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domingo, 20 de diciembre de 2009

Primeros seis capítulos de La Palabra Amenazada. Ivonne Bordelois

LA PALABRA AMENAZADA.




IVONNE BORDELOIS es poeta y ensayista de nacionalidad argentina. Se doctoró en Lingüística en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) con Noam Chomsky y ocupó una cátedra en la Universidad de Utrecht (Holanda). Recibió la beca Guggenheim en 1983. Ha escrito varios libros, entre lo cuales se encuentran: El alegre Apocalipsis (1955), Correspondencia Pizarnik (1988) y Un triángulo crucial: Borges, Lugones y Güiraldes (1999, Segundo Premio Municipal de Ensayo 2003). Ivonne Bordelois ganó el Premio Nación-Sudamericana 2005.


El lenguaje no necesita renacer: siempre está viviendo. Los que morimos somos nosotros, y a veces morimos por falta de amor al lenguaje, que es lo más hermoso que tenemos, lo más hermoso que somos. De eso es lo que trata o quiere tratar mi libro La Palabra amenazada.

I. B.




Texto: La Palabra Amenazada
Autora: Ivonne Bordelois
Monte Ávila Editores. Milenio Libre. Caracas, Venezuela. 2004.


I
VIOLENCIA Y LENGUAJE


Se habla mucho de violencia entre nosotros estos días; acaso demasiado. El mismo hablar contra la violencia parece generar violencia. Profetas que aúllan, pacificadores que abruman, políticos y periodistas que ensordecen, rockeros que deliran; de este estruendo parece surgir en nosotros sólo un vehemente deseo de fuga a un lugar de silencio y de paz. Acaso este lugar es mucho más accesible que lo que nos imaginamos. Y estas líneas, que intentan una suerte de ecología del lenguaje, se proponen imaginar ese lugar; porque uno de los aterradores poderes de la violencia es que está destinada, precisamente, a la tarea de destruir la imaginación, tarea en la que es inmensamente eficaz.

Una primera y muy extendida forma de violencia que sufre la lengua, en la que todos prácticamente participamos, es el prejuicio que la define exclusivamente como un medio de comunicación. Si se la considera así —como lo hace nuestra sociedad— se la violenta en el sentido de que se olvida que el lenguaje —en particular, el lenguaje poético— no es sólo el medio, sino también el fin de la comunicación. Cuando se mediatiza al lenguaje, cuando se lo considera sólo una mediación para otra mediación —porque la comunicación se pone al servicio del marketing, el marketing del dinero y así sucesiva e infinitamente— nos olvidamos de que el lenguaje es ante todo un placer, un placer sagrado; una forma, acaso la más elevada, de amor y de conocimiento.

Si es verdad que la pulsión de vida, el Eros, es la que vincula al deseo y su objeto, y el placer es la señal certera de su realización, el lenguaje es una de las manifestaciones más evidentes y universales del principio del placer. En cada comunicación verbal que se logra se da una relación misteriosa y fecunda. La libido hace de las palabras su objeto y habitación: entre la lengua parlante y la oreja escuchante hay una relación análoga a la que existe entre el falo (que en sánscrito se llama lingam) y la vulva. Como sistema de símbolos —y símbolo es una palabra griega que significa la fusión de dos objetos— el lenguaje pone de manifiesto nuestra capacidad innata de investir la libido en palabras, objetos verbales inagotables y vinculados entre sí a través de la ligazón permanente de la sintaxis y el léxico, que nos relacionan a su vez con los otros y con nosotros mismos. Las relaciones existentes entre las palabras son a la vez espejo y modelo de nuestras propias relaciones con el universo.

Este carácter peculiar del lenguaje es lo que garantiza su poder, un poder que prevalece sobre todas las operaciones intelectuales. En este sentido, es necesario recordar a Martí: «La lengua no es el caballo del pensamiento, sino su jinete». Es decir, en la lengua hay algo anterior y superior, en cierto modo, al pensamiento mismo 1. No es una coincidencia el hecho de que Martí fuera poeta, ya que son los poetas —junto con los niños— los que primero advierten las posibilidades más abiertas y secretas del lenguaje y juegan o se dejan jugar con ellas. Los etimólogos son también conscientes de estos despliegues, corroborados en los documen¬tos que establecen los orígenes de una palabra. Si nos enteramos de que pasión y paciencia provienen de la misma raíz, por ejemplo, así como amar y amamantar también tienen un parentesco común, algo en nosotros descubre esa fuente que es la sabiduría inmanente del lenguaje y se inclina a escucharla.

Y si pensamos en el lenguaje como un órgano de conocimiento anterior al pensamiento, la pregunta normal ya no es: ¿Cuántas lenguas habla usted? sino: ¿Cuántas lenguas escucha usted? Hablamos aquí de un don más íntimo, tan desconocido como necesario en nuestros días: el don de escuchar lenguas, y en particular, el don de dar lugar en nosotros a la escucha de nuestra propia lengua, que tan desatenta y desatentadamente hablamos y a la que tan poco lugar y tiempo de reflexión concedemos. Entre el uso de la palabra y la escucha de la palabra media una distancia semejante a la que separa al amor de la prostitución. Piénsese en la ridícula paradoja que encierra la común expresión «dominar una lengua». Las lenguas son ellas mismas dominios inmensos de tradiciones, vastos léxicos que se nos escapan, reglas gramaticales subterráneas de las que apenas alcanzamos a atisbar los mecanismos, métricas tan espontáneas como misteriosas, poéticas realizadas y otras maravillosas por cumplirse. De nada de todo esto corresponde ni es posible apropiarse: sólo cabe aquí una contemplación admirada, un humilde y tenaz estudio que arranque de la certeza de la inaccesibilidad total de su objeto último.

Hay culturas que son generosas y atentas a su propio lenguaje, como la de España la del Siglo de Oro o la Inglaterra de Shakespeare, y lo transmiten y lo llevan a un fulgor extraordinario. Dice Steiner que en el inglés de ciertos períodos hay un sentimiento de descubrimiento, de adquisición exuberante que nunca se ha vuelto a reconquistar íntegramente.

"Marlowe, Bacon, Shakespeare usan las palabras como si fueran nuevas, como si ningún roce previo hubiera enturbiado su esplendor o atenuado su resonancia. Así es como los siglos XVI y XVII parecían contemplar al lengua¬je mismo. Tenían ante sí al gran tesoro cuyas puertas se habían abierto de improviso y las saqueaban con la sensación de que era infinito".

Notemos, con todo, la imagen típica de la visión dominadora de la lengua en Steiner. Shakespeare no saqueaba la lengua: la escuchaba en su ámbito más profundo; por eso es Shakespeare. Y el inglés, como toda lengua natural, aun la más pobre lexicalmente, sigue siendo infinito en sus posibilidades, pese a las desvirtuaciones que puede sufrir en nuestros tiempos. Hablamos de épocas excepcionales, en las que el lenguaje es sentido no exclusivamente como un medio de comunicación, una mone¬da de intercambio circulante y corriente, sino como un camino de conocimiento y de celebración. En esas épocas afortunadas, el lenguaje no es sólo usado, sino que es escuchado por los grandes poetas, y de esta escucha y de esta reinterpretación surgen los poemas más memorables de nuestra historia, no digo ya de la historia de las literaturas particulares, sino de la historia de la especie.

NOTAS

1. La filosofía del giro lingüístico, tal como la presenta Dardo Scavino, llega a decir que el lenguaje deja de ser un medio, algo que estaría entre el yo y la realidad, para convertirse en un léxico, capaz de crear tanto el yo como la realidad. Menos radicalmente, preferiríamos apelar a la noción de campo, que aparece simultáneamente entre dos instancias (el yo y su interlocutor, el yo y la «realidad») como correlato necesario de ese encuentro, determinando y siendo determinada a su vez por estas presencias.
Recordemos que en el Génesis las palabras anteceden a las cosas, no las reflejan. Dios nombra primero a la luz para que la luz exista, y es la palabra lo que termina con el caos. En el caso de Adán, los animales preceden a sus nombres, que son los que Adán les da y los que les «corresponden». Sería interesante explorar el paralelismo de la tradición hebrea con el pensamiento platónico e idealista, en el cual las ideas preceden a las cosas. (Lo común de ambas tradiciones es que la realidad no existe si no hay algo que la promueva y condicione a la existencia: en el pensamiento hebreo este algo es la palabra; en el platónico, la idea. Es decir, en el pensamiento platónico el hombre se asemeja más a Dios que a Adán).



II
EURÍDICE: LA NO ESCUCHADA


Orfeo es el mito trágico que pone en escena, entre otras fisuras, el abismo entre los no-escuchantes y los hablantes. Es la variante brasileña del mito, el hermoso Orfeo Negro de Marcel Camus —realizado en los años cincuenta e inspirado en una obra de teatro de Vinicius de Moraes—, la que revela más claramente esta interpretación, que parece estar implícita, sin embargo, en el tejido mismo del relato. Orfeo desciende a los infiernos a salvar a Eurídice; la condición de su rescate (condición impuesta, no por azar, por una ley infernal invocada por Pluto) establece que hasta la salida del Hades, Orfeo, que precede a Eurídice, no dará vuelta la cabeza para mirarla 1. Pero Orfeo no puede resistir la tentación y pierde definitivamente a Eurídice.

En la versión brasileña, Eurídice dice: «Si pudieras escucharme en vez de verme». El regreso al infierno se cierne como amenaza para la pareja ante la imposibilidad de que el varón escuche a la mujer, que es para él ante todo presencia visible, física o sexual, antes que palabra portadora de sentido. Orfeo, mitad dios y mitad hombre, es el creador de la música, el supremamente escuchable, nunca el escuchante. La condición impuesta a Orfeo, en realidad, consiste en superar esta situación de ensordecimiento, y así responder al deseo más profundo de Eurídice: el ser oída. Una Eurídice invisible, que sólo puede ser escuchada, representa para Orfeo el infierno, porque trastorna todos sus poderes.

En la versión griega del mito, las Ménades, que representan las furias femeninas, descuartizan a Orfeo, el músico que carecía de espacio y tiempo para escuchar a otros, y que por no escuchar tampoco a Eurídice perdió la visión de ella, quedando así parcialmente ciego. Las Ménades descuartizan a Orfeo y el infierno de Eurídice se sella para siempre. El infierno devora la inaudible música de Eurídice, es decir, el infierno de Eurídice consiste precisamente en ser sacrificada al imperio exclusivo de la música órfica, que entraña la imposibilidad de ser escuchada en su propia palabra, en su propia música 2.

Varios detalles confirman lo plausible de esta hipótesis. La voz de Orfeo no sólo excluye la de Eurídice a la salida del infierno, sino que en un episodio anterior, en su viaje con los argonautas, el canto de Orfeo ha desplazado al de las sirenas para impedir que sus compañeros las escuchen. Ellas, despechadas, acaban suicidándose: otra instancia fatal de la supresión de la voz de las mujeres. Orfeo es también considerado sacerdote, el primero en haber escrito los dogmas y rituales de una religión hermética que excluía a las mujeres. Está vinculado asimismo con la sacralización de las relaciones homosexuales entre varones y es protegido de Apolo, que ama a mujeres y a varones. Las Ménades que lo destrozan son oriundas de Ciconia, de donde también era Eurídice. Es notable que los restos de Orfeo descuartizado vayan a desembocar a Lesbos, patria de la poesía lírica y territorio de Safo. Según Ovidio, las Ménades, para matarlo, utilizan un arado, hecho que acaso represente la venganza matriarcal por el pasaje de la agricultura de la mano de las mujeres a la de los varones. Curiosamente, mientras el nombre de Orfeo significa «la gran voz», el nombre de Eurídice puede analizarse en griego como eurys, amplio, y dike, la justicia que concierne, particularmente en caso de abuso, a personas implicadas en relaciones íntimas. Podría significar, por lo tanto, una mirada más amplia —y profunda— en lo que concierne a los vínculos de la pareja. No se olvide que Eurídice es también el nombre de la mujer de Creón, quien se ahorcará cuando éste arrastre al suicidio al hijo de ambos, Hemón, el enamorado de Antígona (otro caso de mujer no escuchada).

Parece entonces que el mito encierra una pluralidad de mensajes, uno de los cuales, acaso el más prominente, es el enfrentamiento de culturas matriarcales y patriarcales. Orfeo es hijo de Calíope, una de las Musas —origen de la música— y su apoteosis final se ve refrendada cuando Zeus transporta su lira a la constelación de su nombre. Parece claro que su figura encarna la rivalidad con la voz femenina, evidenciada ya en el episodio de las Sirenas. Pero lo que nos interesa aquí es que Orfeo —que pasó a la posteridad patriarcal como el héroe-víctima y músico supremo, venerado por poetas y músicos como Rilke y Glück, que se identificaban sin duda con su fascinante voz todopoderosa— es en verdad quien provoca la tragedia. En efecto, ésta se desencadena por su incapacidad de escuchar al otro, que va pareja con su necesidad exasperada y exasperante de escucharse narcisísticamente sólo a sí mismo, y de ser escuchado a costa del silenciamiento ajeno. El mito órfico es entonces también la representación de un monólogo delirante que, pretextando amor, desplaza al interlocutor y lo reduce a la nada de un silencio infernal. A la violencia que representa su negación de la palabra-música de Eurídice contesta la violencia vengativa de su descuartizamiento por las Ménades. La cólera de las Ménades, inspiradas por Dionisio, el dios rival de Apolo, representa la ira femenina por el rechazo de un espacio de amor y atención para la voz de la mujer 3.

Más allá de la disputa entre los sexos, sin embargo, lo que parece sugerir el mito, desde el fondo de los tiempos, es la trágica circunstancia que hace que los más dotados para la música y la palabra —y los poderes que de estos dones se derivan— sean con frecuencia también los menos dotados para la atención y la escucha. Una figura posible del mito, aquella que estamos explorando en este texto, representa la incapacidad de los seres humanos de escucharnos unos a otros, así como la contumacia de nuestra inconsciente negativa a escuchar aquello que precisamente nos permite hablarnos: nuestro lenguaje. Así, reducimos a nuestros interlocutores y a nuestro lenguaje a la nada del sinsentido y el olvido.

Cuando se habla de competitividad en el mundo contemporáneo se piensa en general en la capacidad de imponer masivamente pautas y productos culturales e industriales, así como ideas y formas de poder a lo largo y a lo ancho de todo el planeta. Pero lo que subyace a este alud de imposiciones y hace posible su efectividad es un lenguaje monotemático que busca sólo afirmarse y escucharse a sí mismo y desatiende implacablemente la escucha y la necesidad del otro. La palabra fetiche de la propaganda comercial y política desaloja así fieramente a la palabra profunda de la tradición y al léxico del nuevo conocimiento; el jingle reemplaza a la canción de cuna, el cliché político a la reflexión original, el autismo mediático a las humildes e inspiradas formas de la estética popular o de las voces marginales.

Con razón dice Margaret Fuller que la literatura —y lo mismo vale para la cultura— no consiste en una colección de libros magníficos, sino en un ensayo de interpretación mutua. La cultura global es en gran medida un remedo de diálogo en el que poderosos Orfeos, embebidos narcisísticamente en su propia música, sumergen en el silenciamiento total a los que se supone deben ser rescatados. El cine contemporáneo, con sus megaproducciones, hazañas virtuales y falsos estrellatos, la industria musical de nuestros días, campo de batalla de los intereses del rock, llevan las señales claras —o más bien, exhiben las garras— de una empresa que aspira a imponer pautas de dominio unilateral y conducirnos al infierno del sinsentido —o al nirvana de los zombies— antes que proponer un diálogo abierto en el que despunte lo verdaderamente nuevo, lo no dicho, aquello que necesariamente conforma el porvenir. Y así se prolonga y consolida el infierno de Eurídice.

NOTAS

1. La prohibición acerca del no mirar atrás no es exclusiva del mito de Orfeo: la reencontramos en el Antiguo Testamento, cuando se narra la maldición de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal al mirar hacia Sodoma en llamas; y también aparece en el Evangelio: «El que pone su mano en el arado y mira hacia atrás no es digno de Mí».

2. El gesto de Orfeo no es único: repica ilimitadamente en la tradición lírica occidental, que expresa que el silencio no sólo le es necesario a la mujer sino que constituye uno de sus rasgos eróticos definitorios. Tres ejemplos al caso: Baudelaire «Sois belle et tais-toi»; Neruda: «Me gustas cuando callas porque estás como ausente / y me oyes desde lejos y mi voz no te toca / Parece que los ojos se te hubieran volado / y parece que un ángel te besara la boca»; Vocos Lescano: «Dices, y mientras dices, lo que dices / vuelve las cosas claras y felices / y hasta donde llega el júbilo convoca // Pero callas, y entonces, cuando callas / se inclina el cielo al sitio donde te hallas / y se te llena de ángeles la boca». Por cierto que las teorías del silencio, tan proliferantes en nuestros ensordecedores días, podrían adjudicar una secreta superioridad, un escondido privilegio místico a la mujer en su enigmático silencio. Lo que me interesa mostrar aquí es que el lirismo raramente produce la imagen inversa del varón que seduce a partir de su silencio, y no debemos ni podemos engañarnos acerca del significado de esta asimetría.

3. En su hermosa interpretación de los tres cofrecillos, Freud muestra ejemplos muy persuasivos de la ecuación de la mujer con el silencio (y del silencio con la muerte). El silencio que se otorga como clave a la supuesta identidad de la mujer acaba por desembocar inevitablemente en el silenciamiento de la mujer en la cultura. Baste considerar, entre nosotros, el tiempo y los esfuerzos que han sido necesarios para restituir a su auténtica estatura una voz poética como la de Alfonsina Storni (ignora¬da públicamente, en su tiempo, por la voz de los Orfeos imperantes: Lugones y Borges). Explorar estos muy interesantes terrenos nos llevaría, con todo, muy lejos de nuestro propósito principal, de modo que dejamos el tema abierto para otra ocasión.

4. Como lo sugiere Ludovico Ivanissevich, acaso sea un eco de esa venganza el hecho de que Glück imponga a una intérprete contralto en el papel de Orfeo.





III
EL VERBO Y LAS TINIEBLAS

Las lenguas no sólo se «emplean», no son sólo valores de comunicación, expresión personal o uso colectivo: contienen la experiencia de los pueblos y nos la transmiten, pero sólo en la medida en que estemos dispuestos a reconocer su capacidad de poder hablarnos. La expresión «usar la lengua» reduce la lengua a un instrumento, cuando en realidad la lengua es un proceso que vastamente nos trasciende. Como dice Guillermo Boido: «La poesía es el intento de preguntarle a las palabras qué somos. Como los sueños, ellas saben mucho de nosotros, quizá más que nosotros». Si la palabra sabe más de nosotros que nosotros mismos es porque viene de una tradición de experiencia humana que nos supera en el tiempo y en el espacio. Las palabras que hoy día pronunciamos son sobrevivientes de catástrofes históricas donde el latín pereció, pero estas palabras nos preceden, nos presencian y se prolongarán mucho más allá de nosotros en el tiempo: podríamos decir que en cierta medida somos sus vehículos; no su fuente misma y mucho menos sus propietarios.

El hombre es el ser de la palabra, según Aristóteles y la tradición griega; pero cómo llegó la palabra hasta él es un enigma que Sócrates calificó de insoluble y ante el cual toda la ciencia de nuestra época sigue estrellándose sin respuesta: sólo cabe interrogar tentativamente, admirar y seguir escuchando 1. Como dice Steiner:

"Poseedor del habla, poseído por ésta, cuando la palabra eligió la tosquedad y flaqueza de la condición humana como morada de su propia vida impe¬riosa, la persona humana se liberó del gran silencio de la materia. O, para emplear la imagen de Ibsen, golpeado por el martillo, el mineral insensato se ha puesto a cantar."

En latín «he hablado» se dice «locutus sum», que morfológicamente significa «he sido hablado». Y Heidegger decía: «El hombre no habla el lenguaje sino que el lenguaje habla al hombre». Si aceptáramos que la lengua nos circula como la sangre que nos sustenta, o bien nos penetra como el aire que respiramos, nos encontraríamos más abiertos a «ser hablados» por las lenguas antes que a hablarlas, a ser inspirados y aspirados por ellas antes que a aspirarlas o inspirarlas omnipotentemente, como en vano tratamos de hacerlo. Por alguna razón los mayas decían en su idioma que la lengua era un sentido comparable a la vista o al oído. Precisamos reencontrar un aire más libre, donde las palabras, restituidas a sí mismas, a su propia personalidad, nos sorprendan y nos iluminen, conversen y se rían de nosotros y de ellas mismas con nosotros, en vez de ser exclusivamente nuestras mucamas, espías o niños mensajeros.

El lenguaje está antes y después de nosotros, pero también está, felizmente, entre nosotros. Es el tejido relacional del cual los otros dependen: un tejido fuerte y subsistente, y tan necesario a nuestras vidas como la nutrición. En otras palabras, es como el Verbo del Evangelio de Juan, del que se dice que «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». Naturalmente, la exégesis tradicional indica que Juan estaba hablando de Cristo al referirse al Verbo. Pero si Juan encuentra esta imagen para hablar de Cristo muy bien puede ser porque al compararlo con la palabra, al llamarlo palabra, está diciendo también que hay una energía luminosa, universal e inagotable que Cristo —como todos los grandes maestros— comparte con el lenguaje. «El Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios»: en efecto, el lenguaje representa al Eros y es el Eros, el logro del encuentro en la comunicación verbal y el sustento relacional más profundo de la vida. «El Verbo es la luz verdadera que alumbra a todo ser humano que viene a este mundo», dice Juan, significando que el lenguaje es, precisamente, ese don misterioso que comparte la especie y la ilumina. Y más allá: «En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece y las tinieblas no prevalecieron contra ella»2.

En cuanto al sentido metafórico de las tinieblas de las que habla Juan, deberíamos disponernos a un estado de alerta, porque el hecho insoslayable es que estas tinieblas se ven representadas por la cultura global del capitalismo 3 salvaje que vivimos: una empresa destinada a demoler nuestra conciencia del lenguaje, increíblemente eficaz en este sentido. No estamos, por cierto, postulando la existencia de un conjunto de multinacionales perversas dedicadas a deteriorar el lenguaje, enarbolando programas específicos al respecto. Sí creemos que el presente sistema está claramente decidido a formar esclavos del trabajo, de la información y del consumo, y nada favorece y robustece más la esclavitud que la pérdida del lenguaje, de modo que todas las técnicas de reclutamiento y organización del trabajo, así como las de información y de la propaganda comercial apuntan, directa o indirectamente a esa destrucción, y la implican. (Un ejemplo directo, aunque modesto, de esta situación puede ser la ofensiva estupidez de un reciente anuncio comercial que culmina machacando: «Porque lo único que importa es la cerveza».)

Una cultura consumista se opone por esencia, es decir, necesita, por su propia naturaleza, oponerse a ese sistema gratuito de creación e intercambio de bienes que es el lenguaje: esa maravillosa feria libre en donde todos los días se acuñan nuevas expresiones y canciones, esa indetenible fiesta inconsciente que es el idioma colectivo. En esa fiesta no son los ejecutivos de las multinacionales ni las grandes figuras mediáticas ni los escritores consagrados, sino los niños y los adolescentes quienes ocupan anónimamente, irresistiblemente, la vanguardia, y lanzan, junto con las nuevas blasfemias y las nuevas vulgaridades, como el trigo que no puede separarse de la cizaña, las metáforas que luego ganan la calle y los medios y empapan toda nuestra vida de vigor, frescura y novedad.

Cuando palpamos la increíble estrechez de la franja verbal de los diarios, la televisión y la literatura best-seller de nuestra época, cuando la conversación (una forma de poesía mutua si es verdadera) es desalojada violentamente de los lugares de encuentro por los alaridos infantiles y patéticos del peor rock, cuando la letra de las canciones más populares desciende al infierno de la monotonía y la estupidez, es nuestro lenguaje (y a través del lenguaje nosotros mismos, en lo más profundo de nuestra identidad) el que es atacado y destruido. Con razón Merleau Ponty —alguien a quien no pueden imputarse relentes de misticismo esotérico— decía: «El lenguaje, antes que un objeto, es un ser». Y este ser se degrada inevitablemente con estos ataques. Fingir que no registramos esta degradación, que es también la nuestra, pretender que no la experimentamos, es crear una suerte de costra a nuestro alrededor que acaba por separarnos de nuestros propios deseos y de nuestra propia felicidad, porque el lenguaje, en su pureza y su vitalidad, es una de las mayores y más profundas fuentes de gracia, dignidad y felicidad en la vida humana.

Quiero decir que hay una ecología del lenguaje que tenemos que reencontrar, y ésta no es una empresa inaccesible. No se trata de velar por el casticismo o resucitar vetustas academias o arcaicas ortodoxias. Cada vez que abrimos paso a la reflexión sobre el sentido escondido de las palabras o a la ponderación de la sabia arquitectura de la sintaxis, cada vez que celebramos la gracia de un chiste verbal o de una adivinanza, una copla, una frase escuchada al pasar, cada vez que incurrimos en el lujo de ese paseo arqueológico entre ruinas maravillosas que es la etimología, estamos reviviendo la felicidad del lenguaje y la posibilidad de la poesía, que es la criatura más excelsa del lenguaje, su corona de estrellas.

Pero si esta cultura ataca la conciencia del lenguaje es, en gran medida, porque de algún modo se adivina que en ella, además de la fuerza refrescante de la poesía, reside la raíz de toda crítica. Para un sistema consumista como el que nos tiraniza, es indispensable la reducción del vocabulario, el aplanamiento y aplastamiento colectivo del lenguaje, la exclusión de los matices —que muchas veces significa el olvido de los propios deseos — y, sobre todo, la pérdida del sentido del goce y la lucidez que la lengua puede llegar a proporcionarnos. Por eso, la empresa consumista es enemiga frontal de la auténtica expresión lingüística, que exige libertad, don de aventura y originalidad y desasimiento total de pautas exteriores para desplegarse en todo su esplendor.


NOTAS

1. Un reciente artículo de Noam Chomsky en Science procura determinar la distinción específica entre lenguaje humano y lenguaje animal, que él asigna a la capacidad de recursividad, propia solamente de los humanos, y no referida exclusivamente al lenguaje. Pero en cuanto al modo en que nace y evoluciona el lenguaje, nada se adelanta en este artículo.

2. Inversamente dice Nietzsche, consciente como era del poder de la palabra: «Mientras no destruyamos la gramática, seguiremos creyendo en Dios» —acaso un inconsciente y paradójico deseo, por parte de Nietzsche, de que Dios exista indestructiblemente, ya que, como decía Valéry, la sintaxis es un elemento constituyente del espíritu humano; mientras haya humanos, inevitablemente habrá gramática.

3. Cuando hablo en este texto de una cultura enemiga del lenguaje me refiero en realidad a las tendencias dominantes del capitalismo global, y en particular a sus poderes propagandísticos, mediáticos e informáticos. Es evidente que los lenguajes naturales se desenvuelven en una cultura ambiental con la cual necesariamente interactúan. Ocurre que en general no se sopesa suficientemente el fundamento biológico del lenguaje cuando se lo describe como un factor más entre los constituyentes de una cultura. El lenguaje es la articulación más importante, misteriosa e impenetrable entre cuerpo y sociedad. Resulta una estimulante humillación para la inteligencia científica que aquello que nos diferencia de todas las otras especies animales se encuentre tan remotamente alejado de nuestra comprensión, en particular en lo que se refiere a su nacimiento y evolución.





IV
EL CONFLICTO ENTRE LENGUAJE Y CULTURA


Esta situación, en realidad, no es demasiado nueva ni sorprendente. No es un azar que las Academias, en general custodias de la gramática y ajenas a las formas inesperadas de la poesía, aparezcan en el cenit de las épocas imperiales. Cuando Platón expulsa a los poetas de la ciudad está reconociendo la capacidad de subversión que conlleva la poesía. La ciudad contemporánea no es ciertamente platónica pero sí patriarcal y autoritaria: sigue sospechando los conmocionantes poderes de la palabra poética y por eso la confina a las catacumbas. Al mismo tiempo, da rienda suelta a los mercaderes de la palabra calumniadora, del insulto, de la blasfemia y de la obscenidad. El espectáculo de la degradación del sexo y de la intimidad no se totaliza sino con el desfonde y la violación de la palabra.

El espacio oficial de la palabra está hoy confinado a «los medios», término cuya metáfora conviene cuestionar. ¿Son realmente medios de información, comunicación o entretenimiento, como se pretendía en las épocas inaugurales? ¿No está suficientemente claro, por las desbocadas carreras tras el rating, por su sustitución al ámbito legal y judicial, por el carácter extorsionador con respecto a las figuras públicas, que los llamados medios son ante todo medios de poder? Los romanos hacían del circo un espectáculo para obliterar la vida política; los medios actuales montan el circo de la vida política y al circo la reducen. Pero la palabra entregada al poder no es lenguaje sino pura consigna, mandato, explotación, ajena a la preciosa libertad que es el destino profundo de la verdadera palabra humana. Y nunca como ahora cabe decir que el fin no justifica los medios.

Existe entonces una tensión en las relaciones entre cultura y lenguaje. En cierto modo, podemos decir que la cultura envidia al lenguaje su indetenible poder de regeneración. La violencia sobre el lenguaje, sobre el Eros que manifiesta el lenguaje, sólo puede venir de una poderosa pulsión de muerte ambiental que tiende a manipular, deteriorar y tergiversar el sentido primero y original de esa comunicación única, celebrante y placentera, que es el lenguaje en el mundo del Eros. El lenguaje congrega y comunica, la violencia obtura y destruye. Cuando la violencia se apodera del lenguaje tenemos la repetición compulsiva del insulto —nuestro sempiterno boludo — , la blasfemia de la agresión sexual —hijo de puta—, el incesto verbal —go fuck your mother. Cuando es el lenguaje quien se apodera de la violencia tenemos a Esquilo, a Shakespeare, a Quevedo, a Isaías, a Cristo: la maldición sacra, el exorcismo necesario, la expulsión de los demonios íntimos y sociales.

La palabra poética es violencia contra la palabra establecida —pero se trata de aquella violencia que señala el Evangelio cuando dice que sólo los violentos arrebatarán el reino—. Walter Benjamin habla de los martillazos necesarios al escritor que debe forjarse un nuevo lenguaje golpeando a contrapelo la costra que ciega a la palabra desgastada por el uso, la máscara que ahoga a la palabra convencional, la rigidez que asfixia a la palabra burocrática. Todas estas trabas son arrancadas por ese golpe de luz que, como el viento que abre a la anémona, la poesía inflige a los sepulcros blanqueados de los lenguajes oficiales. Y la palabra resucita llamando y llameando nuevamente, recordando su origen y el nuestro.

Pero es necesario advertir también que la cultura masificante desconfía del lenguaje porque, como lo hemos dicho, la conciencia crítica de la lengua es el comienzo de toda crítica. Según Saussure, el modesto y misterioso suizo que funda la lingüística contemporánea, la lengua es el sistema social más poderoso porque está grabado fundamentalmente en el inconsciente. Por eso, para aparecer ante nosotros mismos, la primera recuperación que nos es obligatoria es el reconocimiento de nuestro lenguaje. Ésta es precisamente una de las más poderosas razones por las cuales las grandes culturas contemporáneas no favorecen el desarrollo de la conciencia lingüística o la restringen solamente al malabarismo de 1a propaganda comercial. Una cultura masificante entorpece el acceso a los estratos más profundos del lenguaje y de su conciencia, transmite prejuicios sin delatarlos, empobrece el vocabulario u olvida sus refrescantes orígenes.

Y precisamente porque se opone al lenguaje, la cultura contemporánea destruye el silencio, que es la condición primera y fundamental de la palabra genuina, la que viene de lo necesario y lo íntimo y no es simple resorte de respuesta mecánica. Una tecnología que es capaz de colocar un hombre en la luna pero que no alcanza a inventar silenciadores para las aspiradoras o para las cortadoras de pasto, representa una cultura que detesta tanto el silencio como el diálogo vivificante y tranquilo que del silencio emana, y se encamina categóricamente a destruirlos. Lo vociferante de nuestras ciudades, los decibeles de una música deleznable que de continuo aturde y ensordece, desafiando e impidiendo toda forma de comunicación, son modos patentes de una violencia cada vez más invasora que sólo se sacia con la obstrucción de la conciencia, en particular de la conciencia que se alimenta de los poderes del diálogo sosegadamente nacido en el silencio.

Y esto no debe sorprendernos: la destrucción de la intimidad y la vida interior, ante todo la del adolescente, es una condición sine qua non para su adiestramiento posterior como títere del mercado y cliente fiel de la farándula. Estos desplazamientos forzosos en la batalla de la palabra contra el ruido, estos aturdimientos programados no son inocentes. Implican una fiera voluntad de arrasar al otro en su fuero íntimo, el propósito de instalar el corazón digital y la implacable velocidad electrónica en el mundo de la mente, no acompañando sino sustituyendo violentamente y excluyendo para siempre los otros ritmos necesarios al corazón humano. Acaso no es un azar que en inglés, el idioma hoy globalmente dominante, no exista una palabra equivalente a callar 1. Nada calla en el ritmo indetenible de la industria musical que se produce en los países anglosajones, y el horror al vacío impone no perdonar un solo hueco de atención pura y desnuda en la ruidosa selva de la ciudad contemporánea.

NOTAS

1. Miguel Mascialino advierte que en hebreo y en alemán los términos referentes al silencio significan también calma y tranquilidad. En alemán, donde Stille es silencio, stillen significa asimismo calmar y amamantar.



V
UNA RIQUEZA INAGOTABLE


El lenguaje, don que no se puede perder, nos singulariza como individuos; como dice Lacan, el sujeto se constituye a través de la trama del lenguaje y gracias a éste. La identidad es una construcción interminable, del mismo modo que el lenguaje es una operación interminable y está continuamente en perpetua renovación. Bien propio e inalienable, el lenguaje es también un referente necesario para plasmar y sostener, no sólo la individualidad propia, sino la del grupo.

Contrariamente a los bienes de consumo, el lenguaje jamás se agota, recreándose continuamente; por lo tanto, compite con ventaja con cualquier producto manufacturado. Es también un bien solidario: lo comparte toda una comunidad, por un espontáneo sistema de trueque. Y por fin, es un bien absolutamente gratuito, ya sea en su apropiación como en su circulación. En otras palabras, es un bien totalmente subversivo, porque siendo como es, el bien más importante para los seres humanos —ya que es el don propio de la especie, el que nos diferencia de otros animales—, su naturaleza se opone a la de todos los otros bienes de consumo, que en lugar de ser gratuitos, solidarios e inagotables son, sin excepción, agotables, costosos y no compartidos.

En este sentido, el lenguaje es un amenazante peligro para la civilización mercantilista, por su estructura única e indestructible, que ningún mercado puede poner en jaque. Por eso, para los sectores del poder es perentorio, dada la resistencia del lenguaje, volverlo invisible e inaudible, cortarnos de esa fuente inconsciente y solidaria de placer que brilla en el habla popular, en los chistes que brotan como salpicaduras en las conversaciones entre amigos, en las nuevas canciones hermosas, en las creaciones auténticas que surgen todos los días en el patio de un colegio, en la mesa familiar, en la charla de un grupo de adolescentes.

Aunque, como todos sabemos, estamos viviendo una crisis profunda, algo posible en estas circunstancias (que no consista exclusivamente en culpabilizar a la otra mitad del país y nos dé un poco de aire para respirar) es considerar las cosas que son signos de indiscutible energía a nuestro alrededor y orientarnos decididamente hacia ellas. Menciono una sola y extendida contravención a esta consigna que es pura sensatez de supervivencia. Una cierta y oscura omnipotencia nos da permiso cotidianamente para ver horas de televisión basura o leer las peores secciones de los diarios o escuchar los noticieros más sensacionalistas o la música más deleznable, acumulando de ese modo en nosotros mismos una enorme resaca de sedimentos espurios que nos va convirtiendo en seres opacos y carentes de toda energía y transparencia. Aun cuando nos creamos impunes o invulnerables, nos estamos destruyendo nosotros mismos, del mismo modo que se destruyen los que comen y beben irresponsablemente hasta destrozar sus cuerpos, sus vidas y las de los que los rodean.

Estas formas de descenso de la conciencia son más frecuentes y extensas de lo que pensamos y van contribuyendo en no poca medida a la hecatombe social que estamos presenciando. El deterioro del lenguaje —tanto del que hablamos como del que nos permitimos escuchar— es una forma de autodestrucción sumamente grave, sobre todo cuando acompaña, desde adentro, las enormes fuerzas de agresión externa a las que estamos diariamente sometidos. Es algo así como un suicidio no sangriento decidido como respuesta frente a la adversidad; es abrazarse al enemigo cooperando siniestramente con su tarea. Porque está claro que un sistema inicuo puede acorralar nuestros ahorros y nuestros proyectos personales o políticos sin que en gran medida podamos impedirlo, pero el desfondamiento del lenguaje, el acorralamiento de nuestra capacidad verbal, el aniquilarse de ese pacto gratuito de solidaridad, libertad y felicidad entre nosotros, no puede realizarse sin nuestro propio consentimiento y connivencia. Y ese autoacorralamiento expresivo, esa mutilación colectiva consentida de común acuerdo por los medios y por la gente, es una escalofriante señal del suicidio masivo que estamos presenciando como si no fuéramos capaces de detenerlo.

La pelea por recuperar el dinero confiscado, justa y necesaria como es, puede derivar para muchos en la identificación profunda y exclusiva con su dinero, y allí sí que, aun recuperando el dinero, se pierde para siempre la identidad. Pero con el permiso que otorgamos a nuestros agresores para acorralar y devaluar nuestro lenguaje también estamos arriesgando y perdiendo nuestra verdadera identidad, esta vez de una manera innecesaria y autodestructiva. Podemos y debemos avergonzarnos de la política y la economía de nuestro país y encolerizarnos con los responsables de su catástrofe. Podemos y debemos perseguirlos política y judicialmente. Pero al mismo tiempo, de lo que no podemos ni debemos olvidarnos es de que sí podemos estar orgullosos de nuestro lenguaje, y este orgullo, y la firme resolución de no dejar que aquél sea avasallado, nos hacen falta imperiosamente en esta hora de humillaciones y bochornos insondables.




VI
UNA ESTRATEGIA ECOLÓGICA

Frente a la violencia contra el lenguaje, la estrategia a seguir no consiste en la denuncia sistemática o en la censura permanente de esta violencia, si bien tales actividades, en general, no son prescindibles ni desdeñables. Nada más efectivo contra esa violencia que habituarnos a frecuentar las vías no violentas de la celebración del lenguaje entre nosotros. Es decir, explorar cuáles son las maneras de recuperación y escucha del lenguaje que nos lo vuelvan más íntimo, viviente y disfrutable, volviéndonos a nosotros, al mismo tiempo, más disfrutables, vivientes e íntimos.

Entre esas vías —que considero ecológicas porque preservan, protegen y estimulan el ser del lenguaje— se cuenta el refrescante descenso al aljibe etimológico, la pregunta por el origen de las palabras que las rescata en su savia histórica y semántica. Otra vía posible es asistir al diálogo de las lenguas como a un espectáculo de iluminaciones mutuas, una esgrima pacífica de lucidez y sabiduría complementaria. Finalmente, nos es necesaria la escucha atenta del lenguaje cotidiano, el prestar oídos a las novedades y hallazgos del habla coloquial e infantil y el recrearnos en el lenguaje como fuente de humor. Y siempre y ante todo, aproximarnos a la poesía como a la zona más alta y misteriosa del lenguaje, la comprobación más certera de su fuerza mágica y de los mundos de energía y libertad que a través de ella nos habitan.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

hola como puedo hacer para que me envies por correo este msterial mi corrreo es viviaguirre_2@hotmail.com.ar

MARLON RIVAS SÁNCHEZ dijo...

Este libro se puede descargar completo de varias plataformas, sólo tienes que buscarlo.

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