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viernes, 18 de diciembre de 2009

La lengua como instrumento de comunicación. Capítulo 1 de La Expresión Oral

Texto: La Expresión Oral
Coordinador: Santiago Alcoba
Editorial Ariel S.A.
Barcelona, España. 2000.

CAPÍTULO 1
LA LENGUA COMO INSTRUMENTO DE COMUNICACIÓN

por SUSANA LUQUE


Uno de los fines con los que el hombre utiliza la lengua es el de organizar y describir su entorno y su pensamiento. El código lingüístico es el instrumento que nos permite conocer el mundo que nos rodea e interpretarlo, para así poder desenvolvernos en él. Pero la lengua también permite realizar una gran cantidad de actividades: manifestar opiniones, agradecer, quejarse, saludar, ordenar, expresar sentimientos, afirmar, negar, etc.; es decir, es también el instrumento que nos permite relacionarnos y comunicarnos. El intercambio lingüístico es una actividad que tiene lugar entre dos partes participantes cuyo objetivo es que estas partes se comuniquen, entendiendo comunicar en su sentido más amplio, incluyendo no sólo la transmisión de hechos o conceptos, sino también la expresión de sentimientos, emociones, o simplemente la intención de relacionarse socialmente. Y esa comunicación se produce cuando una de las partes, el hablante, consigue transmitir lingüísticamente alguna de esas informaciones a la otra parte, el oyente. Es precisamente la elaboración y transmisión de información mediante la lengua lo que permite la interacción social, la comunicación (Garrido Medina, 1994).

Cada vez que se usa la lengua se produce un acto comunicativo que debe entenderse como un proceso cooperativo de interpretación de intenciones cuyo objetivo es un intercambio de información (Tusón, 1997). Para que esa transmisión de información sea efectiva y el hablante consiga comunicar sus significados e intenciones al oyente, en la realización de todo acto comunicativo, los participantes ponen en funcionamiento dos tipos de conocimientos: el conocimiento del código lingüístico —el conocimiento gramatical de la lengua: la fonología, la morfología, la sintaxis, la semántica y el léxico— y el conocimiento de los recursos que permiten usar ese código de manera efectiva en las distintas situaciones comunicativas en las que pueden verse implicados los hablantes, de acuerdo con las normas de su entorno sociocultural. Es decir, el conocimiento de todas aquellas convenciones que permiten saber, por ejemplo, qué variedad lingüística es más apropiada en cada situación, cuál es el momento, el lugar y los interlocutores adecuados para hablar de un determinado asunto, o qué nivel de formalidad requiere una determinada situación. El grado de conocimiento que tiene un hablante del funcionamiento del código lingüístico nos informa de su competencia lingüística, y el grado de conocimiento de las convenciones que regulan el uso de ese código nos informa de su competencia pragmática. La integración de ambos tipos de conocimientos, gramaticales y pragmáticos constituye la competencia comunicativa de los hablantes.

1. Uso comunicativo e informativo de la lengua

Si un acto comunicativo es un proceso de interpretación de intenciones cuyo objetivo es el intercambio de información, la información que se transmite mediante la lengua debe organizarse de acuerdo con los dos tipos de conocimientos antes mencionados, gramaticales y pragmáticos, de manera que tanto quien produce un enunciado como quien lo recibe puedan darle la misma interpretación. Por tanto, los enunciados lingüísticos se construyen siempre con dos tipos de información: la información explícita y la información implícita. La información explícita es aquella que se elabora a partir de los conocimientos gramaticales: es el significado que se desprende de las palabras que forman el enunciado. La información implícita es la que se construye a partir de los conocimientos pragmáticos, es el significado adicional que permite al oyente interpretar adecuadamente las palabras del hablante y que se obtiene de todas aquellas convenciones que se derivan tanto de las circunstancias del entorno en que se produce el enunciado (lugar, tiempo, participantes, etc.), como del bagaje sociocultural compartido por los interlocutores.

Para que la comunicación funcione, los interlocutores deben compartir, además del mismo código lingüístico (información explícita o gramatical), la misma información implícita o contextual. Un mismo enunciado, una determinada secuencia de palabras, puede interpretarse de forma distinta y, por tanto, dar cuenta de realidades diferentes, dependiendo de la información implícita o contextual sobre la que se construya el enunciado. Por ejemplo, si se dice que María está en el hospital es posible que se interprete que María está enferma o ha sufrido un accidente, pues ésas son las razones por las que la gente suele ir a los hospitales; pero si los participantes en la comunicación saben que María tiene un familiar enfermo, probablemente interpreten que ha ido a visitarle; o más aún, es posible que María forme parte del personal del hospital, por lo que en ese caso los interlocutores interpretarán que está trabajando.

Como bien ilustra el ejemplo, el proceso lingüístico de interpretación se basa no sólo en el significado literal, léxico-semántico, de los enunciados, sino también, y quizás en mayor grado, en el significado pragmático de los mismos, en el significado que adquieren los enunciados cuando se contextualizan en una determinada situación comunicativa y en un entorno sociocultural determinado. La información implícita o contextual, de tipo situacional, sociocultural e interpersonal, es la que permite restringir el conjunto de opciones interpretativas que puede ofrecer un enunciado y la que conduce a los interlocutores a elegir una interpretación o sentido y no otros.

En general, la opción interpretativa que se escoge es la adecuada para que se produzca la comunicación, y el oyente interpreta los enunciados del hablante de acuerdo con la intención y la finalidad con la que éste los produce. Ocurre así porque todo acto comunicativo está regulado por el llamado Principio de Cooperación, formulado por Grice (1975), que postula que los enunciados que emiten los participantes en un acto comunicativo están siempre encaminados a que la comunicación sea efectiva. El hablante produce aquellos enunciados que, de acuerdo con la situación concreta de comunicación y el entorno sociocultural, considera que el oyente interpretará más fácilmente y más adecuadamente a sus intenciones. Grice desarrolla este principio en cuatro máximas o reglas, recogidas en Lomas (1993) según (1):

(1) Principio de Cooperación Comunicativa
a) Cantidad: Haga su contribución tan informativa como sea necesario para el objetivo del intercambio comunicativo en el que se halla inmerso y no haga su contribución más informativa de lo necesario.
b) Calidad: Trate de que su contribución sea verdadera. No diga lo que cree que es falso o no diga algo de lo cual carece de pruebas adecuadas.
c) Relación: Trate de que sus contribuciones sean pertinentes.
d) Manera: Sea claro; evite la oscuridad y la ambigüedad en la expresión. Sea breve y ordenado.


En Garrido Medina (1994) se propone un ejemplo que ilustra claramente cómo interviene el Principio de Cooperación en la interpretación de los enunciados. En la puerta de una tienda se coloca un cartel que dice ABIERTO LOS MARTES. Además de la información explícita que ofrecen las palabras de este enunciado, el hablante se apoya también en la información contextual de que en nuestra sociedad las tiendas normalmente abren todos los días de la semana, excepto el domingo. Teniendo en cuenta ambos tipos de información, el cartel no se ajustaría a la máxima de Cantidad, puesto que no sería informativo si sólo transmitiera el hecho de que la tienda está abierta el martes. Pero según la máxima de Relación, el cartel tiene que ser pertinente, es decir, tiene que decir algo relevante, algo nuevo acerca de los días de apertura de la tienda, por lo que se interpretaría que la tienda está abierta sólo los martes. Si la información implícita o contextual sobre la que se construye el enunciado del cartel fuese otra, el Principio de Cooperación actuaría de modo distinto y la interpretación sería diferente. Si la información implícita fuese que las tiendas abren todos los días de la semana excepto el martes, el cartel se interpretaría como que la tienda abre también los martes. Y en el caso de que el hablante considerase que sus interlocutores no tienen acceso a una información contextual determinada porque no saben nada acerca de los días de apertura de los comercios, explicitaría esa información en su enunciado, guiado por el Principio de Cooperación, y posiblemente colocaría un cartel que dijese ABIERTO SÓLO LOS MARTES o bien ABIERTO TAMBIÉN LOS MARTES.

Es el Principio de Cooperación el que regula los intercambios comunicativos y el que permite relacionar la información explícita con una determinada información contextual de manera que la interpretación de los enunciados sea la más adecuada al objetivo pretendido por los interlocutores. Esto no quiere decir que al hablar nunca se miente, no se da información insuficiente o excesiva e irrelevante, o no se es suficientemente claro. Pero incluso en estos casos, los interlocutores intentan preservar el Principio de Cooperación y conseguir entenderse, por lo que cuando les parece que alguien no cumple con el Principio, no es cooperativo, y, por ejemplo, miente, es porque quiere decir algo más o algo distinto de lo que realmente dice, y en su afán porque la comunicación sea efectiva realizan un proceso de implicatura, que consiste en dar a los enunciados una interpretación que no aparece en el significado literal de los mismos pero que es la adecuada al contexto comunicativo en el que se producen.

Por ejemplo (Brown y Yule, 1993), en un grupo de estudiantes uno de ellos acaba de contar un chiste y todos se ríen menos Juan, que lo hace después de un momento. Entonces, uno de los estudiantes dice: Yo creo que Juan es rápido. Dada la información implícita, el contexto de situación, en el que Juan ha sido lento en captar el chiste, el enunciado viola la máxima de Calidad pues lo que dice explícitamente no es cierto. La incoherencia entre la información explícita o gramatical y la información implícita o situacional hace que los participantes den al enunciado un significado contrario al que tiene literalmente: Juan es lento de reflejos, consiguiendo así un efecto irónico.

La transgresión de alguna máxima del Principio de Cooperación supone la transmisión, generalmente consciente, de una información concreta, de un significado añadido al significado literal o explícito del enunciado. En el ejemplo anterior, el hablante transgrede conscientemente la máxima de Calidad (trate de que su contribución sea verdadera) para conseguir, en este caso, la ironía, puesto que, en el contexto en que se produce, este enunciado sólo puede interpretarse de manera irónica: en sentido contrario al de las palabras literales.

El proceso comunicativo del uso de la lengua es un proceso de interpretación de intenciones que se lleva a cabo poniendo en relación, siempre mediante el Principio de Cooperación, la información explícita de los enunciados que se emiten —el significado léxico-semántico o literal— con la información implícita o contextual que se deriva del entorno inmediato y sociocultural en que esos enunciados se producen. Cuando en un intercambio lingüístico falla la comunicación, y, por tanto, los participantes no consiguen entenderse, es porque no comparten la misma información contextual: el hablante considera una información contextual de la que no dispone el oyente, o bien distinta de la información contextual del oyente.

2. La variedad lingüística

Todas las lenguas presentan variaciones, es decir, no todos los hablantes de una lengua la usan del mismo modo. Las variaciones que se producen en el uso de la lengua dependen básicamente de dos factores: del distinto origen o procedencia de los hablantes y de las distintas situaciones comunicativas en las que éstos se ven inmersos. Las diferencias lingüísticas que tienen que ver con el origen de los hablantes constituyen las variedades dialectales o dialectos, y las que están motivadas por las distintas situaciones comunicativas configuran las variedades funcionales o registros.

2.1. VARIEDADES DIALECTALES

Se suelen distinguir tres tipos fundamentales de variedades dialectales: las geográficas, las generacionales o temporales, y las socioculturales, puesto que todos los hablantes de una lengua proceden de una determinada zona geográfica, pertenecen a una determinada generación o momento histórico y están integrados en un determinado grupo sociocultural. Los hablantes con una misma procedencia comparten rasgos lingüísticos que son diferentes de los hablantes procedentes de otro lugar, otro tiempo u otro grupo social.

Los rasgos lingüísticos propios de la zona geográfica en la que se aprende la lengua y donde se suele usar constituyen el dialecto geográfico de cada hablante. Las diferencias lingüísticas entre zonas geográficas son consecuencia del espacio físico entre comunidades de hablantes, que impide la interacción social y permite el desarrollo de rasgos lingüísticos distintos. Los distintos dialectos geográficos no son usos inferiores de la lengua sino que cada uno de ellos tiene la misma importancia y la misma función en la zona en la que se habla. Favorecer o desprestigiar un dialecto geográfico sobre otros responde a cuestiones o divisiones políticas o sociales, pero no lingüísticas. Los medios de comunicación y la educación generalizada han contribuido al desarrollo de una tolerancia de las variaciones geográficas y a que se produzca una disminución de las diferencias más notables entre ellas (Gregory y Carroll, 1978).

Además de proceder de una zona geográfica, los hablantes viven en un momento histórico determinado y pertenecen a una generación determinada. Las lenguas cambian con el tiempo: rasgos lingüísticos de uso general en una época no lo son en otra (compárese, por ejemplo, la lengua de Cervantes con la de Galdós o García Márquez). También los hablantes, como las lenguas, cambian con el tiempo y se desarrollan como personas, por lo que el uso de la lengua de cada hablante cambia a medida que pasa el tiempo: no se habla igual cuando se es niño que cuando se es joven o adulto. Los rasgos lingüísticos propios de un momento histórico o de una generación permiten hablar de dialectos temporales o generacionales. En toda comunidad lingüística conviven generaciones diferentes que desarrollan unos rasgos lingüísticos propios, distintos a los de otras generaciones, puesto que los miembros de una generación tienen más contacto entre ellos que con los miembros de otras generaciones. El lenguaje de la gente joven en relación con el de sus mayores es más rico y creativo, más arriesgado, pero menos marcado por la normativa, puesto que incorpora fácilmente soluciones poco genuinas o tradicionales; las personas más adultas suelen usar un lenguaje más estandarizado, próximo al de los medios de comunicación; y en el lenguaje de los ancianos se aprecia frecuentemente el uso de un mayor número de frases hechas y de palabras que a menudo son arcaísmos y que revelan la formación y la visión del mundo que recibieron antaño (Cassany, 1994).

En el uso de la lengua se refleja la procedencia geográfica de los hablantes y el momento histórico y la generación a la que pertenecen, pero también se refleja el grupo sociocultural del que forman parte. En toda sociedad, la gente se organiza en distintos grupos, ya sea por cuestiones de profesión, educación, situación económica, nacimiento, familia o religión, y esa organización social se hace patente también en el uso de la lengua, puesto que los hablantes hacen un uso diferente y variado de ella dependiendo del grupo social al que se pertenezca. Los rasgos lingüísticos característicos de los diferentes grupos sociales constituyen los dialectos sociales o socioculturales. Estas variedades socioculturales son más difíciles de establecer que las geográficas o temporales, principalmente por dos razones: porque existe movilidad social, es decir, los hablantes pueden moverse de un grupo social a otro; y porque determinados rasgos lingüísticos se consideran socialmente más prestigiosos y los hablantes, dependiendo de la situación comunicativa, pueden cambiar los hábitos lingüísticos propios de su grupo por otros de mayor reconocimiento social. No obstante, se puede constatar que las personas que tienen una actividad común comparten características lingüísticas, principalmente léxicas, exclusivas del grupo y, en algunos casos, difíciles de entender por personas ajenas al mismo. Piénsese, por ejemplo, en el lenguaje que se desarrolla entre los informáticos (megas, navegar, chat, etc.), los estudiantes (profe, mates, catear, etc.), o en el que usan ciertos grupos socialmente marginales (estar en bola, talego, mono, chiva, conejo, etc.).

Los tres tipos de variación dialectal —geográfica, temporal y social— son características bastante fijas en los hablantes, pero la experiencia lingüística y el conocimiento de los distintos dialectos permiten que un hablante asuma los hábitos lingüísticos de otro lugar, otro tiempo u otra generación, o de otro grupo social, por razones como el humor, el arte, la actividad profesional, etc., e incluso pueden llegar a cambiar su variedad dialectal, consciente o inconscientemente, por una readaptación en sus circunstancias personales (cambios de residencia, cambios laborales, cambios sociales, gustos personales, etc.).

2.2. VARIEDADES FUNCIONALES o REGISTROS

Cada situación comunicativa requiere unos recursos lingüísticos propios, una selección específica de palabras, expresiones y estructuras, puesto que las situaciones comunicativas pueden ser muy variadas (conversar con un amigo, impartir una conferencia, escribir una carta personal, intervenir en un programa de radio, etc.). Esos rasgos lingüísticos específicos, léxicos y gramaticales, que el hablante asocia con una determinada situación comunicativa constituyen lo que se denomina registros lingüísticos.

Las variaciones lingüísticas entre registros están determinadas por los cuatro factores que constituyen toda situación comunicativa: el tema, aquello de que se habla o escribe; el canal por el que transmitimos la información; la intención con la que nos comunicamos; y la relación que se establece entre los interlocutores. La interrelación de estos factores en una situación de uso concreta determinará la elección de unos determinados rasgos lingüísticos, aquellos que se consideren más apropiados para la situación comunicativa en cuestión.

La intención con la que nos comunicamos determina el uso de la lengua, pues según el propósito que se persiga con la comunicación (persuadir, ordenar, divertir, informar, entablar relaciones, criticar, etcétera) se optará por unos rasgos lingüísticos determinados: los que mejor sirvan a esa intención comunicativa.
El canal de transmisión, la realidad física concreta que hace de vehículo de la comunicación, también condiciona el uso de la lengua. Los dos canales básicos de transmisión lingüística son el canal oral y el canal escrito, y todos los otros medios por los que podemos comunicarnos actualmente, como el teléfono, el fax, la televisión, Internet, etc., aunque con características propias, se apoyan en el habla o en la escritura. La comunicación oral y la escrita constituyen actividades diferentes que requieren recursos lingüísticos distintos.

Otro factor que determina el uso de rasgos lingüísticos propios de una situación comunicativa es el tema de que se habla o escribe. Tratar diferentes temas (deportes, matemáticas, medicina, pesca, etc.) exige utilizar la lengua de modo diferente, y de hecho, donde más se aprecian las diferencias lingüísticas al tratar distintos temas es en el léxico, porque es el componente que asume la principal carga semántica referencial del texto. Para hablar o escribir sobre temas generales se suelen utilizar palabras de uso común, pero cuando se tratan temas más especializados se suele hacer un uso más preciso del léxico, con mayor cantidad de palabras técnicas y cultismos. Pero el mismo tema puede tratarse con diferentes grados de especialización, dependiendo de los interlocutores, del canal de transmisión o del propósito comunicativo. Un médico en un congreso hablará de cefalalgia, pero si en su casa le preguntan qué le pasa, posiblemente dirá que le duele la cabeza.

El tratamiento lingüístico del tema plantea la cuestión de los lenguajes especializados o técnicos, en contraposición a los no técnicos o generales. Algunas actividades especializadas de nuestra sociedad restringen tanto el lenguaje que utilizan que sólo es totalmente comprensible para quienes conocen esa especialidad, como ocurre en el campo de la economía, la medicina, la informática y otros ámbitos de la ciencia y la técnica. En estas ramas técnicas destaca el uso de un léxico muy específico, exclusivo de su campo (por ejemplo, molécula y neutrón en el lenguaje de la física; fonema y alófono en el lenguaje de la lingüística), o bien términos comunes de la lengua general, pero con un significado determinado, restringido mediante la copresencia constante de otros términos: por ejemplo, en el lenguaje de la lingüística se coloca habitualmente la palabra voz con activa o pasiva y la palabra modo con indicativo o subjuntivo, lo que distingue estos dos elementos de la voz alta o baja, y de los modos que pueden ser buenos o malos en la lengua más general o común (Gregory y Carroll, 1978).

La relación que se establece entre los participantes en un acto comunicativo también supone la elección de unos rasgos lingüísticos que reflejen esa relación, puesto que no se utiliza la lengua de la misma manera para decirle a un amigo que no podemos ir a una reunión porque tenemos una cita con el médico, que si se necesita pedir permiso al jefe para asistir a esa misma cita. La relación que haya entre los interlocutores en una situación comunicativa concreta determinará el grado de formalidad o familiaridad de su discurso. Cuanto mayor sea el grado de familiaridad entre los interlocutores, más frecuentes son los rasgos lingüísticos que se consideran socialmente menos formales, y es menor la necesidad de que la información esté verbalmente explícita. Cuantos más conocimientos compartan dos personas, menos necesitan hablar de ello y por eso pueden evitar las referencias directas a la situación comunicativa. Y cuanta menos familiaridad haya entre los interlocutores, más frecuentes serán los rasgos lingüísticos formales, como indicadores de cortesía o de respeto, y más necesario se hace que la información esté verbalmente explícita. En estos casos se tiende a la corrección gramatical y a la amplitud de vocabulario, frente a la menor propiedad gramatical y a los frecuentes recursos expresivos (exclamaciones, aumentativos, diminutivos, elipsis, etc.) de las situaciones menos formales.

Las marcas lingüísticas de formalidad o familiaridad no tienen un valor absoluto, es decir, no se puede trazar una frontera entre lo coloquial y lo formal, sino que constituyen una escala de rasgos que pueden ir de lo más familiar o coloquial a lo más formal, puesto que el valor de formalidad o informalidad que se le da a un rasgo lingüístico depende del uso social que de él hagan los usuarios de la lengua. Si una palabra, un giro lingüístico o una estructura gramatical se suele usar en situaciones comunicativas familiares o coloquiales, generalmente queda marcado entre la comunidad de hablantes con ese valor y lo conserva cuando se usa en otras situaciones distintas, más formales.

Por otro lado, el valor de formalidad o familiaridad que se asocia con un rasgo lingüístico puede variar mucho a lo largo del tiempo. Gregory y Carroll (1978) presentan los cambios sufridos en el valor de formalidad que se asocia con las formas tu y vous en francés con el paso del tiempo, caso que puede aplicarse perfectamente al español. La elección entre el tú y el usted (en singular) para dirigirse a alguien ha dependido, en español peninsular, de distintos factores a lo largo de la historia. En una época, la forma usted indicaba una posición social adquirida, independientemente del grado de familiaridad que hubiera en la relación: los sirvientes se dirigían a sus señores con usted y éstos a los sirvientes con tú, y los hijos llamaban a los padres de usted y éstos a los hijos de tú; quienes tenían posiciones sociales equivalentes se llamaban de usted o de tú, según la clase a la que pertenecían. Así, la elección de este rasgo de formalidad o familiaridad estaba determinada en esta época por el grupo social al que se pertenecía, y este uso marcó el dialecto social. Posteriormente las cosas cambiaron (lo que convirtió el uso anterior en una marca de dialecto temporal o generacional) y el uso de tú pasó a ser un indicador de familiaridad y solidaridad, frente al de usted, que indicaba formalidad y respeto: los hijos y los padres se llamaban de tú; entre amigos y familiares se usaba el tú informal y el usted, más formal, se reservaba para el uso con extraños. Pero de nuevo se dieron cambios, y actualmente la forma tú se suele utilizar de forma general entre la gente de la misma generación, aunque los interlocutores sean extraños o recién conocidos; la forma usted puede usarse —aunque cada vez menos— entre los jóvenes para dirigirse a una persona mayor como señal de respeto, o entre la gente de la generación de más edad porque lo usan con un valor que tenía en otro tiempo y que ellos todavía conservan. Si usásemos de manera general la forma usted entre la gente de nuestra generación o de generaciones próximas daría lugar a comentarios, sería chocante, o podría interpretarse como irónico o burlesco, y posiblemente se consideraría como un rasgo conservador y propio de otro tiempo.

Parece que es posible asociar unos rasgos lingüísticos concretos con determinadas situaciones comunicativas. Esto es cierto en parte. Cuanto más típica o estereotipada sea una situación comunicativa, más restringida será la gama de opciones lingüísticas que se pueden elegir y, por tanto, será más fácil definir el registro adecuado a esa situación. Por ejemplo, el protocolo de los círculos diplomáticos es una situación muy estereotipada donde las opciones en el uso de la lengua están muy restringidas, muy marcadas, y, por tanto, es relativamente fácil definir el registro lingüístico asociado a esta situación. Pero hay situaciones comunicativas en las que es posible el uso de una gama de opciones lingüísticas más amplia. Una conferencia, por ejemplo, es una situación que permite el uso de distintas opciones lingüísticas, dependiendo del tema o de la relación entre los interlocutores, por lo que es más difícil definir el registro propio de esa situación comunicativa, aunque siempre habrá rasgos lingüísticos recurrentes en ella (Gregory y Carroll, 1978). En el esquema 1, a modo de síntesis, se ofrece el mapa conceptual de una situación comunicativa





Por todo lo señalado hasta ahora, podemos concluir que cualquier texto o discurso presenta un registro determinado, que puede ser más o menos predecible según sea la situación comunicativa que refleja. Los rasgos lingüísticos que seleccionamos para configurar el registro resultan de la interrelación de los cuatro factores señalados de variación situacional o funcional que delimitan toda situación comunicativa: el tema, el canal, el propósito comunicativo y la relación social entre los interlocutores. Sin embargo, generalmente suele predominar una variable situacional sobre las otras a la hora de configurar el registro lingüístico. Un mismo tema y una misma intención comunicativa pueden reflejarse en distintos grados de formalidad o familiaridad según la relación que exista entre los interlocutores. Por ejemplo, una conferencia se suele considerar una pieza lingüística de registro formal; pero según el público que tenga puede hacerse de forma espontánea, con un estilo improvisado y otros rasgos lingüísticos propios del discurso informal. Otras veces, es la intención comunicativa la que determina la elección de rasgos lingüísticos, pues ante un mismo tema, canal e interlocutores, se escogen aquellos rasgos lingüísticos que mejor sirven al propósito comunicativo perseguido. Un anuncio publicitario intenta generalmente persuadir o convencer, y es esa intención la que define su estructura y las opciones lingüísticas que en él aparecen, teniendo en cuenta, al mismo tiempo, a quién se dirige el anuncio (interlocutores), de qué trata (tema) y por qué canal se transmite.

El registro refleja la situación comunicativa en la que se produce un texto, pero también manifiesta indirectamente los conocimientos y la experiencia del hablante. Es conveniente que los hablantes conozcan los criterios y normas sociales que determinan qué variedad lingüística o registro es más adecuado para cada situación comunicativa, y al mismo tiempo, también conviene controlar diversos registros lingüísticos y tener capacidad para cambiar de uno a otro según la situación. Además, el cambio y el desarrollo de la sociedad (avances en la ciencia, la técnica, nuevos deportes, etc.) determinan la aparición de nuevas situaciones comunicativas y, consecuentemente, de nuevos registros, por lo que a medida que los hablantes entran en contacto con nuevas situaciones comunicativas necesitan ampliar su repertorio lingüístico, su gama de registros, para acomodarlo a esas nuevas situaciones. Si no se emplea el registro adecuado en cada situación comunicativa, posiblemente consigamos comunicarnos, pero también es posible que se nos considere torpes, maleducados o risibles.

Los rasgos lingüísticos que configuran las variantes funcionales o registros también dependen de las variedades dialectales, puesto que la selección de rasgos lingüísticos adecuados a una situación comunicativa se hace siempre entre aquellos rasgos que están disponibles para el hablante según su dialecto geográfico, temporal o generacional, y sociocultural. Esta relación entre variantes funcionales y variantes dialectales se aprecia, por ejemplo, en la elección de las marcas lingüísticas de formalidad o informalidad de un texto. Estas marcas dependen básicamente de la relación que se establezca entre los interlocutores, pero también están condicionadas por el dialecto geográfico, pues según la zona geográfica, una palabra puede sentirse como más o menos coloquial. Cassany (1995) señala que en el español de América la forma liviano es más coloquial que ligero, y la forma prieto es más coloquial que oscuro o negro, al contrario de lo que ocurre en el español peninsular.

2.3. DIALECTO INDIVIDUAL o IDIOLECTO

Todos los textos o discursos se enmarcan en una variedad dialectal y se configuran en un registro lingüístico. Pero además, la individualidad de cada hablante también se refleja en la lengua. En general, todos los hablantes pueden reconocer en ellos mismos o en otros hablantes expresiones preferidas, giros sintácticos particulares o pronunciaciones personales: es la manifestación de la singularidad en el uso de la lengua por parte de cada individuo. El conjunto de los rasgos lingüísticos específicos de cada hablante constituye su dialecto individual o idiolecto.

La individualidad lingüística es consecuencia de la interrelación de distintos factores: de los rasgos dialectales (geográficos, sociales y generacionales) de cada hablante; de la variedad de registros que conoce y que es capaz de usar; y, finalmente, de sus circunstancias personales (entorno familiar, cambios de residencia, influencias culturales, etc.) y sus preferencias particulares (en estructuras gramaticales, en vocabulario, etc.).

La experiencia lingüística acumulada como hablantes nos permite saber qué rasgos dialectales y qué marcas lingüísticas (registro) son más adecuados en cada situación comunicativa, pero elegiremos siempre aquellas expresiones habituales en nosotros que sean compatibles con la situación comunicativa en que nos encontremos. Por ejemplo, generalmente los hablantes tienen capacidad para acomodar su discurso en distintos puntos de la escala de formalidad según la situación comunicativa, pero seleccionan las marcas de formalidad de acuerdo con sus variantes dialectales y, sobre todo, de acuerdo con sus rasgos lingüísticos individuales.

El idiolecto es muy difícil de describir porque va cambiando a medida que el hablante evoluciona o se desarrolla, tanto en lo personal como en lo social. De alguna manera, las preferencias lingüísticas son un reflejo de las distintas actividades que un hablante desarrolla a lo largo de su vida, de los valores que va adquiriendo, de los cambios en la ideología, de las distintas experiencias personales, y de los cambios sociales en los que se ve inmerso. El estilo personal de usar la lengua cambia con la persona, y se usan distintos estilos en diversas etapas de la vida, pero todos ellos son siempre reflejo de la individualidad de cada uno.

3. Uniformidad y diversidad lingüísticas

Las lenguas están siempre cambiando para adaptarse al entorno en que se usan, y el resultado de esa adaptabilidad de la lengua a las necesidades de su uso es la diversidad, la variedad lingüística. Actualmente, la lengua española es un conjunto de variedades lingüísticas diferenciadas por el territorio geográfico, por el estrato social, o por la generación de edad; e igualmente presenta distintos registros definidos por el tipo de situación comunicativa y por el ámbito de la actividad en que se usa la lengua. Así, puede decirse que una lengua es la suma de todos sus dialectos y que cada dialecto es una forma particular de usar la lengua.

Esta diversidad lingüística puede verse como un problema si nos acercamos a ella con prejuicios lingüísticos que menosprecian o favorecen unas variedades sobre otras. Pero estos prejuicios son ajenos a la lengua, pues no hay ningún criterio lingüístico que otorgue a una determinada manera de hablar más validez que a otra: no hay pronunciaciones, expresiones o estructuras mejores o peores, en todo caso hay variantes más o menos adecuadas a las diferentes situaciones comunicativas. La variedad lingüística es perfectamente lícita y natural, y no constituye en sí misma un problema, al contrario, puede ser muy provechosa si no se utilizan las diferencias únicamente como marcas de segregación personal o social. La diversidad es buena en tanto “que permite que los hablantes mejoren su conocimiento de la realidad en que viven y se comuniquen mejor en ella” (Garrido Medina, 1994: 17).
Pero no se debe olvidar que una de las funciones principales de la lengua es servir como instrumento de comunicación y permitir el intercambio de información entre todos sus hablantes. Si ésta es la finalidad con la que se usa la lengua, dentro de la variedad se hace necesaria una cierta uniformidad que permita el intercambio comunicativo entre todos los hablantes de la comunidad lingüística. Y de esta necesidad de entendimiento surge lo que se conoce como variedad estándar de una lengua.

La variedad estándar es la variedad de comunicación interdialectal, y su función es facilitar al máximo la comunicación entre los distintos hablantes de una lengua. El estándar es el uso más uniforme de la lengua, el común, el que permite el entendimiento entre todos los que hablan la misma lengua. Por eso esta variedad debe entenderse como algo flexible y representativo de todo el ámbito de la comunidad lingüística, que puede incluir todos aquellos matices dialectales que no impidan la comprensión. Así como la diferencia en el ritmo o en la cualidad de la voz no impiden el entendimiento entre los interlocutores, determinadas pronunciaciones, rasgos morfológicos u opciones léxicas muy conocidas no son obstáculo, tampoco, para la comunicación interdialectal.

La relación entre variedad estándar y variedades dialectales no debe establecerse en términos de prestigio de la una sobre las otras, sino en términos de adecuación comunicativa. Los hablantes usan el estándar, la variedad más común, en aquellas situaciones comunicativas que así lo requieren porque sea necesario hacerse entender por el mayor número de interlocutores; pero pueden mantener su variedad dialectal siempre que la situación comunicativa no lo requiera, en aquellas actividades o ámbitos de comunicación en que saben que sus particularidades no entorpecerán el buen entendimiento.

Si se entiende la cuestión de la variedad y la uniformidad lingüísticas en términos de adecuación comunicativa y no de prestigio, la corrección lingüística también debe entenderse en este sentido, como adecuación a las distintas situaciones de uso de la lengua, y no debe valorarse en términos de soluciones u opciones de mayor validez o prestigio social, sino en términos de adecuación, de utilidad comunicativa, entendiendo lo correcto como la más adecuado y conforme a cada tipo concreto de comunicación.

Por otro lado, no se debe identificar la variedad estándar con la “norma”. Es evidente que hay una norma general de corrección lingüística que emana de la propia estructura de la lengua, pero, así como la lengua cambia con el tiempo, esta norma también puede verse modificada por la realidad de uso. La variedad estándar es, como se ha señalado, la variedad más frecuente y común, y como es siempre lo más común y general lo que tiende a imponerse en el uso, en ocasiones éste se impone a la norma y hace que ésta varíe.


4. Glosario

Competencia comunicativa. Conjunto de procesos y conocimientos gramaticales y no gramaticales o pragmáticos que el hablante debe poner en juego para producir y comprender enunciados lingüísticos adecuados a cada situación de uso.
Competencia lingüística. Conjunto de principios y reglas lingüísticas que permiten a los hablantes de una lengua producir y entender un número infinito de enunciados de su lengua.
Competencia pragmática. Conjunto de conocimientos no gramaticales que tiene el hablante de una lengua y que le permiten usarla adecuadamente en las distintas situaciones de comunicación.
Contexto. Información no explícita y necesaria para la interpretación de los enunciados. Aquí se ha usado, tanto en el sentido de contexto situacional, aquella información que se deriva directamente del entorno inmediato en el que se produce un enunciado (el tiempo, el lugar, los interlocutores, la intención, etc.), como en el sentido de contexto sociocultural, aquella información derivada del conjunto de conocimientos y convenciones socioculturales que se supone compartido por los participantes en un acto comunicativo (creencias, valores, opiniones, etc.).
Registro. Conjunto de rasgos lingüísticos asociados a un texto que se obtiene de la elección, entre las distintas posibilidades disponibles para el hablante (según sus variedades dialectales y sus preferencias individuales), de unas marcas lingüísticas que tienen una correlación directa con los factores determinantes de la situación comunicativa: el canal, el tema, la intención y los interlocutores.
Texto, enunciado, discurso. Se han usado estos tres términos como sinónimos, entendiéndolos como cualquier manifestación de la lengua en una situación concreta de uso, por lo que un texto, un enunciado o un discurso puede estar compuesto por un sola palabra, o ser una conferencia completa o un libro entero.

5. Lecturas recomendadas

Alcoba, S. (coord.); Castelló, A.; Caño, A. del y Luque, S. (1999): La oralización, Barcelona, Ariel.

Este manual complementa lo dicho aquí cuando se refiere a la lengua oral de la comunicación para señalar las condiciones discursivas, sintácticas y léxicas específicas de un texto de los medios orales, y para indicar e ilustrar la transformación de un texto de fuente escrita para su transmisión en un medio oral. Las páginas dedicadas al gesto y la postura como fuentes de comunicación paralela y simultánea de la oral y a las condiciones de uso del léxico también son muy recomendables.

Garrido Medina, J. (1994): Idioma e información. La lengua española de la comunicación, Madrid, Síntesis.

Presenta un estudio general de la lengua española desde el punto de vista comunicativo, y analiza cómo funciona la lengua en la comunicación oral y en la escrita, así como en los medios de comunicación.

Gregory, M. y Carroll, S. (1978): Lenguaje y situación. Variedades del lenguaje y sus contextos sociales, México, Fondo de Cultura Económica, 1986.

Sus autores ofrecen un análisis detallado de la variedad lingüística, tanto desde el punto de vista dialectal (geográfico, temporal, social e individual) como desde el punto de vista de la situación comunicativa: canal, tema, interlocutores e intención comunicativa.

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