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jueves, 17 de diciembre de 2009

El Instinto del Lenguaje. Capítulo 1. El instinto para adquirir un arte

El Instinto del Lenguaje
Autor: Steven Pinker
Versión española de José Manuel Igoa González
Alianza Editorial, Madrid. 2001


Steven Arthur Pinker (nacido el 18 de septiembre de 1954, en Montreal, Canadá) es un prominente psicólogo experimental norteamericano, científico cognitivo y un popular escritor, conocido por su defensa enérgica y de gran alcance de la psicología evolucionista y de la teoría computacional de la mente. Sus especializaciones académicas son la percepción y el desarrollo del lenguaje en niños, es más conocido por argüir que el lenguaje es un "instinto" o una adaptación biológica modelada por la selección natural. Sus cuatro libros dirigidos al público en general —El instinto del lenguaje, Cómo funciona la mente, Palabras y reglas y La tabla rasa— han ganado numerosos premios y le han dotado de renombre.






Capítulo 1
EL INSTINTO PARA ADQUIRIR UN ARTE


Mientras usted lee estas palabras, está tomando parte en una de las maravillas del mundo natural. Usted y yo pertenecemos a una especie do¬tada de una admirable capacidad, la de formar ideas en el cerebro de los demás con exquisita precisión. Y no me refiero con ello a la telepatía, el control mental o las demás obsesiones de las ciencias ocultas. Incluso para los creyentes más convencidos, estos instrumentos de comunicación son burdos en comparación con una capacidad que todos poseemos. Esa capacidad es el lenguaje. Con sólo hacer unos ruiditos con la boca, conse¬guimos que en la mente de otra persona surjan nuevas combinaciones de ideas. Esta capacidad nos resulta tan natural que tendemos a pasar por alto lo asombrosa que es. Así que permítame que haga unas sencillas de¬mostraciones. Si le pido que por un momento deje que mis palabras guíen su imaginación, puedo hacer que tenga usted unos pensamientos muy concretos:

Cuando un pulpo macho divisa a un pulpo hembra, su cuerpo, que normal¬mente es de un tono grisáceo, se vuelve rayado. Nada por encima de la hembra y empieza a acariciarla con siete de sus tentáculos. Si ella lo permite, el macho se acerca rápidamente e introduce su octavo tentáculo en su tubo res¬piratorio. Una serie de paquetes de esperma se deslizan lentamente de una ra¬nura de su tentáculo para depositarse en la cavidad del manto de la hembra.

¿Su traje blanco se ha manchado con cerezas? ¿El vino se ha derramado sobre el mantel? Aplique inmediatamente agua de soda. Va de maravilla para quitar las manchas de los tejidos.

Cuando Dixie le abre la puerta a Tad, se queda de una pieza, pues creía que él había muerto. Entonces da un rápido portazo y trata de escapar. Sin embargo, cuando Tad le dice «Te quiero», ella le deja entrar. Tad se pone a consolarla y se van poniendo cada vez más cariñosos, Al interrumpirles Brian, Dixie le dice a un sorprendido Tad que ella y Brian se habían casado ese mismo día. Con evidente dificultad, Dixie le expliga a Brian que las cosas no han termina¬do ni mucho menos entre ella y Tad. Entonces suelta la noticia de que Jamie es hijo de Tad. «¿Que Jamie es mi qué?», exclama Tad alucinado.

Ahora veamos el efecto que han tenido en usted estas palabras. No sólo han servido para recordarle a los pulpos. En el improbable supuesto de que llegue a ver a alguno volviéndose rayado, usted sabrá lo que suce¬derá a continuación. Quizá la próxima vez que esté en un supermercado busque usted entre los miles de artículos disponibles una botella de agua de soda, para después, dejarla guardada durante meses hasta que cierta sustancia y cierto objeto entren en contacto accidentalmente. Ahora com¬parte usted con otras muchas personas los secretos de los protagonistas de un mundo, la obra titulada All my children (Todos mis hijos), que es producto de la imaginación de un desconocido. Bien es cierto que estas demostraciones dependen de su capacidad de leer y escribir, lo que hace que nuestra comunicación sea aún más impresionante, pues incluso es ca¬paz de salvar los obstáculos del espacio, el tiempo y nuestro mutuo desconocimiento. Sin embargo, la escritura es sólo un accesorio opcional. El verdadero motor de la comunicación verbal es el lenguaje hablado que adquirimos de niños.

En cualquier historia natural de la especie humana, el lenguaje se destaca como rasgo prominente. Con toda seguridad, un ser humano aislado es una impresionante obra de ingeniería y una máquina de resolver pro¬blemas. No obstante, una raza de Robinson Crusoes no llamaría demasia¬do la atención a un observador extraterrestre. Lo verdaderamente nota-ble de la condición humana se refleja mejor en la historia de la Torre de Babel, en la que la humanidad, con el don de una única lengua, se aproxi¬mó tanto a los poderes divinos que Dios se sintió amenazado. Una lengua común conecta a los miembros de una comunidad con una red de infor¬mación compartida con unos formidables poderes colectivos. Cualquiera se puede beneficiar de los toques de genialidad, los golpes de fortuna o el saber espontáneo de cualquier otra persona, viva o muerta. Además, las personas pueden trabajar en equipo, coordinando sus esfuerzos mediante acuerdos negociados. Como consecuencia de ello, el homo sapiens es una especie que, sin ser muy distinta de las algas marinas o las lombrices de tierra, ha originado cambios perdurables en este planeta. Los arqueólogos han descubierto los esqueletos de diez mil caballos salvajes al pie de un acantilado en Francia, restos de una manada que se despeñó empujada por varios grupos de cazadores del paleolítico hace unos diecisiete mil años. Estos fósiles de la colaboración y del ingenio compartido nos pue¬den aclarar el motivo por el que los tigres de colmillos de sable, los mas-todontes, los rinocerontes lanudos gigantes y otras muchas especies de mamíferos se extinguieron en los tiempos en que los modernos humanos arribaron a sus hábitats. Todo parece indicar que nuestros antecesores los aniquilaron.
El lenguaje se halla tan íntimamente entrelazado con la experiencia humana que apenas es posible imaginar la vida sin él. Si uno se encuentra a dos o más personas juntas en cualquier rincón de la tierra, lo más proba¬ble es que estén conversando. Cuando uno no tiene con quien hablar, se pone a hablar consigo mismo, con su perro o incluso con sus plantas. En nuestras relaciones sociales no se admira la rapidez, sino la labia: el ora¬dor que nos hechiza con sus palabras, el seductor que nos conquista con su verbo, o el niño persuasivo que convence a su testarudo padre. La afa¬sia, la pérdida del lenguaje a consecuencia de un daño cerebral, es un mal devastador, y en casos muy severos de esta enfermedad, la familia del afectado llega a sentir que lo han perdido para siempre.

Este libro trata del lenguaje humano. A diferencia de la mayoría de los libros que llevan la palabra «lenguaje» en su título, no tiene la inten¬ción de reñir a nadie por usarlo incorrectamente, de informar sobre el ori¬gen de los giros idiomáticos o las expresiones coloquiales, o de entretener a base de palíndromos, anagramas, epónimos o con curiosos nombres de animales como «piara de cerdos». Mi propósito no es hablar del inglés, el español u otra lengua en particular, sino de algo mucho más elemental: el instinto de aprender, hablar y entender el lenguaje. Por primera vez en la historia, ya hay algo de lo que hablar al respecto. Hace unos treinta y cinco años nacía una nueva ciencia. Lo que ahora se conoce corno «ciencia cognitiva» combina procedimientos tomados de la psicología, las ciencias de la computación, la lingüística, la filosofía y la neurobiología para explicar el funcionamiento de la inteligencia humana. La ciencia del lenguaje, en particular, ha sido testigo de espectaculares avances desde entonces. Hay muchos fenómenos del lenguaje que estamos empezando a entender casi tan bien como el funcionamiento de una cámara o para qué sirve el bazo. Mi intención es transmitir estos apasionantes descubrimientos, al¬gunos de los cuales figuran entre los más sugerentes de la ciencia moder¬na. Sin embargo, también tengo otros planes.

El conocimiento que hoy día se tiene de las capacidades lingüísticas presenta unas implicaciones revolucionarias para entender lo que es el lenguaje, el papel que desempeña en los asuntos humanos y nuestro con¬cepto mismo de humanidad. Cualquier persona con educación tiene opi¬niones formadas acerca del lenguaje. Sabe que es la invención cultural más importante que ha hecho el hombre, el ejemplo paradigmático de su capacidad de emplear símbolos y un hito biológico sin precedentes que le separa irrevocablemente de otros animales. También sabe que el lenguaje moldea el pensamiento y que las diversas lenguas hacen que sus hablantes se formen conceptos distintos de la realidad. Asimismo es consciente de que los niños aprenden a hablar a base de imitar a los adultos que les rodean. Sabe que antiguamente se fomentaba en la escuela el uso de gra¬máticas más sofisticadas, pero que unos sistemas educativos cada vez más raquíticos, unidos a las aberraciones de la cultura popular, han llevado a un preocupante empobrecimiento de la capacidad del ciudadano medio de construir correctamente las frases de su idioma. Cualquiera que haya estudiado inglés sabe que es una lengua caprichosa y contraria a la lógica, en la que el singular de los verbos lleva «s» y en cambio el plural no (com¬párese «he walks» — él anda— con «they walk» — ellos andan —). O que su ortografía llega a tales extremos de absurdo que sólo la inercia institu¬cional impide la adopción del sistema más racional de leer las cosas tal y como se escriben. No en vano George Bernard Shaw se quejaba de que la palabra fish (pez) podría igualmente deletrearse como ghoti, dado que hay veces que gh se pronuncia /f/, por ejemplo en tough (/tΛf/), o se puede leer como /i/, como en women (/wimən/), y ti se pronuncia /∫ə/, por ejem¬plo en nation (/nei∫ən/).
En las páginas que siguen, voy a intentar convencer al lector de que, todas y cada una de estas típicas opiniones son incorrectas. Y todo por una sencilla razón. El lenguaje no es un artefacto cultural que se aprende de la misma forma que se aprende a leer la hora o a rellenar una instancia. Antes bien, el lenguaje es una pieza singular de la maquinaria biológica de nuestro cerebro. El lenguaje es una habilidad compleja y especiali¬zada que se desarrolla de forma espontánea en el niño, sin esfuerzo consciente o instrucción formal, se despliega sin que tengamos conciencia de la lógica que subyace a él, es cualitativamente igual en todos los individuos, y es muy distinto de las habilidades más generales que tenemos de tratar información o comportarnos de forma inteligente. Por estos moti¬vos, algunos científicos cognitivos han definido el lenguaje como una facultad psicológica, un órgano mental, un sistema neural y un módulo computacional. Sin embargo, yo prefiero un término más pintoresco como «instinto», ya que esta palabra transmite la idea de que las personas saben hablar en el mismo sentido en que las arañas saben tejer sus telas. Tejer una tela no es el invento de una araña anónima y genial, ni depende de si la araña ha recibido o no una educación apropiada o posee una mayor aptitud para actividades espaciales o constructivas. Las arañas tejen sus telas porque tienen cerebro de araña, y eso les impulsa a tejer y les permite hacerlo bien. Aunque hay diferencias entre las telarañas y las pa¬labras, quisiera que el lenguaje pudiera verse de esta manera, ya que así entenderemos mejor los fenómenos que vamos a examinar.
La concepción del lenguaje como un instinto contradice a la sabiduría popular transmitida durante siglos como axioma de las humanidades y las ciencias sociales. El lenguaje no es más invención cultural que la postura erecta. Tampoco es manifestación de la capacidad general de usar símbo¬los; como veremos, un niño de tres años es un genio en materia de gramá¬tica, y, sin embargo, bastante incompetente en las artes visuales, la icono¬grafía religiosa, las señales de tráfico y otros típicos ejemplos del currículum semiótico. Aunque el lenguaje es una grandiosa capacidad ex¬clusiva del homo sapiens de entre todas las especies, no por ello debe apartar el estudio de lo humano del dominio de la biología, ya que cual-quier grandiosa capacidad exclusiva de una especie viviente no es algo único en el reino animal. Algunas variedades de murciélagos atrapan in¬sectos en vuelo usando un sonar Doppler. Algunas clases de aves migra¬torias se orientan en sus vuelos de miles de kilómetros calibrando la posi¬ción de las constelaciones según el momento del día y la época del año. En el teatro de la naturaleza no somos más que una especie de primates con su propio espectáculo, que consiste en la habilidad de comunicar información sobre quién hizo qué a quién a base de modular los sonidos que producimos al exhalar el aire.

Una vez que empecemos a contemplar el lenguaje no como la inefable esencia de la singularidad humana, sino como una adaptación biológica para comunicar información, no nos veremos tan tentados a definir el len¬guaje como el insidioso escultor del pensamiento. De hecho, vamos a comprobar que no lo es. Por lo demás, al ver el lenguaje como una obra maestra de ingeniería de la naturaleza (como un órgano con «esa perfección de estructura y coadaptación», en palabras de Darwin), trataremos con más respeto a los hablantes corrientes y a nuestra maltratada lengua (sea ésta la lengua que sea). La complejidad del lenguaje, desde el punto de vista del científico, es parte de nuestro patrimonio biológico; no es algo que los padres enseñen a sus hijos o que se imparta en las escuelas. Según dijo Oscar Wilde, «la educación es cosa admirable, pero de vez en cuando conviene recordar que nada que merezca la pena saber se puede enseñar». El conocimiento tácito de la gramática que posee cualquier niño preescolar es más sofisticado que el manual de estilo más completo o el programa de ordenador más avanzado, y lo mismo se puede decir de cualquier ser humano normal, incluidos los futbolistas que atentan contra la sintaxis y los locuaces adolescentes con su lenguaje inarticulado de «o seas» y «es ques». Y para terminar, puesto que el lenguaje es producto de un instinto biológico bien confeccionado, veremos que tampoco es esa jaula de grillos en que algunos avispados columnistas se empeñan en convertirlo. Voy a intentar devolverle a la lengua que se habla en la calle la dignidad que merece, incluso sin escatimar algún que otro elogio a su or¬tografía.
La concepción del lenguaje como una clase de instinto fue expresada por primera vez por el propio Darwin en 1871. En su libro El origen del hombre, Darwin tuvo que vérselas con el lenguaje, ya que su exclusividad en los seres humanos podía llegar a comprometer su teoría. Como en to¬das las materias que estudió, sus observaciones suenan misteriosamente modernas:

Uno de los fundadores de la noble ciencia de la Filología observa que el len¬guaje es un arte, como la fabricación de la cerveza o del pan. Nosotros nos atrevemos a decir que hubiera sido más acertado buscar el símil en la escritu¬ra. [Por supuesto que no es un auténtico instinto, ya que toda lengua debe aprenderse.] Esto poco importa, pero notaremos que el arte de hablar difiere mucho de todos los demás artes, porque el hombre tiene tendencia instintiva a hablar, como puede observarse en esa singular charla usada por los niños, mientras que ninguno de ellos muestra tendencia instintiva a fabricar cerveza, a hacer el pan o a escribir. A más de esto, debe tenerse en cuenta que ya no existe filólogo alguno que suponga que una lengua ha sido deliberadamente inventada, sino que de consuno afirman haberse desarrollado tonos incons¬cientemente y siguiendo muchos grados sucesivos. [El origen del hombre y la selección en relación al sexo. Madrid: EDAF, 1970.]

Darwin concluye que la capacidad lingüística es «una tendencia instinti¬va a adquirir un arte», un diseño que no es privativo del hombre, sino que se halla presente en otras especies, como es el caso de las aves canoras.

La idea de un instinto de lenguaje les parecerá descabellada a quienes consideran el lenguaje el cenit del intelecto humano y los instintos meros impulsos ciegos que empujan a unos zombis con piel o plumas a construir diques o a volar hacia el sur. Sin embargo, uno de los seguidores de Dar¬win, William James, advirtió que los poseedores de instintos no tienen por qué actuar como «autómatas condenados». James arguyó que los humanos poseemos todos los instintos de los animales y algunos más; nuestra flexible inteligencia procede de la interacción de muchos instintos en competencia. De hecho, la naturaleza instintiva del pensamiento humano es pre¬cisamente lo que hace difícil comprender que se trata de un instinto:

Hace falta... tener una mente corrompida por el aprendizaje para llevar a cabo el proceso de convertir lo natural en extraño, hasta el punto de preguntar el porqué de los actos instintivos humanos: Sólo al metafísico se le pueden ocu¬rrir preguntas tales como: «¿Por qué sonreímos cuando algo nos agrada, en lu¬gar de fruncir el ceño? ¿Por qué somos incapaces de hablar a una multitud igual que hablamos con un amigo? ¿Por qué una muchacha en particular nos hechiza de tal manera?». El hombre corriente sólo acierta a decir: «Natural¬mente que sonreímos, por supuesto que el corazón se pone a palpitar cuando vemos a la multitud, es obvio que nos hemos enamorado de la muchacha, un alma delicada revestida de una forma perfecta, creada evidentemente para ser amada por toda la eternidad».
Así debe de sentirse un animal con respecto a las cosas que tiende a hacer en presencia de ciertos objetos... Para el león, es la leona lo que ha sido crea¬do para ser amado; para el oso, la osa. A la gallina clueca le parecerá mons¬truoso que haya una sola criatura en el mundo que no vea en un nido lleno de huevos un objeto precioso y fascinante digno de incubar.

Así pues, podemos estar seguros de que por muy misteriosos que nos pue¬dan parecer los instintos de otros animales, a ellos no les parecerán menos los nuestros. Por ello, debernos concluir que, para el animal que se somete a él, cada impulso y todas y cada una de las partes de cada instinto brilla con luz propia, y en ese preciso momento es lo único que importa. ¿Qué mosca no ex¬perimenta una voluptuosa emoción al descubrir la hoja, el pedazo de carroña o el trocito de estiércol que estimulará al macho a descargar? ¿Acaso no es para ella esta descarga lo único que tiene sentido? ¿Necesita preocuparse en ese momento por la futura larva y por su sustento?

Creo que no hay modo de expresar mejor el objetivo de este libro. El funcionamiento del lenguaje está tan apartado de nuestra conciencia como la lógica de la incubación de huevos lo está de la conciencia de la mosca. Nuestros pensamientos fluyen de nuestra boca con tal naturalidad que a veces incluso nos hacen sonrojar, al burlar la censura de la mente. Cuando comprendemos oraciones, el torrente de palabras se nos hace transparen¬te; captamos el significado tan automáticamente que olvidamos que la pe¬lícula es en una lengua extranjera y está subtitulada. Creemos que los ni¬ños aprenden su lengua materna a base de imitar a sus madres, pero cuando un niño dice Póneme o sapato o S'a rompido, no puede tratarse de un acto de imitación. Mi propósito es sembrar de sospechas la mente del lector, para que estos dones naturales le parezcan extraños, para que se pregunte el porqué y el cómo de estas capacidades que le son tan familia¬res. Si observamos a un inmigrante esforzándose por hablar una segunda lengua o a un paciente con una lesión cerebral su lengua materna, si anali¬zamos el habla de un niño pequeño o si tratamos de programar un ordena¬dor para que entienda el lenguaje, el habla normal empezará a parecemos diferente. La naturalidad, la transparencia y la automaticidad son meras ilusiones que enmascaran un sistema de enorme riqueza y hermosura.

En este siglo, la argumentación más conocida de que el lenguaje es como un instinto se debe a Noam Chomsky, el primer lingüista que de¬sveló la complejidad del sistema y tal vez la persona a la que cabe una mayor responsabilidad en la moderna revolución del lenguaje y de la ciencia cognitiva. En los años 50, las ciencias sociales estaban dominadas por el conductismo, una tradición de pensamiento popularizada por John Watson y B. F. Skinner. Términos mentales tales como «saber» y «pensar» re¬cibieron el marchamo de acientíficos; palabras como «mente» e «innato» se consideraban feas. La conducta se explicaba por medio de unas pocas leyes de aprendizaje por asociación de estímulos y respuestas que podían estudiarse observando a las ratas pulsar palancas y a los perros salivar al oír tonos. Sin embargo, Chomsky llamó la atención hacia dos hechos fundamentales del lenguaje. En primer lugar, prácticamente toda oración que una persona profiere o entiende es una combinación inédita de pala¬bras que aparece por primera vez en la historia del universo. Por consi¬guiente, una lengua no puede ser un repertorio de respuestas; el cerebro debe tener una receta o un programa que le permita construir un conjunto ilimitado de oraciones a partir de una lista finita de palabras. A ese programa se le puede llamar gramática mental (que no debe confundirse con las «gramáticas» estilísticas o pedagógicas, que simplemente son guías que regulan el estilo de la prosa escrita). El segundo hecho fundamental es que los niños desarrollan estas complejas gramáticas con gran rapidez y sin instrucción formal, hasta que son capaces de dar una interpretación consistente a frases con construcciones nuevas que jamás han oído anteriormente. Así pues, razonaba Chomsky, los niños tienen que estar equipados de nacimiento con un plan común a las gramáticas de todas las lenguas, una Gramática Universal que les diga cómo destilar las pautas sintácticas del habla de sus padres. Chomsky lo decía con palabras como éstas:

Es un hecho curioso de la historia intelectual de los últimos siglos que se hayan seguido caminos diferentes en el estudio del desarrollo físico y en el del desarrollo mental. Nadie se tomaría en serio la hipótesis de que el organismo humano aprende a través de la experiencia a tener brazos y no alas ni que la estructura básica de los órganos particulares es el resultado de una experien¬cia accidental. Por el contrario, se da por supuesto que la estructura física del organismo está genéticamente determinada, aunque, evidentemente, la mag¬nitud de variaciones tales corno el tamaño, el grado de desarrollo y otras de¬penderán en parte de factores externos...

El desarrollo de la personalidad, los esquemas de conducta y las estructu¬ras cognitivas en los organismos superiores, en cambio, a menudo han sido es¬tudiados desde una perspectiva muy diferente. En general se presupone que en este terreno el medio social es el factor dominante. Las estructuras del en¬tendimiento que se desarrollan a lo largo del tiempo se consideran arbitrarias y accidentales; no existe ninguna «naturaleza humana» aparte de lo que se de¬sarrolla como un producto histórico específico...
Sin embargo, los sistemas cognitivos humanos, cuando se investigan con seriedad, demuestran no ser menos maravillosos y complejos que las estructu¬ras físicas que se desarrollan en la vida del organismo. ¿Por qué entonces no deberíamos estudiar la adquisición de una estructura cognitiva como el len¬guaje más o menos de la misma manera como estudiamos un órgano corporal complejo?

A primera vista, la propuesta puede parecer absurda, aunque sólo sea por la gran variedad de lenguas humanas, pero una consideración más detallada de los hechos disipa estas dudas. Aun conociendo muy poca cosa substancial acerca de los universales lingüísticos, podemos estar bastante seguros de que la posible variedad de lenguas está bien delimitada... La lengua que cada per¬sona adquiere es una construcción rica y compleja que mal podría estar deter¬minada por los datos fragmentarios de que dispone [el niño]... Sin embargo, los individuos de una comunidad lingüística han desarrollado esencialmente la misma lengua. Este hecho sólo se puede explicar sobre el supuesto de que estos individuos emplean principios altamente restrictivos que guían la construc¬ción de la gramática. [Chomsky, N. Reflexiones sobre el lenguaje. Barcelona: Ariel. 1979. pp, 19-22.]

A base de arduos análisis técnicos de las oraciones que las personas normales aceptamos como parte de nuestra lengua materna, Chomsky y otros lingüistas desarrollaron teorías de las gramáticas mentales que subyacen al conocimiento que los hablantes tienen de sus lenguas particula¬res y de la Gramática Universal que subyace a estas gramáticas particula¬res. Muy pronto el trabajo de Chomsky animó a otros científicos, entre los que figuran Eric Lenneberg, George Miller, Roger Brown, Morris Ha¬lle y Alvin Liberman, a inaugurar nuevas áreas de estudio del lenguaje, desde el desarrollo infantil y la percepción del habla hasta la neurología y la genética. En la actualidad, la comunidad de científicos dedicados al es¬tudio de los problemas que él planteó cuenta con miles de miembros. Chomsky figura entre los diez autores más citados de todos los tiempos en las humanidades (superando a Hegel y a Cicerón, y sólo por detrás de Marx, Lenin, Shakespeare, la Biblia, Aristóteles, Platón y Freud), siendo el único vivo entre ellos.

Otra cosa distinta es lo que esas citas dicen. Chomsky ha dado mucho de qué hablar. Las reacciones oscilan desde una temerosa adoración, como la que suelen despertar los gurús de los cultos religiosos más extravagan¬tes, hasta las invectivas más fulminantes, que algunos académicos han convertido en un arte. Esto se debe en parte a que Chomsky ha atacado lo que aún sigue siendo uno de los pilares de la vida intelectual del siglo XX, a saber, el «Modelo Estándar de la Ciencia Social», según el cual la psiquis humana está moldeada por la cultura que la rodea. Pero también obedece a que ningún pensador puede permitirse el lujo de ignorarlo. Como ha reconocido el filósofo Hilary Putnam, uno de sus más seve¬ros críticos:
Cuando se lee a Chomsky, a uno le invade una sensación de enorme poder in¬telectual; en seguida se nota que nos hallamos ante una mente extraordinaria. Y esto es producto tanto del encanto de su poderosa personalidad como de sus evidentes virtudes intelectuales: la originalidad, el desprecio por lo caprichoso y lo superficial, el afán de revivir (y la capacidad de revivir) posturas que parecían pasadas de moda (como la «doctrina de las ideas innatas»), y el interés por temas de importancia capital y permanente, tales como la estructu¬ra de la mente humana.

La historia que voy a contar en este libro ha recibido, naturalmente, una profunda influencia de Chomsky. Sin embargo, no es exactamente su historia, y tampoco la contaré como él lo haría. Chomsky ha dejado per¬plejos a muchos lectores con su escepticismo hacia la posibilidad de que la doctrina darwiniana de la selección natural (frente a otros procesos evolutivos) pueda explicar los orígenes del órgano del lenguaje que él defiende. Yo, en cambio, considero que es fructífero considerar el lenguaje como una adaptación evolutiva, al igual que sucede con el ojo humano, cuyas partes principales están diseñadas para desempeñar importantes funciones. Los argumentos de Chomsky en torno a la naturaleza de la fa¬cultad del lenguaje están basados en análisis técnicos de la estructura de las palabras y las oraciones, envueltos muchas veces en abstrusos forma¬lismos. Su tratamiento de los hablantes de carne y hueso es bastante superficial y extraordinariamente idealizado. Aunque coincido con él en muchos de sus argumentos, creo que cualquier conclusión sobre la mente sólo es convincente si se apoya en pruebas muy diversas. Así pues, la his¬toria que contaré en este libro es muy ecléctica, pues abarca desde el papel del ADN en la constitución del cerebro hasta los prejuicios de los columnistas de prensa acerca del lenguaje. La mejor manera de empezar es preguntando por qué debemos creer que el lenguaje humano es parte de la biología humana, un instinto, en definitiva.

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