez que asfixia a la palabra burocrática. Todas estas trabas son arrancadas por ese golpe de luz que, como el viento que abre a la anémona, la poesía inflige a los sepulcros blanqueados de los lenguajes oficiales. Y la palabra resucita llamando y llameando nuevamente, recordando su origen y el nuestro.

Pero es necesario advertir también que la cultura masificante desconfía del lenguaje porque, como lo hemos dicho, la conciencia crítica de la lengua es el comienzo de toda crítica. Según Saussure, el modesto y misterioso suizo que funda la lingüística contemporánea, la lengua es el sistema social más poderoso porque está grabado fundamentalmente en el inconsciente. Por eso, para aparecer ante nosotros mismos, la primera recuperación que nos es obligatoria es el reconocimiento de nuestro lenguaje. Ésta es precisamente una de las más poderosas razones por las cuales las grandes culturas contemporáneas no favorecen el desarrollo de la conciencia lingüística o la restringen solamente al malabarismo de 1a propaganda comercial. Una cultura masificante entorpece el acceso a los estratos más profundos del lenguaje y de su conciencia, transmite prejuicios sin delatarlos, empobrece el vocabulario u olvida sus refrescantes orígenes.

Y precisamente porque se opone al lenguaje, la cultura contemporánea destruye el silencio, que es la condición primera y fundamental de la palabra genuina, la que viene de lo necesario y lo íntimo y no es simple resorte de respuesta mecánica. Una tecnología que es capaz de colocar un hombre en la luna pero que no alcanza a inventar silenciadores para las aspiradoras o para las cortadoras de pasto, representa una cultura que detesta tanto el silencio como el diálogo vivificante y tranquilo que del silencio emana, y se encamina categóricamente a destruirlos. Lo vociferante de nuestras ciudades, los decibeles de una música deleznable que de continuo aturde y ensordece, desafiando e impidiendo toda forma de comunicación, son modos patentes de una violencia cada vez más invasora que sólo se sacia con la obstrucción de la conciencia, en particular de la conciencia que se alimenta de los poderes del diálogo sosegadamente nacido en el silencio.

Y esto no debe sorprendernos: la destrucción de la intimidad y la vida interior, ante todo la del adolescente, es una condición sine qua non para su adiestramiento posterior como títere del mercado y cliente fiel de la farándula. Estos desplazamientos forzosos en la batalla de la palabra contra el ruido, estos aturdimientos programados no son inocentes. Implican una fiera voluntad de arrasar al otro en su fuero íntimo, el propósito de instalar el corazón digital y la implacable velocidad electrónica en el mundo de la mente, no acompañando sino sustituyendo violentamente y excluyendo para siempre los otros ritmos necesarios al corazón humano. Acaso no es un azar que en inglés, el idioma hoy globalmente dominante, no exista una palabra equivalente a callar 1. Nada calla en el ritmo indetenible de la industria musical que se produce en los países anglosajones, y el horror al vacío impone no perdonar un solo hueco de atención pura y desnuda en la ruidosa selva de la ciudad contemporánea.

NOTAS

1. Miguel Mascialino advierte que en hebreo y en alemán los términos referentes al silencio significan también calma y tranquilidad. En alemán, donde Stille es silencio, stillen significa asimismo calmar y amamantar.



V
UNA RIQUEZA INAGOTABLE


El lenguaje, don que no se puede perder, nos singulariza como individuos; como dice Lacan, el sujeto se constituye a través de la trama del lenguaje y gracias a éste. La identidad es una construcción interminable, del mismo modo que el lenguaje es una operación interminable y está continuamente en perpetua renovación. Bien propio e inalienable, el lenguaje es también un referente necesario para plasmar y sostener, no sólo la individualidad propia, sino la del grupo.

Contrariamente a los bienes de consumo, el lenguaje jamás se agota, recreándose continuamente; por lo tanto, compite con ventaja con cualquier producto manufacturado. Es también un bien solidario: lo comparte toda una comunidad, por un espontáneo sistema de trueque. Y por fin, es un bien absolutamente gratuito, ya sea en su apropiación como en su circulación. En otras palabras, es un bien totalmente subversivo, porque siendo como es, el bien más importante para los seres humanos —ya que es el don propio de la especie, el que nos diferencia de otros animales—, su naturaleza se opone a la de todos los otros bienes de consumo, que en lugar de ser gratuitos, solidarios e inagotables son, sin excepción, agotables, costosos y no compartidos.

En este sentido, el lenguaje es un amenazante peligro para la civilización mercantilista, por su estructura única e indestructible, que ningún mercado puede poner en jaque. Por eso, para los sectores del poder es perentorio, dada la resistencia del lenguaje, volverlo invisible e inaudible, cortarnos de esa fuente inconsciente y solidaria de placer que brilla en el habla popular, en los chistes que brotan como salpicaduras en las conversaciones entre amigos, en las nuevas canciones hermosas, en las creaciones auténticas que surgen todos los días en el patio de un colegio, en la mesa familiar, en la charla de un grupo de adolescentes.

Aunque, como todos sabemos, estamos viviendo una crisis profunda, algo posible en estas circunstancias (que no consista exclusivamente en culpabilizar a la otra mitad del país y nos dé un poco de aire para respirar) es considerar las cosas que son signos de indiscutible energía a nuestro alrededor y orientarnos decididamente hacia ellas. Menciono una sola y extendida contravención a esta consigna que es pura sensatez de supervivencia. Una cierta y oscura omnipotencia nos da permiso cotidianamente para ver horas de televisión basura o leer las peores secciones de los diarios o escuchar los noticieros más sensacionalistas o la música más deleznable, acumulando de ese modo en nosotros mismos una enorme resaca de sedimentos espurios que nos va convirtiendo en seres opacos y carentes de toda energía y transparencia. Aun cuando nos creamos impunes o invulnerables, nos estamos destruyendo nosotros mismos, del mismo modo que se destruyen los que comen y beben irresponsablemente hasta destrozar sus cuerpos, sus vidas y las de los que los rodean.

Estas formas de descenso de la conciencia son más frecuentes y extensas de lo que pensamos y van contribuyendo en no poca medida a la hecatombe social que estamos presenciando. El deterioro del lenguaje —tanto del que hablamos como del que nos permitimos escuchar— es una forma de autodestrucción sumamente grave, sobre todo cuando acompaña, desde adentro, las enormes fuerzas de agresión externa a las que estamos diariamente sometidos. Es algo así como un suicidio no sangriento decidido como respuesta frente a la adversidad; es abrazarse al enemigo cooperando siniestramente con su tarea. Porque está claro que un sistema inicuo puede acorralar nuestros ahorros y nuestros proyectos personales o políticos sin que en gran medida podamos impedirlo, pero el desfondamiento del lenguaje, el acorralamiento de nuestra capacidad verbal, el aniquilarse de ese pacto gratuito de solidaridad, libertad y felicidad entre nosotros, no puede realizarse sin nuestro propio consentimiento y connivencia. Y ese autoacorralamiento expresivo, esa mutilación colectiva consentida de común acuerdo por los medios y por la gente, es una escalofriante señal del suicidio masivo que estamos presenciando como si no fuéramos capaces de detenerlo.

La pelea por recuperar el dinero confiscado, justa y necesaria como es, puede derivar para muchos en la identificación profunda y exclusiva con su dinero, y allí sí que, aun recuperando el dinero, se pierde para siempre la identidad. Pero con el permiso que otorgamos a nuestros agresores para acorralar y devaluar nuestro lenguaje también estamos arriesgando y perdiendo nuestra verdadera identidad, esta vez de una manera innecesaria y autodestructiva. Podemos y debemos avergonzarnos de la política y la economía de nuestro país y encolerizarnos con los responsables de su catástrofe. Podemos y debemos perseguirlos política y judicialmente. Pero al mismo tiempo, de lo que no podemos ni debemos olvidarnos es de que sí podemos estar orgullosos de nuestro lenguaje, y este orgullo, y la firme resolución de no dejar que aquél sea avasallado, nos hacen falta imperiosamente en esta hora de humillaciones y bochornos insondables.




VI
UNA ESTRATEGIA ECOLÓGICA

Frente a la violencia contra el lenguaje, la estrategia a seguir no consiste en la denuncia sistemática o en la censura permanente de esta violencia, si bien tales actividades, en general, no son prescindibles ni desdeñables. Nada más efectivo contra esa violencia que habituarnos a frecuentar las vías no violentas de la celebración del lenguaje entre nosotros. Es decir, explorar cuáles son las maneras de recuperación y escucha del lenguaje que nos lo vuelvan más íntimo, viviente y disfrutable, volviéndonos a nosotros, al mismo tiempo, más disfrutables, vivientes e íntimos.

Entre esas vías —que considero ecológicas porque preservan, protegen y estimulan el ser del lenguaje— se cuenta el refrescante descenso al aljibe etimológico, la pregunta por el origen de las palabras que las rescata en su savia histórica y semántica. Otra vía posible es asistir al diálogo de las lenguas como a un espectáculo de iluminaciones mutuas, una esgrima pacífica de lucidez y sabiduría complementaria. Finalmente, nos es necesaria la escucha atenta del lenguaje cotidiano, el prestar oídos a las novedades y hallazgos del habla coloquial e infantil y el recrearnos en el lenguaje como fuente de humor. Y siempre y ante todo, aproximarnos a la poesía como a la zona más alta y misteriosa del lenguaje, la comprobación más certera de su fuerza mágica y de los mundos de energía y libertad que a través de ella nos habitan.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El Instinto del Lenguaje. Capítulo 1. El instinto para adquirir un arte

El Instinto del Lenguaje
Autor: Steven Pinker
Versión española de José Manuel Igoa González
Alianza Editorial, Madrid. 2001


Steven Arthur Pinker (nacido el 18 de septiembre de 1954, en Montreal, Canadá) es un prominente psicólogo experimental norteamericano, científico cognitivo y un popular escritor, conocido por su defensa enérgica y de gran alcance de la psicología evolucionista y de la teoría computacional de la mente. Sus especializaciones académicas son la percepción y el desarrollo del lenguaje en niños, es más conocido por argüir que el lenguaje es un "instinto" o una adaptación biológica modelada por la selección natural. Sus cuatro libros dirigidos al público en general —El instinto del lenguaje, Cómo funciona la mente, Palabras y reglas y La tabla rasa— han ganado numerosos premios y le han dotado de renombre.






Capítulo 1
EL INSTINTO PARA ADQUIRIR UN ARTE


Mientras usted lee estas palabras, está tomando parte en una de las maravillas del mundo natural. Usted y yo pertenecemos a una especie do¬tada de una admirable capacidad, la de formar ideas en el cerebro de los demás con exquisita precisión. Y no me refiero con ello a la telepatía, el control mental o las demás obsesiones de las ciencias ocultas. Incluso para los creyentes más convencidos, estos instrumentos de comunicación son burdos en comparación con una capacidad que todos poseemos. Esa capacidad es el lenguaje. Con sólo hacer unos ruiditos con la boca, conse¬guimos que en la mente de otra persona surjan nuevas combinaciones de ideas. Esta capacidad nos resulta tan natural que tendemos a pasar por alto lo asombrosa que es. Así que permítame que haga unas sencillas de¬mostraciones. Si le pido que por un momento deje que mis palabras guíen su imaginación, puedo hacer que tenga usted unos pensamientos muy concretos:

Cuando un pulpo macho divisa a un pulpo hembra, su cuerpo, que normal¬mente es de un tono grisáceo, se vuelve rayado. Nada por encima de la hembra y empieza a acariciarla con siete de sus tentáculos. Si ella lo permite, el macho se acerca rápidamente e introduce su octavo tentáculo en su tubo res¬piratorio. Una serie de paquetes de esperma se deslizan lentamente de una ra¬nura de su tentáculo para depositarse en la cavidad del manto de la hembra.

¿Su traje blanco se ha manchado con cerezas? ¿El vino se ha derramado sobre el mantel? Aplique inmediatamente agua de soda. Va de maravilla para quitar las manchas de los tejidos.

Cuando Dixie le abre la puerta a Tad, se queda de una pieza, pues creía que él había muerto. Entonces da un rápido portazo y trata de escapar. Sin embargo, cuando Tad le dice «Te quiero», ella le deja entrar. Tad se pone a consolarla y se van poniendo cada vez más cariñosos, Al interrumpirles Brian, Dixie le dice a un sorprendido Tad que ella y Brian se habían casado ese mismo día. Con evidente dificultad, Dixie le expliga a Brian que las cosas no han termina¬do ni mucho menos entre ella y Tad. Entonces suelta la noticia de que Jamie es hijo de Tad. «¿Que Jamie es mi qué?», exclama Tad alucinado.

Ahora veamos el efecto que han tenido en usted estas palabras. No sólo han servido para recordarle a los pulpos. En el improbable supuesto de que llegue a ver a alguno volviéndose rayado, usted sabrá lo que suce¬derá a continuación. Quizá la próxima vez que esté en un supermercado busque usted entre los miles de artículos disponibles una botella de agua de soda, para después, dejarla guardada durante meses hasta que cierta sustancia y cierto objeto entren en contacto accidentalmente. Ahora com¬parte usted con otras muchas personas los secretos de los protagonistas de un mundo, la obra titulada All my children (Todos mis hijos), que es producto de la imaginación de un desconocido. Bien es cierto que estas demostraciones dependen de su capacidad de leer y escribir, lo que hace que nuestra comunicación sea aún más impresionante, pues incluso es ca¬paz de salvar los obstáculos del espacio, el tiempo y nuestro mutuo desconocimiento. Sin embargo, la escritura es sólo un accesorio opcional. El verdadero motor de la comunicación verbal es el lenguaje hablado que adquirimos de niños.

En cualquier historia natural de la especie humana, el lenguaje se destaca como rasgo prominente. Con toda seguridad, un ser humano aislado es una impresionante obra de ingeniería y una máquina de resolver pro¬blemas. No obstante, una raza de Robinson Crusoes no llamaría demasia¬do la atención a un observador extraterrestre. Lo verdaderamente nota-ble de la condición humana se refleja mejor en la historia de la Torre de Babel, en la que la humanidad, con el don de una única lengua, se aproxi¬mó tanto a los poderes divinos que Dios se sintió amenazado. Una lengua común conecta a los miembros de una comunidad con una red de infor¬mación compartida con unos formidables poderes colectivos. Cualquiera se puede beneficiar de los toques de genialidad, los golpes de fortuna o el saber espontáneo de cualquier otra persona, viva o muerta. Además, las personas pueden trabajar en equipo, coordinando sus esfuerzos mediante acuerdos negociados. Como consecuencia de ello, el homo sapiens es una especie que, sin ser muy distinta de las algas marinas o las lombrices de tierra, ha originado cambios perdurables en este planeta. Los arqueólogos han descubierto los esqueletos de diez mil caballos salvajes al pie de un acantilado en Francia, restos de una manada que se despeñó empujada por varios grupos de cazadores del paleolítico hace unos diecisiete mil años. Estos fósiles de la colaboración y del ingenio compartido nos pue¬den aclarar el motivo por el que los tigres de colmillos de sable, los mas-todontes, los rinocerontes lanudos gigantes y otras muchas especies de mamíferos se extinguieron en los tiempos en que los modernos humanos arribaron a sus hábitats. Todo parece indicar que nuestros antecesores los aniquilaron.
El lenguaje se halla tan íntimamente entrelazado con la experiencia humana que apenas es posible imaginar la vida sin él. Si uno se encuentra a dos o más personas juntas en cualquier rincón de la tierra, lo más proba¬ble es que estén conversando. Cuando uno no tiene con quien hablar, se pone a hablar consigo mismo, con su perro o incluso con sus plantas. En nuestras relaciones sociales no se admira la rapidez, sino la labia: el ora¬dor que nos hechiza con sus palabras, el seductor que nos conquista con su verbo, o el niño persuasivo que convence a su testarudo padre. La afa¬sia, la pérdida del lenguaje a consecuencia de un daño cerebral, es un mal devastador, y en casos muy severos de esta enfermedad, la familia del afectado llega a sentir que lo han perdido para siempre.

Este libro trata del lenguaje humano. A diferencia de la mayoría de los libros que llevan la palabra «lenguaje» en su título, no tiene la inten¬ción de reñir a nadie por usarlo incorrectamente, de informar sobre el ori¬gen de los giros idiomáticos o las expresiones coloquiales, o de entretener a base de palíndromos, anagramas, epónimos o con curiosos nombres de animales como «piara de cerdos». Mi propósito no es hablar del inglés, el español u otra lengua en particular, sino de algo mucho más elemental: el instinto de aprender, hablar y entender el lenguaje. Por primera vez en la historia, ya hay algo de lo que hablar al respecto. Hace unos treinta y cinco años nacía una nueva ciencia. Lo que ahora se conoce corno «ciencia cognitiva» combina procedimientos tomados de la psicología, las ciencias de la computación, la lingüística, la filosofía y la neurobiología para explicar el funcionamiento de la inteligencia humana. La ciencia del lenguaje, en particular, ha sido testigo de espectaculares avances desde entonces. Hay muchos fenómenos del lenguaje que estamos empezando a entender casi tan bien como el funcionamiento de una cámara o para qué sirve el bazo. Mi intención es transmitir estos apasionantes descubrimientos, al¬gunos de los cuales figuran entre los más sugerentes de la ciencia moder¬na. Sin embargo, también tengo otros planes.

El conocimiento que hoy día se tiene de las capacidades lingüísticas presenta unas implicaciones revolucionarias para entender lo que es el lenguaje, el papel que desempeña en los asuntos humanos y nuestro con¬cepto mismo de humanidad. Cualquier persona con educación tiene opi¬niones formadas acerca del lenguaje. Sabe que es la invención cultural más importante que ha hecho el hombre, el ejemplo paradigmático de su capacidad de emplear símbolos y un hito biológico sin precedentes que le separa irrevocablemente de otros animales. También sabe que el lenguaje moldea el pensamiento y que las diversas lenguas hacen que sus hablantes se formen conceptos distintos de la realidad. Asimismo es consciente de que los niños aprenden a hablar a base de imitar a los adultos que les rodean. Sabe que antiguamente se fomentaba en la escuela el uso de gra¬máticas más sofisticadas, pero que unos sistemas educativos cada vez más raquíticos, unidos a las aberraciones de la cultura popular, han llevado a un preocupante empobrecimiento de la capacidad del ciudadano medio de construir correctamente las frases de su idioma. Cualquiera que haya estudiado inglés sabe que es una lengua caprichosa y contraria a la lógica, en la que el singular de los verbos lleva «s» y en cambio el plural no (com¬párese «he walks» — él anda— con «they walk» — ellos andan —). O que su ortografía llega a tales extremos de absurdo que sólo la inercia institu¬cional impide la adopción del sistema más racional de leer las cosas tal y como se escriben. No en vano George Bernard Shaw se quejaba de que la palabra fish (pez) podría igualmente deletrearse como ghoti, dado que hay veces que gh se pronuncia /f/, por ejemplo en tough (/tΛf/), o se puede leer como /i/, como en women (/wimən/), y ti se pronuncia /∫ə/, por ejem¬plo en nation (/nei∫ən/).
En las páginas que siguen, voy a intentar convencer al lector de que, todas y cada una de estas típicas opiniones son incorrectas. Y todo por una sencilla razón. El lenguaje no es un artefacto cultural que se aprende de la misma forma que se aprende a leer la hora o a rellenar una instancia. Antes bien, el lenguaje es una pieza singular de la maquinaria biológica de nuestro cerebro. El lenguaje es una habilidad compleja y especiali¬zada que se desarrolla de forma espontánea en el niño, sin esfuerzo consciente o instrucción formal, se despliega sin que tengamos conciencia de la lógica que subyace a él, es cualitativamente igual en todos los individuos, y es muy distinto de las habilidades más generales que tenemos de tratar información o comportarnos de forma inteligente. Por estos moti¬vos, algunos científicos cognitivos han definido el lenguaje como una facultad psicológica, un órgano mental, un sistema neural y un módulo computacional. Sin embargo, yo prefiero un término más pintoresco como «instinto», ya que esta palabra transmite la idea de que las personas saben hablar en el mismo sentido en que las arañas saben tejer sus telas. Tejer una tela no es el invento de una araña anónima y genial, ni depende de si la araña ha recibido o no una educación apropiada o posee una mayor aptitud para actividades espaciales o constructivas. Las arañas tejen sus telas porque tienen cerebro de araña, y eso les impulsa a tejer y les permite hacerlo bien. Aunque hay diferencias entre las telarañas y las pa¬labras, quisiera que el lenguaje pudiera verse de esta manera, ya que así entenderemos mejor los fenómenos que vamos a examinar.
La concepción del lenguaje como un instinto contradice a la sabiduría popular transmitida durante siglos como axioma de las humanidades y las ciencias sociales. El lenguaje no es más invención cultural que la postura erecta. Tampoco es manifestación de la capacidad general de usar símbo¬los; como veremos, un niño de tres años es un genio en materia de gramá¬tica, y, sin embargo, bastante incompetente en las artes visuales, la icono¬grafía religiosa, las señales de tráfico y otros típicos ejemplos del currículum semiótico. Aunque el lenguaje es una grandiosa capacidad ex¬clusiva del homo sapiens de entre todas las especies, no por ello debe apartar el estudio de lo humano del dominio de la biología, ya que cual-quier grandiosa capacidad exclusiva de una especie viviente no es algo único en el reino animal. Algunas variedades de murciélagos atrapan in¬sectos en vuelo usando un sonar Doppler. Algunas clases de aves migra¬torias se orientan en sus vuelos de miles de kilómetros calibrando la posi¬ción de las constelaciones según el momento del día y la época del año. En el teatro de la naturaleza no somos más que una especie de primates con su propio espectáculo, que consiste en la habilidad de comunicar información sobre quién hizo qué a quién a base de modular los sonidos que producimos al exhalar el aire.

Una vez que empecemos a contemplar el lenguaje no como la inefable esencia de la singularidad humana, sino como una adaptación biológica para comunicar información, no nos veremos tan tentados a definir el len¬guaje como el insidioso escultor del pensamiento. De hecho, vamos a comprobar que no lo es. Por lo demás, al ver el lenguaje como una obra maestra de ingeniería de la naturaleza (como un órgano con «esa perfección de estructura y coadaptación», en palabras de Darwin), trataremos con más respeto a los hablantes corrientes y a nuestra maltratada lengua (sea ésta la lengua que sea). La complejidad del lenguaje, desde el punto de vista del científico, es parte de nuestro patrimonio biológico; no es algo que los padres enseñen a sus hijos o que se imparta en las escuelas. Según dijo Oscar Wilde, «la educación es cosa admirable, pero de vez en cuando conviene recordar que nada que merezca la pena saber se puede enseñar». El conocimiento tácito de la gramática que posee cualquier niño preescolar es más sofisticado que el manual de estilo más completo o el programa de ordenador más avanzado, y lo mismo se puede decir de cualquier ser humano normal, incluidos los futbolistas que atentan contra la sintaxis y los locuaces adolescentes con su lenguaje inarticulado de «o seas» y «es ques». Y para terminar, puesto que el lenguaje es producto de un instinto biológico bien confeccionado, veremos que tampoco es esa jaula de grillos en que algunos avispados columnistas se empeñan en convertirlo. Voy a intentar devolverle a la lengua que se habla en la calle la dignidad que merece, incluso sin escatimar algún que otro elogio a su or¬tografía.
La concepción del lenguaje como una clase de instinto fue expresada por primera vez por el propio Darwin en 1871. En su libro El origen del hombre, Darwin tuvo que vérselas con el lenguaje, ya que su exclusividad en los seres humanos podía llegar a comprometer su teoría. Como en to¬das las materias que estudió, sus observaciones suenan misteriosamente modernas:

Uno de los fundadores de la noble ciencia de la Filología observa que el len¬guaje es un arte, como la fabricación de la cerveza o del pan. Nosotros nos atrevemos a decir que hubiera sido más acertado buscar el símil en la escritu¬ra. [Por supuesto que no es un auténtico instinto, ya que toda lengua debe aprenderse.] Esto poco importa, pero notaremos que el arte de hablar difiere mucho de todos los demás artes, porque el hombre tiene tendencia instintiva a hablar, como puede observarse en esa singular charla usada por los niños, mientras que ninguno de ellos muestra tendencia instintiva a fabricar cerveza, a hacer el pan o a escribir. A más de esto, debe tenerse en cuenta que ya no existe filólogo alguno que suponga que una lengua ha sido deliberadamente inventada, sino que de consuno afirman haberse desarrollado tonos incons¬cientemente y siguiendo muchos grados sucesivos. [El origen del hombre y la selección en relación al sexo. Madrid: EDAF, 1970.]

Darwin concluye que la capacidad lingüística es «una tendencia instinti¬va a adquirir un arte», un diseño que no es privativo del hombre, sino que se halla presente en otras especies, como es el caso de las aves canoras.

La idea de un instinto de lenguaje les parecerá descabellada a quienes consideran el lenguaje el cenit del intelecto humano y los instintos meros impulsos ciegos que empujan a unos zombis con piel o plumas a construir diques o a volar hacia el sur. Sin embargo, uno de los seguidores de Dar¬win, William James, advirtió que los poseedores de instintos no tienen por qué actuar como «autómatas condenados». James arguyó que los humanos poseemos todos los instintos de los animales y algunos más; nuestra flexible inteligencia procede de la interacción de muchos instintos en competencia. De hecho, la naturaleza instintiva del pensamiento humano es pre¬cisamente lo que hace difícil comprender que se trata de un instinto:

Hace falta... tener una mente corrompida por el aprendizaje para llevar a cabo el proceso de convertir lo natural en extraño, hasta el punto de preguntar el porqué de los actos instintivos humanos: Sólo al metafísico se le pueden ocu¬rrir preguntas tales como: «¿Por qué sonreímos cuando algo nos agrada, en lu¬gar de fruncir el ceño? ¿Por qué somos incapaces de hablar a una multitud igual que hablamos con un amigo? ¿Por qué una muchacha en particular nos hechiza de tal manera?». El hombre corriente sólo acierta a decir: «Natural¬mente que sonreímos, por supuesto que el corazón se pone a palpitar cuando vemos a la multitud, es obvio que nos hemos enamorado de la muchacha, un alma delicada revestida de una forma perfecta, creada evidentemente para ser amada por toda la eternidad».
Así debe de sentirse un animal con respecto a las cosas que tiende a hacer en presencia de ciertos objetos... Para el león, es la leona lo que ha sido crea¬do para ser amado; para el oso, la osa. A la gallina clueca le parecerá mons¬truoso que haya una sola criatura en el mundo que no vea en un nido lleno de huevos un objeto precioso y fascinante digno de incubar.

Así pues, podemos estar seguros de que por muy misteriosos que nos pue¬dan parecer los instintos de otros animales, a ellos no les parecerán menos los nuestros. Por ello, debernos concluir que, para el animal que se somete a él, cada impulso y todas y cada una de las partes de cada instinto brilla con luz propia, y en ese preciso momento es lo único que importa. ¿Qué mosca no ex¬perimenta una voluptuosa emoción al descubrir la hoja, el pedazo de carroña o el trocito de estiércol que estimulará al macho a descargar? ¿Acaso no es para ella esta descarga lo único que tiene sentido? ¿Necesita preocuparse en ese momento por la futura larva y por su sustento?

Creo que no hay modo de expresar mejor el objetivo de este libro. El funcionamiento del lenguaje está tan apartado de nuestra conciencia como la lógica de la incubación de huevos lo está de la conciencia de la mosca. Nuestros pensamientos fluyen de nuestra boca con tal naturalidad que a veces incluso nos hacen sonrojar, al burlar la censura de la mente. Cuando comprendemos oraciones, el torrente de palabras se nos hace transparen¬te; captamos el significado tan automáticamente que olvidamos que la pe¬lícula es en una lengua extranjera y está subtitulada. Creemos que los ni¬ños aprenden su lengua materna a base de imitar a sus madres, pero cuando un niño dice Póneme o sapato o S'a rompido, no puede tratarse de un acto de imitación. Mi propósito es sembrar de sospechas la mente del lector, para que estos dones naturales le parezcan extraños, para que se pregunte el porqué y el cómo de estas capacidades que le son tan familia¬res. Si observamos a un inmigrante esforzándose por hablar una segunda lengua o a un paciente con una lesión cerebral su lengua materna, si anali¬zamos el habla de un niño pequeño o si tratamos de programar un ordena¬dor para que entienda el lenguaje, el habla normal empezará a parecemos diferente. La naturalidad, la transparencia y la automaticidad son meras ilusiones que enmascaran un sistema de enorme riqueza y hermosura.

En este siglo, la argumentación más conocida de que el lenguaje es como un instinto se debe a Noam Chomsky, el primer lingüista que de¬sveló la complejidad del sistema y tal vez la persona a la que cabe una mayor responsabilidad en la moderna revolución del lenguaje y de la ciencia cognitiva. En los años 50, las ciencias sociales estaban dominadas por el conductismo, una tradición de pensamiento popularizada por John Watson y B. F. Skinner. Términos mentales tales como «saber» y «pensar» re¬cibieron el marchamo de acientíficos; palabras como «mente» e «innato» se consideraban feas. La conducta se explicaba por medio de unas pocas leyes de aprendizaje por asociación de estímulos y respuestas que podían estudiarse observando a las ratas pulsar palancas y a los perros salivar al oír tonos. Sin embargo, Chomsky llamó la atención hacia dos hechos fundamentales del lenguaje. En primer lugar, prácticamente toda oración que una persona profiere o entiende es una combinación inédita de pala¬bras que aparece por primera vez en la historia del universo. Por consi¬guiente, una lengua no puede ser un repertorio de respuestas; el cerebro debe tener una receta o un programa que le permita construir un conjunto ilimitado de oraciones a partir de una lista finita de palabras. A ese programa se le puede llamar gramática mental (que no debe confundirse con las «gramáticas» estilísticas o pedagógicas, que simplemente son guías que regulan el estilo de la prosa escrita). El segundo hecho fundamental es que los niños desarrollan estas complejas gramáticas con gran rapidez y sin instrucción formal, hasta que son capaces de dar una interpretación consistente a frases con construcciones nuevas que jamás han oído anteriormente. Así pues, razonaba Chomsky, los niños tienen que estar equipados de nacimiento con un plan común a las gramáticas de todas las lenguas, una Gramática Universal que les diga cómo destilar las pautas sintácticas del habla de sus padres. Chomsky lo decía con palabras como éstas:

Es un hecho curioso de la historia intelectual de los últimos siglos que se hayan seguido caminos diferentes en el estudio del desarrollo físico y en el del desarrollo mental. Nadie se tomaría en serio la hipótesis de que el organismo humano aprende a través de la experiencia a tener brazos y no alas ni que la estructura básica de los órganos particulares es el resultado de una experien¬cia accidental. Por el contrario, se da por supuesto que la estructura física del organismo está genéticamente determinada, aunque, evidentemente, la mag¬nitud de variaciones tales corno el tamaño, el grado de desarrollo y otras de¬penderán en parte de factores externos...

El desarrollo de la personalidad, los esquemas de conducta y las estructu¬ras cognitivas en los organismos superiores, en cambio, a menudo han sido es¬tudiados desde una perspectiva muy diferente. En general se presupone que en este terreno el medio social es el factor dominante. Las estructuras del en¬tendimiento que se desarrollan a lo largo del tiempo se consideran arbitrarias y accidentales; no existe ninguna «naturaleza humana» aparte de lo que se de¬sarrolla como un producto histórico específico...
Sin embargo, los sistemas cognitivos humanos, cuando se investigan con seriedad, demuestran no ser menos maravillosos y complejos que las estructu¬ras físicas que se desarrollan en la vida del organismo. ¿Por qué entonces no deberíamos estudiar la adquisición de una estructura cognitiva como el len¬guaje más o menos de la misma manera como estudiamos un órgano corporal complejo?

A primera vista, la propuesta puede parecer absurda, aunque sólo sea por la gran variedad de lenguas humanas, pero una consideración más detallada de los hechos disipa estas dudas. Aun conociendo muy poca cosa substancial acerca de los universales lingüísticos, podemos estar bastante seguros de que la posible variedad de lenguas está bien delimitada... La lengua que cada per¬sona adquiere es una construcción rica y compleja que mal podría estar deter¬minada por los datos fragmentarios de que dispone [el niño]... Sin embargo, los individuos de una comunidad lingüística han desarrollado esencialmente la misma lengua. Este hecho sólo se puede explicar sobre el supuesto de que estos individuos emplean principios altamente restrictivos que guían la construc¬ción de la gramática. [Chomsky, N. Reflexiones sobre el lenguaje. Barcelona: Ariel. 1979. pp, 19-22.]

A base de arduos análisis técnicos de las oraciones que las personas normales aceptamos como parte de nuestra lengua materna, Chomsky y otros lingüistas desarrollaron teorías de las gramáticas mentales que subyacen al conocimiento que los hablantes tienen de sus lenguas particula¬res y de la Gramática Universal que subyace a estas gramáticas particula¬res. Muy pronto el trabajo de Chomsky animó a otros científicos, entre los que figuran Eric Lenneberg, George Miller, Roger Brown, Morris Ha¬lle y Alvin Liberman, a inaugurar nuevas áreas de estudio del lenguaje, desde el desarrollo infantil y la percepción del habla hasta la neurología y la genética. En la actualidad, la comunidad de científicos dedicados al es¬tudio de los problemas que él planteó cuenta con miles de miembros. Chomsky figura entre los diez autores más citados de todos los tiempos en las humanidades (superando a Hegel y a Cicerón, y sólo por detrás de Marx, Lenin, Shakespeare, la Biblia, Aristóteles, Platón y Freud), siendo el único vivo entre ellos.

Otra cosa distinta es lo que esas citas dicen. Chomsky ha dado mucho de qué hablar. Las reacciones oscilan desde una temerosa adoración, como la que suelen despertar los gurús de los cultos religiosos más extravagan¬tes, hasta las invectivas más fulminantes, que algunos académicos han convertido en un arte. Esto se debe en parte a que Chomsky ha atacado lo que aún sigue siendo uno de los pilares de la vida intelectual del siglo XX, a saber, el «Modelo Estándar de la Ciencia Social», según el cual la psiquis humana está moldeada por la cultura que la rodea. Pero también obedece a que ningún pensador puede permitirse el lujo de ignorarlo. Como ha reconocido el filósofo Hilary Putnam, uno de sus más seve¬ros críticos:
Cuando se lee a Chomsky, a uno le invade una sensación de enorme poder in¬telectual; en seguida se nota que nos hallamos ante una mente extraordinaria. Y esto es producto tanto del encanto de su poderosa personalidad como de sus evidentes virtudes intelectuales: la originalidad, el desprecio por lo caprichoso y lo superficial, el afán de revivir (y la capacidad de revivir) posturas que parecían pasadas de moda (como la «doctrina de las ideas innatas»), y el interés por temas de importancia capital y permanente, tales como la estructu¬ra de la mente humana.

La historia que voy a contar en este libro ha recibido, naturalmente, una profunda influencia de Chomsky. Sin embargo, no es exactamente su historia, y tampoco la contaré como él lo haría. Chomsky ha dejado per¬plejos a muchos lectores con su escepticismo hacia la posibilidad de que la doctrina darwiniana de la selección natural (frente a otros procesos evolutivos) pueda explicar los orígenes del órgano del lenguaje que él defiende. Yo, en cambio, considero que es fructífero considerar el lenguaje como una adaptación evolutiva, al igual que sucede con el ojo humano, cuyas partes principales están diseñadas para desempeñar importantes funciones. Los argumentos de Chomsky en torno a la naturaleza de la fa¬cultad del lenguaje están basados en análisis técnicos de la estructura de las palabras y las oraciones, envueltos muchas veces en abstrusos forma¬lismos. Su tratamiento de los hablantes de carne y hueso es bastante superficial y extraordinariamente idealizado. Aunque coincido con él en muchos de sus argumentos, creo que cualquier conclusión sobre la mente sólo es convincente si se apoya en pruebas muy diversas. Así pues, la his¬toria que contaré en este libro es muy ecléctica, pues abarca desde el papel del ADN en la constitución del cerebro hasta los prejuicios de los columnistas de prensa acerca del lenguaje. La mejor manera de empezar es preguntando por qué debemos creer que el lenguaje humano es parte de la biología humana, un instinto, en definitiva.